Bombardeos

Las tres guerras mundiales tienen un factor común: las tres apestan a carne humana inocente abrasada

Investigadores de la policía en el Paseo de los Ingleses en Niza.
Investigadores de la policía en el Paseo de los Ingleses en Niza. ALBERTO ESTÉVEZ EFE

 

Por si alguien no se había enterado, debe saber que estamos viviendo la III Guerra Mundial. En la primera los frentes se definían por trincheras, que había que asaltar a bayoneta calada buscando el cuerpo a cuerpo para descerrajar directamente las tripas del enemigo. En la retaguardia se bailaba el charlestón. La segunda se caracterizó por bombardeos masivos de ciudades abiertas, por el genocidio ominoso del Holocausto y por un par de bombas atómicas como fin de fiesta. En la retaguardia sonaba la orquesta de Glenn Miller y la garganta de Édith Piaf. El cierre en falso de la primera dio paso a la segunda y la segunda, a medias entre el capitalismo salvaje y el fanatismo religioso, ha generado la tercera, que sucede hoy en cualquier parte del mundo, aunque sus batallas más decisivas se realizan en el interior de nuestra conciencia. Las tres guerras mundiales tienen un factor común: las tres apestan a carne humana inocente abrasada. Más allá de cualquier clase de culpa, esta III Guerra Mundial se caracteriza por una doble estrategia: los ejércitos regulares bombardean, los terroristas ponen bombas; mientras unos lo hacen cada vez de más lejos sobre el mapa, los otros lo hacen cada vez de más cerca en mercados, estaciones de tren, aeropuertos, estadios, salas de fiestas, restaurantes, playas de Niza o de Bali. La dialéctica bélica ha generado una escalada armamentística coronada hoy por el fanático suicida forrado de dinamita, contra el cual ya no hay defensa posible. Esta III Guerra Mundial no tiene retaguardia, pero unos bailan el rock y otros rezan a Alá y aunque en los controles de momento solo te exigen que te quites la chupa, el cinturón y los zapatos, a medida que esta guerra de civilizaciones avance, el escáner será el verdugo inapelable y los aeropuertos repletos de pasajeros desnudos nos devolverán la imagen de Auschwitz.

MANUEL VICENT

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