Agua de Mayo

Agua de Mayo

Con la percha del centenario de Camilo José Cela, han escrito dos magníficas historias sobre el ogro David Jiménez Torres y Jesús Úbeda.

David, que ha realizado también un vídeo sobre el escritor, recuerda en un artículo que el día que murió Cela la profesora de Lengua explicó que el Nobel era homófobo, conservador, que le habían llevado a juicio por plagio y que soltaba tacos. A pesar de la lección incompleta y malintencionada, el joven autor se dejó llevar después por la gaita y la música verbal del novelista y, ahora, considera que “como Whitman, Cela era grande y albergaba multitudes; y escribía con la delectación lingüística de un ‘bon vivant’ lexicográfico”. Habla de la vocación de hierro de Camilo, al que describe como “Mazinger carpetovetónico”.

Jesús Úbeda, en un brillante reportaje, desmiente que el Nobel se tirara un pedo mientras hablaba en el Senado Lluís Maria Xirinacs, y recuerda sus greguerías blasfemas: “Llegar a la Real Academia es como tirarse a la vecina”. “Todos los premios son una casa de putas, menos el Nobel, el Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Nacional de Literatura”.

El Cela que más ha trascendido ha sido el tremendista, el voceras, el que se limpiaba el culo con un canario después de cagarse en el piano de unas damas durante la Guerra Civil. Pero hay un Cela lírico, delicado, compasivo y hondo cuya estatura se agranda en estos días de lluvia -uno de sus grandes personajes-.

Cuando cumplió 75 años hizo una gran fiesta en El Espinar y fuimos a felicitarlo sus costaleros. Estaba en la fiesta todo Madrid, incluidos, si mal no recuerdo, el entonces Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, Isabel Preysler y Miguel Boyer. En aquellos días nevaba y, sobre todo, llovía como si no hubiera llovido nunca. Las damas llevaban abrigos de pieles. Caía el agua de mayo y Camilo José Cela estaba tan contento como Gene Kelly, junto a Marina, que lo llevaba como un pincel. El maestro recordaba la greguería según la cual la lluvia creía que el paraguas era su máquina de escribir. En su obra ‘Mazurca para dos muertos’ compuso la gran sinfonía de la lluvia que caía borrando las rayas de la montaña mansamente, sin ganas pero con infinita paciencia. “Camilo José Cela -escribe Concepción Bados- establece como motivo dominante la lluvia; una lluvia perenne, sin fin, paciente como la eternidad. El recurso de la lluvia es el mayor logro de la novela”.

Desde que Atenea enviara finas gotas de olvido sobre Ítaca, la lluvia hace desaparecer las ansias de venganza y, así, en esa novela de crímenes y guerra entre hermanos sólo la lluvia amortigua el odio y el fanatismo. En ‘Mazurca para dos muertos’, la lluvia se escapa de los brazos de la rubia aurora y deja las sementeras floridas y “los valles de mil bienes llenos” (Fray Luis).

Cuando llueve, recuerdo con melancolía a Camilo, que saludaba al agua de mayo, hermoso y florido, como un mozo de los mayos de Cuenca que cantaban: “Ha llegado mayo, bienvenido sea, para las hermosas y para las feas”.

Raùl del pozo

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