Vetos y manos sucias

Vetos y manos sucias
ULISES

 

Acabo de escuchar decir a Begoña Villacís de Ciudadanos -vive rodeada de pájaros, gatos, tortugas y perros- que nunca encontrarán facturas de comilonas o de hoteles de cinco estrellas de los políticos de su partido. Siguiendo el “argumentario” de su líder Albert Rivera, ha insistido en que Mariano Rajoy no es un ejemplo de regeneración.

Aunque horas más tarde, el dirigente de Ciudadanos, que ya sabe que es imprescindible para formar Gobierno, ha mandado el primer aviso a Pedro Sánchez desde la Puerta del Sol, donde hace 208 años los madrileños, con navajas, agujas y macetas, se enfrentaron a la carga de los mamelucos de Napoleón. Ha advertido a su reciente socio que España necesita acuerdo, cambios y regeneración, y de nada nada sirve enrocarse en posiciones absolutas o maximalistas. Es que si no, a la primavera tormentosa puede suceder un verano de huracanes.

Si Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se niegan a formar una mayoría con el partido más votado, según las encuestas o sobra Mariano Rajoy o sobran todos. Como aquí a los políticos no se les puede echar ni con los bomberos, no les extrañe que echen una cortina de humo sobre la cloaca y pacten una mentira consensuada.

No hay facturas de comilonas de los de Ciudadanos, pero una considerable cola de políticos están pringados en el inframundo de esta democracia. La reputación, el prestigio, el cartel, que son las piedras angulares del poder, han quedado dañados en el arco parlamentario de derecha a izquierda.

En el Barroco se dijo que España era un juego de bazas, donde sólo el que robaba triunfaba y mandaba y todos los gobernantes sabían dar el tiento a una faltriquera con mucha paciencia y destreza. Esa cultura más que picaresca, gangsteril se ha prolongado en las restauraciones democráticas hasta la posmodernidad, cuando la reputación es el arma favorita con la que se devoran los políticos. En los juzgados, en la relación de los sobornos de Ausbanc y Manos Limpias, en los libros B de los bancos, en los papeles de Panamá está escriturada parte de la conducta de la clase dirigente: ex presidentes, presidentes, ministros, editores, cineastas, cantantes. Desde el felipismo al marianismo, pasando por Pujol: el robo del siglo. Siguiendo el lenguaje de Sartre, esto podría titularse así: “Manos sucias, putas respetuosas”. Muchos de los que reinaron, editaron, escribieron, dirigieron e interpretaron la farsa están pringados.

“¿Qué es el honor?”, se pregunta Shakespeare. Y se contesta: “Aire”. Pero en política la reputación no es aire, sino piedra. La clase dirigente ha perdido su prestigio y, por decirlo al estilo Kissinger, el 90% de los gobernantes y abajo-firmantes han contaminado al 10% de los impolutos. Todos han mentido no como cretenses sino como bellacos. Así que que nadie aventure lo que pasará en junio. Será un raro sueño de sonámbulos en verano. Como dijo el senador Russell Byrden vísperas de la invasión de Irak: “Verdaderamente estamos caminado sonámbulos por la historia”.

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