Cine y comida: ecodocumentales

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Hasta hace unos 15 años los documentales de comida eran relativamente escasos. Siempre han existido, claro (pensemos que La cena del bebé de los hermanos Lumière, 1895, ya es un documental de comida), pero es muy probable que las “nuevas” formas de comer —la aceleración del veganismo, el locavorismo, la producción orgánica—, con la venia de la accesibilidad monetaria a la tecnología, hayan requerido las voces y púlpitos del cine para ejercitar su poder de convencimiento.

A estas alturas ningún festival de documentales que se digne de su estirpe puede darse el lujo de no tener al menos un documental sobre comida; muchos tienen muchos; y hay, por supuesto, festivales dedicados exclusivamente a estos asuntos, como el Food Film Festival de Ámsterdam o el Flatiron’s Film Food Festival de Boulder, Colorado.

Hay documentales de comida en modalidad de denuncia, de exploración de personalidades, de creación de restaurantes; hay elogios de ciudades, de países, de formas de cultivo, de profesiones, de 1000 cosas más. En este texto analizaremos documentales que desenmascaran realidades detrás de nuestros hábitos alimenticios (y de producción de alimentos) con algunos intereses como las formas de comer.

Uno de los más conocidos, y tal vez uno de los culpables del auge reciente del subgénero, es Super Size Me (2004), una combinación de denuncia (para ser esquemáticos: los males de la comida chatarra), de exploración de una personalidad (la del director y jackass hecho y derecho Morgan Spurlock) y un restaurante (el McDonald’s más cercano).

Aquí, Spurlock decide ver “qué sucede” si sólo come en McDonald’s durante un número determinado de días, y cada vez que un empleado le pregunte si desea agrandar (super size) su comida, él responderá que sí. El resultado es previsible: el tipo se infla, enferma, prácticamente se coloca al borde de la muerte.

Si Super Size Me no engendró toda la marabunta de docus relacionados con comida que hoy pueblan nuestros canales de tv, streaming y salas de cine sí, cuando menos, es antepasado directo de Fat head (2009) de Tom Naughton, quien decidió documentar un reto definitivamente más problemático: adelgazar con una dieta de lo que solíamos llamar “comida chatarra”.

La denuncia de Naughton: los prejuicios que tenemos respecto de lo que significa “comer sano”. Su documental es tan ególatra como Super Size Me, pues está concentrado en una sola persona, como si una sola persona pudiera ser una muestra real o una medida más o menos científica. Resultado: ambos consiguen su cometido de denuncia. Diagnóstico: ninguno de los dos es demasiado divertido.

El sujeto de Fat, sick & nearly dead (2010), el australiano Joe Cross, comprende que sus hábitos de ingesta de comida y alcohol, derivados a su vez de la depresión y la soledad (o él los atribuye a eso), lo tienen gordo, enfermo y casi muerto.

Éste también es un documental de reto, como los dos anteriores, pero aquí el desafío consiste en recorrer Estados Unidos durante 60 días, alimentándose únicamente con jugos, al tiempo que el protagonista intenta pontificar sobre su juice diet y hacer un dictamen de la dieta gringa. Casi un infomercial del extractor de jugos de Breville —por poco me compro uno la última vez que fui a Costco—, el documental sería intolerablemente sermonero si Cross no conociera en algún punto de su viaje a Phil Staples, un buen tipo, brutalmente gordo, enfermo y casi muerto, que decide intentar cambiar su vida al jugo. Aunque después reincide en el tono de infomercial, Fat, sick & nearly dead alcanza cierta humanidad con Staples; el enfrentamiento con su obesidad, abrumado por una depresión severa, y su relativo triunfo sobre ella, nos lo hacen entrañable.

Food matters (2008) también contiene las características del infomercial. Como cualquier otro, en éste participan cabezas parlantes y gritantes, hay argumentos basados en alguna ciencia más o menos esotérica e ilustraciones/animaciones relativamente inverosímiles.

