El tenis y la mística

El tenis y la mística

Durante unos años de mi vida practiqué el tenis como el converso adulto que entra en un convento para dar testimonio de su fe. Lo dejaba todo para coger la raqueta y pasaba horas intentando mejorar mis golpes. Nunca llegué a buen nivel, pero el tenis se convirtió en una pasión que derivó hacia una mística porque empecé a ser consciente de que dominar la bola a determinada velocidad era como desafiar las leyes de la física.

El tenis plantea un complejo enigma geométrico que implica el cálculo de ángulos y grados que hay que resolver en unas décimas de segundo, que son lo que dura el golpeo a la bola y el posicionamiento de los brazos y los pies. Un pequeño margen de error provoca que la pelota salga de los límites de la pista.

Siempre he identificado las rutinas del tenis con la oración de los frailes en un monasterio porque lo que confiere la virtud a ambas prácticas es la repetición. Pegar un buen revés liftado es tan difícil como entonar un canto gregoriano.

Estas ideas me han venido a la cabeza al leer dos cortos ensayos de David Foster Wallace, publicados por Random House, sobre el tenis, deporte que ejerció de manera semiprofesional el escritor neoyorkino.

Foster Wallace, cuando el éxito le sonreía a la edad de 46 años, se suicidó en 2008 en California tras sufrir una fuerte depresión. Pero nos legó una serie de novelas y ensayos que forman parte de la mejor literatura estadounidense, entre los que cabe destacar La broma infinita.

El autor americano subraya que los expertos han visto en el tenis una lucha épica entre dos individuos, han analizado la técnica de los golpes y la estrategia de los contendientes y han explicado lo que sucede en la pista mediante la estadística, pero que han olvidado lo esencial: la belleza de los movimientos y la búsqueda de la perfección en el juego, lo que hace de su práctica una experiencia casi religiosa.

En uno de los ensayos, compara la estética y el virtuosismo técnico de Federer con la fuerza corporal de Nadal. Foster Wallace exalta la inspiración del tenista suizo, capaz de efectuar los golpes más inverosímiles sin aparente esfuerzo.

Concluye que lo que importa en el tenis es el ‘sentido cinestésico’, que es el control del cuerpo para golpear a la pelota en el momento, el ángulo, el efecto y la fuerza adecuada, lo que requiere una preparación semejante a la del monje budista que intenta superar con la mente las leyes de la física. Pero a la vez que esa inspiracióndel momento es lo que marca la diferencia entre el genio y la mediocridad, un tenista debe poseer una capacidad de sufrimiento y resistencia sólo comparable al ciclista que supera una carrera de 200 kilómetros.

Jugar al tenis es sufrir y saber dosificar el esfuerzo en un partido que puede sobrepasar las cuatro horas en una competición de dos semanas, que es lo que duran los torneos del Grand Slam. Nadie que carezca de la capacidad de concentración de un místico puede llegar a triunfar en el tenis de alto nivel.

Todas estas virtudes del deporte de la raqueta no se pueden apreciar por la televisión, que mutila la realidad tridimensional del tenis y las proporciones de la pista. Lo que llama la atención cuando se ve jugar a Federer, Djokovic o Nadal es la extraordinaria velocidad de sus reacciones.

Por ello, disfruto de los grandes partidos como un espectáculo hipnótico, que se asemeja a la experiencia religiosa, como dice Wallace. El tenis es la búsqueda de la perfección geométrica contra las limitaciones del cuerpo, algo que le acerca mucho a la filosofía panteísta de Spinoza. Como él escribió en su Ética, Dios está en la Naturaleza y el hombre le imita.

PEDRO G.CUARTANGO

http://www.elmundo.es/opinion

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