Tacones de sangre

Tacones de sangre
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RARA VEZ llevo tacones. Me gustan mucho, pero me cansan y el dolor me pone de muy mal humor. Cuando llevo varias horas entaconada, empiezo a pegar coces y me como a los niños con pan Bimbo. Sólo me los pongo si sé que voy a pasar la mayoría del tiempo sentada. A veces mis previsiones fallan, camino más de la cuenta y acabo desmayada. Literal: me desmayo como una damisela eduardiana.

Me pasó una vez en la boda de una amiga, cuando sin previo aviso nos hicieron dar un paseo largo y la cosa se me escapó de las manos. Nivel tope de drama cuando, al cabo de dos horas, casi perdí la conciencia por la tortura. No me había dado tiempo ni a tomar un mojito y empezó el peliculón. Acabé recostada en una hamaca, con mi marido abanicándome y la cara más verde que la niña de El exorcista. Los zapatos habían sido un regalo y desde entonces, cada vez que veo su suela roja, me entra la angustia existencial de la mala. Vade retro Satanás.

No puedo ni imaginar lo terrible que tiene que ser trabajar así. Aunque para hacerse una idea del calvario, basta con ver la foto de los pies ensangrentados de una camarera canadiense. La imagen se hizo viral después de que una compañera de trabajo la subiera a su cuenta de Facebook. Su amiga contó cómo la obligaban a usar tacones las más de ocho horas de jornada laboral. Perdió hasta una uña. Después de dos días de tortura, su jefe no le dio permiso para ir al médico y la forzó a seguir trabajando con tacones.

Julia Roberts se sumó a la revolución y apareció como una diosa descalza en la alfombra roja de Cannes. La actriz se reveló contra el absurdo protocolo del festival, que prohíbe a las mujeres ir planas. En Reino Unido, la recepcionistaNicola Thorp, de 27 años, llegó a su primer día de trabajo en las oficinas de PwC en Londres con zapatos planos y le dijeron que el código de vestimenta le exigía llevar tacones de cinco a diez centímetros. Ella se negó y preguntó por qué no se obligaba a algo parecido a los hombres. Pidió una razón por la que su calzado plano le impedía desarrollar un trabajo que consistía en estar nueve horas de pie, caminando y acompañando a los clientes hasta las habitaciones. No supieron responderle. Les dijo que era incapaz de trabajar así en tacones. Y se rieron de ella. Fue despedida sin cobrar siquiera esa jornada. Después de eso, Thorp lanzó una petición parlamentaria para lograr que sea «ilegal» que una empresa obligue a sus trabajadoras a llevar tacones. Superó en pocas horas las 30.000 firmas, el triple de las necesarias para forzar una respuesta del Gobierno en 24 horas.

En Baleares, el Govern demuestra buenas intenciones con una campaña que persigue las ofertas laborales en las que se pide «mujer con buena presencia». Ni maquillaje ni tacones ni limpiar 30 habitaciones en un día. Tendremos que volver a quemar sujetadores y zapatos asesinos. Algo habrá que hacer para que nos dejen de tocar los ovarios, que a algunas hasta les va la vida.

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