La propuesta principal es que cualquier tratamiento médico es evitable si nos alimentamos con las llamadas superfoodsFood matters es, como la gran mayoría de estos documentales, escandaloso y maniqueo. Su mundo está tajantemente dividido en buenos y malos, y nos lo dice sin ningún intento de sutileza: las compañías farmacéuticas son el diablo (nada nuevo), la aproximación holística es el ángel (nada nuevo, tampoco).

Esos dos adjetivos pueden extenderse a documentales que abren la mirada de las formas de consumo hacia las formas de producción. Sushi: The Global Catch (2011) y Cowspiracy: The Sustainability Secret (2014) son sólo dos ejemplos.

El primero es insufriblemente correcto (aunque tal vez no para los lectores de esta revista), pero sobre todo inconexo y formalmente desaseado. “Se aclara demasiado la garganta antes de empezar a cantar”, escribió Scott Tobias, crítico de cine de The AV Club.

Su asunto es doble: la creciente demanda de sushi en el mundo y el problema de la sustentabilidad de la pesca (en especial de atún aleta azul); encuentra, o más bien supone, una relación y un desequilibrio entre este doble sujeto.

Cowspiracy es relativamente más sobrio. No está concentrado en los destrozos que el hombre causa en el mar sino en la tierra debido a la crianza de animales para su consumo, y los daños colaterales que esto implica. Ya es imposible ignorar que la producción de carne de res es más dañina que la de cualquier otra carne: requiere 28 veces más tierra que el puerco y el pollo, 11 veces más agua y genera cinco veces más emisiones de Gases de Efecto Invernadero (gei); cada caloría de res requiere 160 veces más tierra que la papa, el trigo o el arroz, y emite 11 veces más gei. Dejar de comer res, dice Cowspiracy repitiendo a muchos expertos, sería más beneficioso para el mundo que dejar de usar el auto.

Food Inc., (2008) puede verse como el padre de este grupo de documentales sobre formas de producción. Es, definitivamente, más agudo e inteligente, gracias a la presencia de autores o investigadores como Michael Pollan, cuyo razonamiento político tiende a la sutileza sustentada por encima del grito de alarma.

Su argumento es parecido al de todos los otros: nuestra forma de comer y de producir lo que comemos está inevitablemente ligada a la destrucción del mundo (y las grandes corporaciones se pasan esa realidad por el Arco del Triunfo). Para evitar la destrucción hay que cambiar la forma de producción, y para cambiar la producción hay que cambiar nuestra forma de comer, de aproximarnos a la comida. Food Inc., tiene dos virtudes: la de no tratar a la mitad de sus sujetos como demonios o a la otra mitad como santos y la de no tratarnos a nosotros como tontos (aunque, claro, no puede evitar mostrarnos trabajadores de las grandes corporaciones pateando gallinas o trabajadores de las pequeñas granjas recostados al Sol de su bucólico paisaje).

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Todos esos documentales tienen la desventaja de estar fascinados por sus sujetos.Leviatán (2013), de Lucien Castaing-Taylor y Véréna Paravel, está libre de esa atadura. Se podría ver como una suerte de imagen invertida de The Global Catch.

Las cámaras de Leviatán —uno de los documentales más extraños, aventurados y ¿bellos? que se han hecho— observan a un grupo de pescadores en un barco salido de la costa este gringa, pero también a los peces, los pájaros, la maquinaria del barco, el movimiento del mar. Lo que vemos es inestable, cambiante, oscilatorio. Un minuto estamos en cubierta, con peces agonizantes en cascada sobre nosotros, al siguiente ascendemos al aire con una parvada de gaviotas, al siguiente nos hundimos en un mar negro interrumpido por algo que semeja reflejos rojos.

Hay voces pero ninguna nos habla a nosotros. Los directores no parecen querer establecer una relación afectiva de ningún tipo. Observan el mundo como lo observaría un dios curioso pero distraído: desde todos los puntos de vista, sin ganas de intervenir.

 

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