Una selección de letras

Una selección de letras
Ilustración: LUIS PAREJO

La Eurocopa, la Copa de América: el planeta futbolístico no da abasto. Partidos a todas horas, golazos como los de Payet, la supremacía de Messi con Argentina, la finura de Iniesta, Bale como estandarte de Gales, la veteranía de Buffon… La misma pasión que ha inspirado a una buena nómina de escritores: Albert Camus, Peter Handke, Roberto Fontanarrosa, Santiago Roncagliolo, Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Galeano, Rafael Alberti, Joaquín Sabina, Nick Hornby, Roberto Bolaño y Juan Villoro. De todos ellos hablamos aquí.

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ALBERT CAMUS por Iñako Díaz-Guerra

Camus quiso ser guardameta pero se tuvo que conformar con el Nobel. Ninguna persona brillante ha nacido para ser feliz. Resulta curioso que un individualista feroz se enamorase del deporte que más exalta al grupo, pero el fútbol nunca se lo agradecerá lo suficiente. Camus le regaló muchas horas jugando en Argel, una carta de amor (Lo que le debo al fútbol) y la dignidad. Fue el primer gran intelectual que declaró su amor por un deporte estigmatizado: el opio de la masa aborregada, el entretenimiento de brutos, el folletín en pantalón corto… Tuvo que llegar Camus a explicar que “lo que sé con mayor certeza respecto a la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. Descubrió a las élites que aquel espectáculo primario escondía complejidad y belleza, que la cultura popular no es menos cultura. Camus, que afirmó que si volviera a nacer preferiría ser futbolista que escritor, nos recuerda que no hay nada de lo que avergonzarse en nuestra pasión, que el fútbol es un tráiler de la vida y merece palabras a su altura. Han pasado 60 años y cada vez se lee menos a Camus. Así está el fútbol.

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PETER HANDKE por Javi Gómez

Si Oblak terminara estrangulando a una cajera de cine, consumido por sus errores en la tanda de Milán, seguiría sin tener una Champions, pero ya sería medio libro de Peter Handke. Como a cualquier español de hace 20 años, me llamó más la atención el título que el autor: El miedo del portero ante el penalti. Acaso la obra mejor titulada, menos leída y más citada de la literatura germánica. El fútbol era la excusa sottofondo para narrar la huida de sí mismo de un ex portero que, años después, también se tiró al lado equivocado de su vida.

Tiene lógica que Handke, el gran escritor del aislamiento, el austriaco que huyó de su país y se quedó solo abrazando la causa serbia en los Balcanes, firmara esta oda al mayor desamparo deportivo. La angustia solitaria ante el paredón invisible de los 11 metros. La de Oblak hace un mes en Milán, resumiendo. “Miró a la izquierda, miró a la derecha, miró detrás, tuvo hambre y siguió su camino”, escribe Handke, pinchaépicas de manual. Como todos esos porteros que mascaron su miedo ante el punto de penalti y, con enfado banal, sin grandeza alguna, sacaron el balón de la red.

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ROBERTO FONTANARROSA por Jorge Bustos

Roberto Negro Fontanarrosa (Rosario, 1944-2007) no aspiraba a ganar el Nobel. Sus celebrados cuentos no le van a cambiar la vida a nadie, decía, pero le recompensaba que un lector le parase por la calle para decirle que “se había cagado de risa” leyéndolos.

Efectivamente los cuentos de Fontanarrosa son los de un artista honesto que da lo que promete, que es más de lo que da la mayoría. ¿Amaba más el fútbol que la escritura? Quizá confundió ambas pasiones con tal entusiasmo que logró hacer narrativa la pelota y redondos sus cuentos.

Rara vez la literatura futbolística resulta tan entretenida como el fútbol mismo: es el caso del Negro. Su estilo dialectal revela un oído prodigioso, y sus cuadros costumbristas estructurados en torno a ágiles diálogos merecieron adaptaciones teatrales.

Posee la gracia del ritmo y aliento poético. Su pieza 19 de noviembre de 1971 es considerada por Patricio Pron el mejor cuento de fútbol; a mí me gusta más El Monito: la ensoñación de un oficinista calvo y gordo que aún fantasea con el gol mítico que nunca marcó en la competición que nunca jugó. Redondo.

