Bantú

Lo notable y a todas luces destacable es el enojo mayúsculo que esta carnicería inexplicable ha provocado en el tejido social.

 

Bantú

El fenómeno es por un lado harto singular y al mismo tiempo, por otro, perfectamente explicable. Usted, sensible lector, está perfectamente al tanto. El único ejemplar de gorila de las montañas que poseía el zoológico de la Ciudad de México falleció de un paro cardiorrespiratorio a consecuencia de la aplicación de anestésicos que debían permitir su traslado a Guadalajara, con fines eróticos y reproductivos.

Hasta ahí los hechos crudos. El interés surge al considerar sus causas y repercusiones. Lo insólito reside en la reacción social absolutamente inédita, supongo que en el mundo entero, ante la muerte de un animal. No conozco ningún antecedente.

Lo natural proviene del auge del “animalismo”, cualquier cosa que eso quiera decir, y que domina la moral pública desde hace algunos, pocos, años, también en el mundo entero, y que produce una sensibilidad no sé si exacerbada hacia la suerte de nuestros hermanos de reino.

Ambas componentes, distintas y complementarias, son realmente interesantes y dignas de reflexión concienzuda. Veamos.

El que un gran mamífero, humano o no, fallezca a consecuencia de ser sometido a una anestesia general, no por deplorable deja de ser un hecho relativamente frecuente, y con el que los cirujanos están bien familiarizados. Y ello no implica necesariamente que se haya cometido error o imprudencia alguna. Simplemente, a veces pasa. Y ya. El organismo es complejo, caprichoso y a menudo indomeñable.

Es por ello –todos los que hemos sido sometidos a una intervención quirúrgica mayor lo sabemos bien– antes de ser sedados se nos pide firmar una responsiva en la que se establece que si te mueres es tu culpa.

Las iatrogenias, los errores médicos con consecuencias graves, existen por supuesto. Pero no son ni con mucho la única causa de dificultades a menudo fatales. Y establecerlas no siempre es sencillo, tanto si el primate está cubierto de pelos o no.

En el caso de nuestro Bantú tampoco lo será, aparte de que la inefable “opinión pública”, esa insoportable sabelotodo, ya se haya apresurado a condenar a los veterinarios que aplicaron el procedimiento.

Gran parte de la reacción se explica por el hecho de que la víctima no era anónima, tenía un nombre, estaba “personalizada”, y eso lo cambia todo. En los últimos meses han muerto varios ejemplares valiosos en Chapultepec: tres osos panda, ellos también con nombre, cierto, pero en principio de muerte natural (aquí entre nos, toda muerte es natural; si te meten un balazo en la sien o te atropella un trolebús, es natural que te mueras), un oso polar (irremplazable), un chimpancé y un orangután. De los que tengo noticia. Ignoro si se trata de una tasa habitual de mortalidad en cautiverio.

La cosa es que no se murió un changote, se murió Bantú, y eso lo cambia todo. También murió hace años la ballena Keiko, a causa de la estupidez humana, y en estos últimos meses han sido sacrificadas multitud de bestias que “trabajaban” en los circos, pero eso no conmueve a los estultos animalistas. “Fue por su bien”. De todo esto también tendré que hablar.

No está por demás recordar que el gorila es uno de los mamíferos más cercanos al hombre en la escala evolutiva y que eso, sin duda, facilita su “humanización” y tanto la proyección como la identificación con quienes lo conocieron.

Sin embargo, la cosa no quedó ahí. El escándalo de la necropsia salvaje e inexplicable a la que fue sometido el cuerpo de la víctima no ha hecho sino exacerbar la indignación social. Y esta vez parece que con toda razón. Esperemos a ver qué argumentos dan los forenses, pero de antemano me temo que difícilmente serán satisfactorios.

Lo notable y a todas luces destacable es el enojo mayúsculo que esta carnicería inexplicable ha provocado en el tejido social, mayor incluso que el de la muerte misma. Y es que hay en ese bárbaro acto algo del orden de la profanación, de un atentado a lo sagrado.

La irritación pública viene de la mano, por supuesto, de un clima de opinión muy negativo en contra del quehacer de las autoridades en general y en particular contra el del gobierno de Mancera. No deja de ser muy sorprendente, pero elaffaire Bantú puede ser la puntilla que termine de acabar con las pretensiones presidenciales del jefe de Gobierno. Quiero ver cómo la libra.

Para remediar el malestar intenta ofrecer mejores argumentos y obtener remisión. Muchos indicios validan incertidumbres, concitan opiniones negativas unificando sentimientos tiernos extremadamente doloridos, nunca expresados tan amargamente, mientras exigen responsabilidades administrativas y ejemplares.

El remache definitivo a tan inaudito caso lo ha puesto nada menos que la Comisión de Derechos Humanos local, que protesta airadamente y decide abrir una investigación. Realmente notable. Toda una joya, que no hace sino subrayar el carácter inaudito de la cuestión. ¿Cuáles serán, según los ínclitos comisionados, los “derechos humanos” afectados? ¿Los del propio y desdichado Bantú, al que de plano humanizamos del todo, o los de los visitantes del parque que ya no podrán gozar de su presencia?

No porque sí el gran André Breton afirmó que cuando él creía haber inventado el surrealismo, los mexicanos lo vivíamos cotidianamente.

MARCELINO PERELLO

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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