Lunes de ceniza

Lunes de ceniza

El mal de nuestro tiempo es la ansiedad. La inquietud por el futuro no nos deja vivir el presente. Acaso también este padecimiento ha caracterizado el siglo XX, un periodo en el que han convivido la destrucción a gran escala y un progreso tecnológico y material impresionante.

Unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen y otros no duermen por el miedo a perder las que tienen, según acostumbraba a decirEduardo Galeano, que escribió en este periódico hasta antes de su muerte.

La ansiedad es esencialmente una incapacidad para asumir lo que uno tiene y lo que uno es. Y por tanto el ansioso rechaza el presente a la espera de un futuro que nunca llega porque el porvenir siempre defrauda las expectativas que cada hombre se forja.

La experiencia reside básicamente en descubrir los límites y en asumir que los deseos no pueden ser nunca satisfechos, como muy bien sabía Freud, que profundizó en la naturaleza inconsciente de lo que él llamaba ‘libido’. Esta palabra adquiere en el psicoanálisis un significado que va mucho más allá del impulso sexual, que corresponde a su etimología, y que podríamos entender como la energía que mueve al ser humano.

La libido es tan moldeable como insaciable. Puede ser orientada hacia el sexo, el poder, el dinero, la creación artística o la mística. Pero su rasgo esencial es su carácter de permanente insatisfacción, que nos empuja a ir más allá de lo que somos o tenemos.

He constatado a la largo de mi vida que las personas más poderosas o más ricas sufren un nivel de insatisfacción más elevado que las pertenecientes a las clases más modestas, que valoran mejor lo poco que han conseguido. Esto puede sonar incorrecto políticamente, pero es cierto.

No es verdad que el dinero dé la felicidad porque la felicidad no existe. No hay nada que nos pueda hacer llevadera la existencia más que la aceptación del propio dolor de vivir, la constatación de que estamos condenados a la aniquilación. Todo acaba siempre mal, la muerte nos espera, pero mientras tanto podemos obtener el consuelo del amor, la amistad y las cosas que hacen que la vida merezca la pena.

La ansiedad es una pérdida de energía porque el futuro es siempre peor que el presente en la medida que el tiempo es indeterminado, es una incógnita que se abre ante nosotros, un espacio vacío que tenemos que colmar. El pasado no se puede cambiar y el futuro es incierto y aleatorio, por lo que no nos queda otro remedio que aferrarnos al presente.

Carpe diem, decían los latinos. Coge el día, estrújalo. No hay otra opción que disfrutar de los instantes como si fueran eternos. El pasado jueves, sentado en la escalera de este periódico y observando cómo el cielo adquiría un intenso color rojo que refulgía al atardecer en las ventanas de las casas vecinas, tuve unasensación de paz que me hizo olvidar los agobios cotidianos.

Sólo nuestra insignificancia nos puede proporcionar algún consuelo, la asunción de que somos una mota de polvo en un universo infinito y de que no podemos controlar nuestro destino. La ansiedad es un sentimiento inútil y el afán de acumular dinero o poder es una huida hacia delante que nos impide tomar conciencia de que hemos nacido de la ceniza y a ella volveremos.

PEDRO G. CUARTANGO

http://www.elmundo.es/opinion

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