Doña Letizia y Nietzsche

Doña Letizia y Nietzsche
ULISES

 

“¡Que entierren los libros…esos sarcófagos y sudarios!”, escribió Friedrich Nietzsche, el prusiano con goteras, “esa cobra que nos hipnotiza”, el que agitó la azotea de las inquietas generaciones, especialmente la de los anarcos y los fachas. Sus aforismos enganchan como los porros y son como un evangelio para matones, quizás porque el eterno mal dormido -duro, fatuo, inmodesto, que hacía declaraciones definitivas sobre todo- era alemán y además hijo de un pastor protestante. Hace unos días, Doña Letizia visitó la Feria del Retiro y se llevó a palacio 40 libros, entre los que compró y los que le regalaron. Libros de la capital de la libertad donde casi todos los embajadores acreditados tienen pluma. La Reina adquirió la poesía completa del filósofo prusiano en vísperas electorales, cuando vamos andando en una cuerda sobre un abismo y hay una invencible tendencia a dejarse engañar. Me intriga y me fascina que Doña Letizia adquiera los poemas del más antipopulista de los filósofos, unas semanas antes de que los líderes políticos vayan a palacio a informar a Felipe VI de las posibilidades de ahormar una mayoría de Gobierno, quizás en nombre de la gente. Nadie despreció a la gente, a los débiles, a los desahuciados, a los perdedores como aquel ególatra ciego, gruñón, amigo de Wagner. Dijo que los españoles eran unos europeos atormentados por la droga del cristianismo, que quisieron ser demasiado. Pensaba que no había que ceder ante la opinión pública, que significa gente ociosa, holgazana, la involución de los homínidos.

El filósofo, al que después homenajeó Hitler, elogiaba la moral de la casta y de los aristócratas, y fue acusado de reaccionario y de fanático. Sin embargo, el pensador que besaba a los caballos y se pasó la última parte de su vida en un psiquiátrico bebiéndose la orina, tiene lecturas más sofisticadas. Parece que fue su hermana racista la que falsificó algunos de sus textos. El filósofo no es sólo el Bautista del nazismo con la bestia rubia y el hombre superior. Rechazó la democracia, los popes demagógicos de los partidos y a los idiotas-púrpuras de la Teología, pero se considera, de entre los “maestros de la sospecha” -con Marx y Freud-, el que más allá llegó en la destrucción de las supersticiones del bípedo implume. Camilo José Cela decía que había que escuchar más la voz de Zaratustra que la del Papa, y según escribe Francisco García Marquina en su decisivo libro Cela. Retrato de un Nobel, Cela miraba con desconfianza, como el filósofo a los predicadores de la solidaridad.

La estampa de la bella reina interesándose por la filosofía y la poesía es sugerente. Evoca la edad de oro de los reyes de Platón, la de los monarcas de La Odisea, la deMarco Aurelio o la de Federico el Grande, masón y flautista. A las reinas de España siempre se les miraba la tripa por si estaban embarazadas y en sus bibliotecas solían tener breviarios; aunque alguna como Isabel II era muy novelera y leía folletines de amor.

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