Lengua de mink

En pleno ímpetu del sprint final de su segundo cuatrienio, el presidente Barack Hussein Obama lanza una embestida diplomática de dimensiones mayores hacia aquellos países que tienen buenas razones para guardar a los Estados Unidos unas razonables dosis de rencor.

 Lengua de mink

24 de Mayo de 2016

La primera fue Cuba. No se desplazó él, personalmente, pero quiso colgarse la medalla de haber restablecido las relaciones diplomáticas, comerciales, financieras, y todo lo que éstas acarrean. Ya hablé de ello hace muy poco y, sin duda, volveré a hacerlo dentro de muy poco.

Siguió Japón, al que su país, Estados Unidos, sometió a una masacre indescriptible. En numerosos aspectos mucho más atroz que la cometida por el gobierno alemán en contra de los judíos, gitanos, soviéticos y pueblos circundantes.

Ahora es Vietnam, que pese a los esfuerzos del gobierno que Obama representa es hoy una nación unida. Y se verá obligado, en contra de sus inocultables reticencias a poner los pies en Ho Chí Minh, una ciudad que existe por más que sus antecesores, a los que él se niega rotundamente a descalificar, quisieron borrar del mapa.

Las tres operaciones no tienen únicamente el propósito de ensalzar su figura, intención por lo demás indudable. No ha habido en la historia de Estados Unidos un Presidente más petulante, pagado de sí mismo y preocupado por su look, tanto político como en la línea de Chris Rock y de Giorgio Armani.

En el fondo de la cuestión yacen otros dos objetivos. El primero de ellos es, sin duda, el de recuperar, hasta donde sea posible, el prestigio y la hegemonía de Washington en el mundo, tan maltratados recientemente. Tanto China como Europa han hecho grandes avances en su penetración hacia el llamado tercer mundo. Y no olvide la India y Pakistán (la Casa Blanca con toda seguridad no los olvida, pero también con toda seguridad, no sabe qué hacer con ellos).

El otro, sin duda, es amarrar la victoria electoral de la cornuda. Por más que parezca obvio, el peligro Trump está ahí, y hay un sector muy importante de la población gringa que ya está harto de tanta mamada y de convertir a su país en una especie de pileta a la que llegan todos los desheredados de los tres puntos cardinales (el norte, mientras los osos polares no se encabronen, no cuenta).

La señora Clinton será Presidente. No hay duda. La colocaron entre la izquierda nostálgica de Sanders y la derecha enloquecida de Mister Universo. Sin embargo, por lo visto, no acaban de tenerlo del todo claro, y el negrito bailarín ha de seguir haciendo su coreografía.

No obstante, el carácter que marca las tres maniobras es, por encima de todo, una hipocresía intolerable. En Cuba no se habló en ningún momento de suprimir el bloqueo criminal al que los habitantes a orillas del Potomac han impuesto desde hace casi sesenta años a la isla. En su visita a Japón prefirió no hablar ni de Hiroshima ni de Nagasaki. ¿Dónde queda eso? ¿Pedir perdón? ¿Cómo así? ¿Reconocer que el señor Presidente Truman cometió una bestialidad? ¡Por nada del mundo! Nosotros los presidentes del Gran Imperio no nos equivocamos nunca. ¡Viva Harry S. Truman! ¡Viva el Poder imbatible de “América” y de la “democracia”!

En particular el señor Obama evita cualquier declaración que sugiera que a principios de agosto del 45, Japón ya estaba derrotado. Que las bombas fueron de una crueldad indecible. Por un lado un simple experimento. A ver qué pasa. Y, por otro lado, para dejarle claro a los soviéticos que ni intentaran comerles el mandado como habían hecho en el frente occidental, en media Europa y en Alemania.

En Vietnam, la historia es un poco la misma. La salvaje agresión yanqui, durante muchos años, no consiguió fruto alguno, pero consiste en una de las brutalidades más sanguinarias e insoportables de la historia contemporánea. Pero Obama, de nuevo, no pedirá perdón. Reconocer crímenes no es lo suyo. Los vietnamitas, como los japoneses, se harán pendejos. Ellos sí saben.

El término clave, ya lo dije, es uno sólo: hipocresía. Mientras el Pentágono se muestra amistoso con pueblos a los que arrolló, sigue agrediendo sin rubor alguno a Siria y a toda la franja árabe y musulmana. Ése es el juego del Presidente mulato. Soy la buena onda. Aquí más que allá.

Presto a recuperar determinados emblemas consagrados opta por aparentar simpatía. Muestra indiferencia mientras impulsa vitriólicas insurrecciones, urde numerosas artimañas volviendo en zafios muchos acuerdos signados. Quiere uncir en gremios obedientes cada empresa.

La política es una cloaca. Ya lo sabíamos, no es necesario insistir. Pero hay cloacas más fétidas que otras. La del señor Obama, en su mezcla de hipocresía y cinismo —aunque parezcan incompatibles, él supo y sabe hermanarlos— es de las más infamantes de la historia. Quizás el único mérito en el que Donald Trump supera a Barack Hussein es en el de tener menos pelos en la lengua. La de Obama ha de ser una especie de estola de mink.

MARCELINO PERELLO

http://www.excelsior.com.mx/opinion

Deja un comentario