Tranquilo

Tranquilo

Me gusta escribir en cafeterías, a mano, en pedazos de papel o en mi libreta de ideas. De esa forma me engaño a mí mismo y siento que no estoy haciendo algo importante, que tiene que gustar a un lector potencial. Dejo que mi mano escriba sola y luego, tiempo después, corrijo. De esos momentos han salido cuentos, columnas, letras de canciones, pero muchas cosas no sirven más que para mí.

Me gusta ver a la gente, escuchar sus pequeños grandes dramas, así me doy cuenta de que todos estamos en una lucha constante con lo que nos pasa y entonces me siento acompañado.

Divago mucho. Caigo en ensoñación. No importa que sólo tenga cinco minutos o diez para escaparme a cualquiera de estos lugares con gente, lo hago y me tranquilizo. Nunca voy al mismo sitio, aunque es imposible no repetirlos.

Estoy en una de estas cafeterías, en una esquina cerca de un parque, con ventanas grandes, así que puedo ver a la gente pasear allá afuera. Una pasarela de vidas e historias. Supongo que los transeúntes no logran ver hacia adentro, sólo miran su reflejo y se arreglan algo de su ropa, su pelo. Ven una parte de su cuerpo que les gusta, o todo lo contrario. Otros pasan leyendo su celular, esquivando gente de manera imposible, sin chocar jamás, como si hubiesen desarrollado un radar, una nueva mutación en el ser humano: el homo WhatsApp.

Y entonces la veo, una amiga que hace siglos que no sé de ella. Era novia de un gran amigo, pero se fue a vivir a otro país y tuve pocas noticias de su vida. Va con su hijo, supongo, pues, se parece a ella, un preadolescente que ya la sobrepasó en altura. Desaparecen de mi vista. No sé adónde se metieron.

Pienso si debería salir, correr y alcanzarla, pero me quedo donde estoy. Imagino nuestra conversación, me pone al día de lo que ha hecho y yo le cuento que mi madre está en el hospital y que estoy triste pero tranquilo, pero no lo estoy, porque no quiero hablar con nadie. Prefiero quedarme sentado en la cafetería imaginando todo.

¿Qué será de su vida? ¿Qué hace en México? ¿Está de visita o ya vive acá? Podría googlear su nombre, buscarla en Facebook, ver sus fotos y enterarme, pero no lo hago. Es una gran oportunidad para imaginarme cosas.

Así es como era en el pasado, uno no sabía nada de nadie, ahora surgen compañeros de la primaria, secundaria, prepa y universidad como si siempre hubiesen estado cerca. No sé qué me gusta más, que el pasado se quede en el pasado o que vivamos en una combinación de pasado/presente continuo.

En ese pasado/presente continuo los amores platónicos se hacen evidentes de nuevo, la amistad, los odios por un compañero, el miedo por otro. Aunque también surge el perdón. Hay quien se dedica a ir visitando de manera virtual a sus exnovias, como ese personaje de Broken Flowers, la película de Jim Jarmusch, en la que Bill Murray quiere saber quién de ellas tuvo un hijo suyo sin decírselo.

Mi mente olvida pronto a esta amiga que vi y da paso a una serie de recuerdos de esa época. Gente que ya no veo, pero que aparece de sorpresa a saludar en el camerino, después de tocar en una ciudad en el interior de la República Mexicana.

De pronto la vuelvo a ver, sale de un edificio que está enfrente del parque con dos perros. Los comienza a pasear. No parecen suyos, no les hace cariñitos y esas cosas que hacen los dueños. Semeja más un encargo de alguien, que los saque a que hagan pipí y popó. No recuerdo si le gustaban los perros. Desde donde estoy se ve que no, lo cual es raro porque ahora todo el mundo los ama.

Me imagino que salgo y comienzo a conversar con ella. Le pregunto de quién son los perros y me corrobora que es un encargo. Yo le digo muchas cosas y, aunque no quiero, termino contándole de mi mamá enferma y le vuelvo a decir que estoy tranquilo, pero no lo estoy, porque sigo sentado en la cafetería y no quiero hablar con nadie. Sólo quiero escribir.

JOSELO

http://www.excelsior.com.mx/opinion/joselo

Deja un comentario