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SANTIAGO RONCAGLIOLO por Emilia Landaluce

Santiago Roncagliolo (1975) suele decir que la literatura ha ignorado en tantas ocasiones el fútbol porque era de plebeyos. Sin embargo, “hace unos años los escritores dejaron de sentirse superiores y han empezado a mirar a la vida cotidiana. Y si hablas de la vida real, vas a acabar hablando de fútbol”.

En 2014, el escritor peruano aprovechó el mundial de Argentina como telón de fondo de La pena máxima, una novela en la que recupera a su antihéroe de Abril Rojo el fiscal Félix Chacaltana, aunque esta vez sitúa la acción cuando solo era un archivero en Lima. El fútbol es sólo una excusa para hablar de las multitudes, el olor a fritanga de las calles, de las narraciones de los partidos aunque la trama se centra en la dictadura argentina. Roncagliolo lo confesó una vez: el Barça también tiene una gran novela. “¿Cuáles son las relaciones dentro de un equipo que lo ganó todo y que ha sido el mejor? En algún momento tiene que llegar la decadencia. Ahí dentro hay una novela. Ésta es una de las metáforas en las que el fútbol habla de cosas mucho más allá del fútbol”. Ojalá la escriba.

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MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN por Enric González

Para Vázquez Montalbán, un balón no era sólo una cosa redonda sino una idea en movimiento que con cada giro desprendía nuevas ideas. Lo suyo consistía en teorizar. Rebuscó en los higadillos del fútbol la carga semiótica, la historia social, el sucedáneo de las naciones y cualquier otro material abstracto y, por tanto, maleable. Iba al Camp Nou, creo que siempre con un carné prestado, para poder debatir luego sobre el significante y el significado de tal jugador o tal incidente.

Entendámonos: en el fondo, miraba el fútbol como lo miran los niños. Como hay que mirarlo. Le recuerdo hablando una vez con José Martí Gómez. Dijo imaginarse a sí mismo como un ariete del Barça a punto de cabecear a gol. Martí se convirtió instantáneamente en un defensa del Espanyol para evitar in extremis el remate. Ambos, escasamente atléticos, permanecieron sentados durante la breve ensoñación. Quiero decir con esto que teorizaba porque era su trabajo y porque el Barcelona de su época tendía a flaquear. Si hubiera llegado a ver al equipo de Messi, se habría vuelto loco. Sin abstracciones ni puñetas.

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EDUARDO GALEANO por Eduardo Sacheri

Así como han florecido delanteros gambeteadores y mediocampistas iluminados, en el Río de la Plata también nos ha brotado una literatura futbolera proclive a la ficción, mucho más que al ensayo o la biografía. Y Eduardo Galeano es una figura rutilante de ese firmamento de autores. En estas ficciones no se desarrollan tramas complejas, ni diálogos escogidos. Galeano prefirió parir centenares de estampas, relatos resueltos en media página en los que el lector viaja hacia la médula del fútbol: un juego, un juego sencillo, un juego profundo, un juego donde los que juegan son las personas que en el fondo son. Sin máscaras, sin urbanidades y sin secretos. Si vamos a creer en sus propias palabras, Eduardo Galeano no era un buen jugador de fútbol. Y sin embargo, cuando lo leemos nos convencemos de que sí, de que necesariamente debió serlo. Yo me lo imagino como un mediocampista lánguido, acaso melancólico. Uno de esos jugadores exquisitos que cargan sobre sus espaldas con el conocimiento de una verdad demoledora: sin belleza no hay victoria que valga la pena.

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RAFAEL ALBERTI por Antonio Lucas

La poesía cantando al fútbol, su épica en combustión, su verdad ajena a los despachos. Era 1928 y José María de Cossío saca entradas en la taquilla del estadio. Barcelona contra la Real Sociedad en los Campos de Sport del Sardinero. Una es para Alberti. El poeta quiere ver estirarse a un portero. Es Platko, el húngaro, el rubio, el largo. Del Barça. Aquel día estuvo febril y gatuno. Jugó medio partido con un vendaje estruendoso que le tapaba la hemorragia y los seis puntos de sutura que le asestaron en el vestuario cuando Cholin traspapeló el balón y quiso marcar gol en su cabeza. Aquel hombre tullido, con la sangre de perfil, tomó entonces relieve de héroe y Alberti entró en trance. Aquella misma tarde escribió este poema, Oda a Platko. Un prodigio de poesía para el fútbol. En La Voz de Cantabriale dieron portada una semana después. Nadie hasta entonces había escrito aquí con toda la potencia y la entraña un poema igual sobre un partido, sobre un portero, porque volvió del pulso perdido a la pelea. Y que luego digan que si los poetas.

