Los que se quedaron en Hiroshima

Los que se quedaron en Hiroshima
Fotografías cedidas por el Museo Ara Pacis.

Domon Ken fu para Japón tan importante como Cartier-Bresson para Europa, pero su fama nunca superó sus fronteras. Una de sus grandes obras fue un reportaje sobre los supervivientes de la bomba atómica

MÒNICA BERNABÉ

 

 

Su nombre, Domon Ken, deja frío a la mayoría en Occidente. Pocos lo conocen. Pero sus fotografías asombran a cualquiera. En Japón es una eminencia y fue el primer fotógrafo al que se le dedicó un museo entero para exponer su obra. “Es el Cartier-Bresson japonés”, aclaran quienes saben de su trabajo.

Por primera vez la obra de Domon Ken se puede ver fuera de Japón. Una exposición con casi 150 imágenes se ha inaugurado en el Museo Ara Pacis, de Roma, que acercan a la vida cotidiana de Japón, antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Sin olvidar alguno de sus episodios más espantosos: la bomba atómica en Hiroshima.

El Premio Nobel de Literatura en 1994, Oe Kenzaburo, definió las instantáneas de Domon Ken sobre Hiroshima, en un artículo publicado a final de la década de los 70 como “la primera obra de arte moderno que afronta el tema de la bomba atómica hablando de los vivos, y no de los muertos”. Domon viajó a Hiroshima en seis ocasiones entre julio y noviembre de 1957, estuvo allí un total de 36 días, y tomó 7.800 fotografías. Su volumen Hiroshima es sólo una minucia de lo retratado, pero causó tanto impacto que marcó un antes y un después.

Las instantáneas muestran supervivientes de la bomba atómica agonizando, con quemaduras, sometiéndose a intervenciones quirúrgicas, y con deformaciones y cicatrices terribles. Y todo eso tras 13 años del aquel lanzamiento letal, cuando ya se había intentado correr un tupido velo sobre lo sucedido. Sin embargo, la tragedia parece ocurrida ayer ante el objetivo del fotógrafo.

“Promovió la mirada realista. Defendía que se tenía que contar la realidad así, tal y como es”, explicó durante la inauguración de la muestra una de sus comisarias, Rossella Menegazzo, profesora de Historia del Arte de Asia Oriental en la Universidad de los Estudios de Milán. De hecho, a Domon Ken se le consideraba el “maestro del realismo japonés” y, de la misma manera que el francés Henri Cartier-Bresson, se caracterizó por atrapar el instante. Sabía disparar el objetivo en el momento preciso, y tomar fotografías de calle.

Domon Ken expone excepcionalmente en Roma, coincidiendo con la conmemoración del 150 aniversario del primer Tratado de Amistad y Comercio firmado entre Italia y Japón en 1866. En la muestra, abierta hasta el 18 de septiembre, se puede ver el renacimiento intelectual de Japón después de la Segunda Guerra Mundial, la llegada al país de la moda e influencia occidentales, pero también las manifestaciones de estudiantes en Tachikawa contra la ampliación de la base militar estadounidense, la pobreza en los barrios bajos de Tokio, y las míseras condiciones de los niños en los pueblos dedicados a la minería en la isla de Kyushu.

“El encuadre de Domon siempre fue frontal y potente. Se acercaba al sujeto, rompiendo el protocolo de las distancias que caracteriza a la sociedad japonesa”, detalló también Menegazzo. Tal vez por eso su obra resultó tan impactante, y también la capacidad de Domon Ken de adaptarse a las circunstancias.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, el fotógrafo se movió entre la información y la propaganda, inmortalizando las tradiciones y la artesanía japonesas, pero también sus avances industriales y militares.

Domon sufrió tres hemorragias cerebrales durante su vida, pero eso no le impidió dejar de trabajar. Tras la primera, en 1959, le quedó paralizado parte del cuerpo y entonces empezó a tomar imágenes con una cámara de gran formato y un trípode. Inició así una serie sobre templos antiguos.

En 1968 padeció un segundo ictus que lo dejó postrado en una silla de ruedas. Contó entonces con la ayuda de un asistente para continuar captando fotos, hasta que en 1979 la tercera hemorragia cerebral acabó con su carrera. Estuvo en coma hasta el 15 de septiembre de 1990, cuando murió con 80 años. Quizá todo ese tiempo de letargo hizo que incomprensiblemente su legado no llegara a Occidente.

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