El Día del Gilipollas

El Día del Gilipollas

Según es sabido, cada día del año es ahora el Día Mundial de Algo, está dedicado a concienciar de algún problema, a hacer más presente una causa que exige la colaboración de todos, a divulgar una realidad sobre la que no estamos debidamente informados.

El lunes pasado, desde hora muy temprana, pude darme cuenta de que, sin previo aviso ni plan previsto ni programa de actos organizado, era el Día Español del Gilipollas. O lo que casi es peor, el Día del Gilipollas Español.

Llegué a este convencimiento -que tampoco me cogió del todo por sorpresa- al estar desayunando en la terraza de un bar de la sierra. Como todos recordamos, el domingo se habían celebrado en España las segundas elecciones generales en seis meses. En la mesa de al lado, una pareja de administrativos comentaba los resultados, y, quitándose las palabras de la boca, decía: “Hay que ser gilipollas para haber votado a Menganito”. Los enfadados oficinistas consideraban que los votos recibidos el día anterior por tal líder y tal partido que, al parecer, no era de su gusto, no podían ser más que votos de gilipollas.

Como el camarero no venía a cobrarme -lo normal- y yo debía incorporarme a mis tareas, me levanté y entré en el interior del local para abonar mi consumición y pedir el vaso de agua que el mismo camarero no había tenido a bien traerme. Apoyado en la barra, escuché el analítico diálogo que mantenían dos paisanos, tal vez del sector del comercio: “Desde luego, hay que ser gilipollas para haber votado a Fulanito”. No era un diálogo propiamente dicho, era un monólogo a dos voces.

Como salta a la vista este Fulanito al que se referían los dos unánimes interlocutores no era el Menganito de la conversación anterior, ni su partido, obviamente, el mismo.

No me había incorporado todavía a mi puesto de trabajo, y ya tenía la chapucera evidencia demoscópica de que para la mitad de los ciudadanos el resto de los españoles era gilipollas, dura conclusión, sin duda, basada en el discutible pero irrefutable argumento de que no había votado en razonable coincidencia con la opción que era de la preferencia de quienes así se expresaban.

Un poco preocupado por la negativa visión de unos españoles respecto a otros, llegué, al fin -y sin haber dejado propina, porque tampoco me pusieron el vaso de agua en la barra-, a mi lugar de faena. Inmediatamente, y con el rostro demudado, un culto y bien formado colega -tiene dos carreras-, sin apenas haberme dado los buenos días, me espetó: “¿Has visto los resultados? ¡Hay que ser muy gilipollas para haber votado a Zutanito!”

Como adivinará el lector, no hizo falta que esperara a la hora de comer para cerciorarme de que, a juicio de todas y cada una de las personas con las que iba entrando en contacto, la gilipollez era el trastorno que diagnosticaban como común a todas las demás. Me dirigía a la zona de la máquina del café, a media mañana, cuando observé a un compañero que aporreaba con energía el teclado de su ordenador. Miré por encima de su hombro, intrigado por el asunto que requería de él tan intensa dedicación, y vi que había entrado en la zona de comentarios de un periódico digital, donde, con gran habilidad para la síntesis, acababa de escribir: “¡La gente es gilipollas!”.

La gente. Ya está. ¿Para qué discriminar? Por eso digo que el lunes fue el Día Español del Gilipollas o el día que aconseja la pronta instauración del Día del Gilipollas Español.

MANUEL HIDALGO

http://www.elmundo.es/opinion

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