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JOAQUÍN SABINA por Pedro Simón

Eran los años de la movida madrileña, las mañanas de La bola de cristal y las noches del Elígeme. Y por entonces lo más redondo que había visto Sabina no era un balón Tango, sino las tetas de una camarera de Malasaña.

Nos lo dice Pancho Varona, compositor, músico y amigo de Joaquín. “A él, en aquella época, no le gustaba el fútbol. Por el Elígeme iban a verle amigos de La quinta del Buitre como Pardeza. Estaba indeciso a la hora de elegir equipo. Hasta que intervine y le dije: ‘Hombre, tío, hazte del Atleti, que es de barrio. El Madrid es una multinacional'”.

En Argentina se hizo de Boca Juniors. En Uruguay se hizo de Peñarol. Y en el bulevar de los sueños rotos que es España, sólo podía ser del único equipo posible.

Al autor del himno del centenario no le gustan los estadios. En tres de su canciones cita a los rojiblancos. Si es con José Tomás, me dijo un día en su casa, el fútbol se ve mejor.

Joaquín Sabina estuvo en aquella final de Copa del Rey de 2013 en la que Miranda profanó el Bernabéu. Cuando Cristiano se adelantó en el marcador, Sabina agrandaba su leyenda.

-Al próximo que meta Ronaldo, yo me voy al bar, eh.

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NICK HORNBY por Carlos Toro

Según confesión propia, Nick Hornby se enamoró del fútbol, a los 11 años, como más tarde se enamoraría de las mujeres: de repente, sin remedio ni explicación, sin pensar en las amarguras asociadas. Fue el 14 de septiembre de 1968, cuando su padre lo llevó por primera vez a Highbury. El Arsenal ganó al Stoke City por 1-0 de rebote de un penalti fallado en primera instancia. Una birria de triunfo, indefendible como flechazo. Pero Nicky se enamoró. Como un imbécil, como un loco.

Inglés, pero no flemático, la pasión por su club quizás lo haga simpatizar con Francia o con Chequia, que cuentan con dos jugadores del Arsenal, mientras que Inglaterra sólo tiene uno. Cerebrito literario de Cambridge, se contradice, porque “los intelectuales deben apreciar el fútbol por lo que posee de arte, no de sentimiento”.

Infiel consigo mismo, pues, el autor de Fiebre en las gradas, escribió, empero, Alta fidelidad, que vale para el fútbol y para la música, su otra gran pasión. Es raro que no haya escrito algo titulado: Rock & Ball.

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ROBERTO BOLAÑO por Matías Néspolo

En alguna página Roberto Bolaño (1953-2003) cuenta que se probó de niño como zaguero en cierto club chileno. Zurdo con la redonda, disléxico y sin gafas, hizo en el campo un papel lamentable. Sus amigos no recuerdan haberlo visto jugar de mayor. Quizá simplemente fuera malo. Tampoco descolló como fervoroso culé, aunque siguiera de cerca el Barça pre Messi. De allí a la construcción de una épica de la derrota hay un paso. Laudó la belleza del autogol y se declaró seguidor de los clubes fantasmas. Pero así como admiraba al poeta Arquíloco por desertor, sospecho que la épica de la derrota no era más que la purga de una dolorosa culpa. La del superviviente de las guerras floridas, a cuyos caídos les dedicó sus obras mayores, Los detectives salvajes y 2666. Porque quien haya leído el cuento Bubade Putas asesinas sabe que el fútbol para el chileno era como la revolución o la poesía. Un combate de verdad donde hay sangre y vísceras. Una empresa colectiva tan condenada al fracaso y tan necesaria como inevitable.

http://www.elmundo.es/cultura

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