SERGIO ALGORA: ESCRIBIÉNDOLA Y CANTÁNDOLA

SERGIO ALGORA: ESCRIBIÉNDOLA Y CANTÁNDOLA
“- Pues ese será vuestro castigo -dijo el Rey-. Vos sois la culpable y el Juez.”
La Pastora de los Gansos, Hermanos Grimm

Sergio Algora jugó con las palabras –de manera literaria y periodística, bailó entre acordes de guitarra y dijo aquello de “mucha mierda”. Aquejado de una dolencia cardíaca, no llegó a la mitad de su vida pero hizo todo lo posible por vivirla desde el único foco en el que creía. El arte. Ya fuera en forma de poesía, relatos, teatro o música. Siendo –como en aquel cuento que usaba de introducción- el culpable y el juez de una vida que en la tómbola le tocó demasiada corta y que, en la práctica, vivió con una sensibilidad increíble. Observándola y escuchándola, escribiéndola y cantándole.

Muchos conocen sus canciones de La Costa Brava, a algunos les suena su libro A los hombres de buena voluntad. Muy pocos conocen la poesía y, hoy, nos apetece homenajearle con ella.

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Algora suele escribir sobre la mujer. Lejos de lo que puede parecer cuando escuchas sus canciones, no se refiere a ella como fuente de desgracias y complicaciones sino que adquiere la categoría de musa y de sueño. Cuando describe a una mujer parece leerla, como si supiera perfectamente lo que se siente dentro de ella. Comprende sus miedos, sus aventuras, sus deseos. Habla de ella como ente amatorio, tanto en la heterosexualidad como en la homosexualidad.

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Pero Sergio Algora no sólo observaba al género femenino, sino que también lo hacía con la vida. Cogía ideas, imágenes, recuerdos y los mordía con fuerza intentando sacarles todo el jugo posible. Con la poesía vivía todo lo que su carrera musical no le permitía y dejaba sin acabar todas las historias que el teatro y la narrativa te exigen terminar. En Los hombres atrapados por sus huchasparte de una idea crítica para luego, de manera mágica, no desarrollarla.

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Nació en 1969, despidiendo una década mítica bañados por el soul y dándoles la bienvenida a unos setenta descarados e irreverentes donde la palabra sexo ya no era tabú. Poemas musicales, atrevidos y sexuales; aquellos en los que se podía hablar del miembro viril de Don Covay y donde su dualidad música-poesía se unía en forma de versos.


Son llamas, antes bailó el duende, y sus fauces negras que canta Solomon Burke
y Clarence Carter, es un demonio granate que baila y canta sobre desnudos en brasas
y eleva rojos tentáculos de humo con la voz de Otis Redding, Joe Tex o Sir RaggedyFlag,
luego con fuego aliento lame con labios negros allí donde pechos, testículos y melenas
son un vómito sin cabeza que se arrastra atraído por la melodía de Otis Clay.

[…]

Desde el cielo caen devueltos Sam Cooke, “Little” Archie, Barry Jones…
Los arrojan por tener alma de grito y flema, alma de voz rajada y alcohol
tañendo las venas. Expulsados, fluyen revueltos y lánguidamente entrelazados
por no hallar paz en otra cosa que en jugo vaginal, saliva, sudor, orina,
sangre, bilis y esperma. Un jadeo como último aliento será mi epitafio.

Extracto de “Los Tesoros de Satán” de Jean Delville y Soul, Soul, Soul.


Alcohol, escenarios y canciones. La vida más conocida de Sergio Algora. Un sueño de muchos que para él sí fue real pero que, cuando le lees, te empiezas a dar cuenta que, quizás, nunca le llenó del todo. Y parece que te canta Bob Dylan al oído diciendo aquello de “when you got nothing, you got nothing to lose”.

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Y con esto se termina. Su vida y su muerte. Su música y su poesía. El Mar Rojo y el Mar Negro. La culpable y el juez de aquel cuento de los hermanos Grimn. La sangre y el duelo. Cantar a la vida, escribir sobre ella. Los 39 años de vida de un poeta que jugaba a ser músico. De un romántico que encontró en el arte –en casi todas sus formas- la manera correcta de existir.

 

“desafinar y, sin embargo, volver a cantar”.

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