Padre

Si sólo somos patriotas el 15 de septiembre o nos acordamos de que tenemos madre el diez de mayo, eso equivale a reconocer que el resto de los días del año no rendimos culto al patriotismo ni a la maternidad.

 Padre

 

…yo sé que no es nuevo lo que le vengo a cantar…

                Argentino Luna, Carta a mi padre muerto

 

Primera: uno aprende a ser buen hijo solamente cuando se convierte en padre.

La festividad contemporánea del Día de las Madres se originó en Estados Unidos en el siglo XIX. En México la introdujo y promovió con buenas intenciones el periódico Excélsior, que va a cumplir cien años muy pronto. De inmediato, el comercio se apropió de la fiesta, que era una ocasión inmejorable para propiciar el consumo.

De entrada, admitamos que el mito de los días de guardar es confesión de culpas. Si solamente somos patriotas el 15 de septiembre o nos acordamos de que tenemos madre el diez de mayo, eso equivale a reconocer que el resto de los días del año no rendimos culto al patriotismo ni a la maternidad. Además, que todas las fiestas marcadas por calendario no son más que una herramienta de la publicidad y el consumo, que se apoyan en la sensiblería. Nada en contra del comercio y los motores económicos, pero no tienen nada que ver con las devociones y los afectos reales. De mi parte, tengo a mi padre presente diariamente —como a todos mis seres queridos— y de manera especial en los momentos de mi angustia. Por eso no celebro de particular manera el Día de las Madres, de los niños, de los abuelos, de las mujeres, de los padres o, mucho menos, el Día del Compadre. A cada quien su afecto, todos los días.

Segunda: Padre es un señor que sustituye los billetes de su cartera por las fotos de sus hijos.

Desde que surgió la familia quedó perfectamente claro que el papel del macho era el de proveedor. Tenía que proporcionar al núcleo inicial desde el sustento alimentario hasta la protección ante los otros entes que disputarían espacio y abasto. Sin embargo, el poder era ejercido por la mujer. La administración de la hacienda y las reglas que formaban a los hijos eran el eje del matriarcado.

Después de todo, la mujer era la única —¿era?— que sabía precisamente la identidad del padre de cada uno de sus hijos. A la hora de la constitución de la familia y la propiedad privada —dice Engels—, eso resultó ser muy importante a la hora de la repartición de bienes en las herencias.

Una visión machista de la evolución nos condujo a considerar que el padre era la cabeza social y económica de la entidad familiar, aunque, hasta el día de hoy, la autoridad esencial reside en la mujer. Una percepción moderna del mundo afirma que eso tampoco es correcto: lo justo e inevitable es un gobierno de coalición, un mando compartido, una responsabilidad de ambos. Por eso ese machismo a la inversa que es el ramplón feminismo a ultranza ha fracasado.

Me queda claro que los atrasos en esta evolución, particularmente entre la gente de escasos recursos y por tanto educación deficiente, son notorios en nuestro país, donde el índice de abusos en contra de la mujer por considerarla inferior en el orden social más primigenio sigue proliferando. Pero esa lamentable realidad no cambia lo esencial en el reparto de los roles de mando en nuestra sociedad. No solamente en la pareja matrimoniada o en la familia constituida. Admitámoslo, que ellas mandan. Lo cual tampoco tiene nada de malo. Admitamos nuestro papel de proveedores con decencia. Procuremos aportar un ejemplo digno en el campo de la ética y el esfuerzo; lo de la administración no es lo nuestro. De esa convicción se desprenden tal vez las decisiones de nuestros gobiernos de una igualdad numérica a huevo en los órganos del poder. Eso tampoco es sano, porque no es sabio. Las conductas las determina la naturaleza, no los gobernantes.

Tercera: El padre es un ser al que tienes que ver hacia arriba, sin importar tu estatura.

FÉLIX CORTÉS CAMARILLO

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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