Una carta a Descartes

Una carta a Descartes

Excelentísimo señor Descartes:

Usted es considerado el fundador de la filosofía moderna, responsabilidad que tiene que llevar por su exaltación de la razón y del método analítico. Así dicen los bien informados.

Le escribo desde una época que sí ha hecho de la razón científica una fe que nos guía, pero la sorpresa es que nos ha llevado a situaciones muy irracionales, insensatas y trágicas. Por ejemplo: en la Edad Media, las guerras se hacían de una forma más razonable, los soldados se mataban entre sí desde el amanecer al crepúsculo y descansaban en invierno y por la noche, mientras que hoy nos hemos especializado en matanzas científicas de civiles indefensos, incluso en el anochecer, y mejor aún si están agrupados en escuelas, hospitales o templos.

El sueño de la razón produce monstruos, indicó Goya, y creo que usted estará de acuerdo con él. Yo también, eminentísimo Maestro. Sin embargo, tengo que decirle que la razón despierta no es mucho mejor que la que está dormida, cuando sirve como criada en las casas de banqueros ávidos, políticos corruptos, fanáticos religiosos, empresarios sin escrúpulos y periodistas vasallos, no de la verdad sino del éxito de las noticias.

Mi intención es referirle cuál ha sido el destino histórico de su pensamiento. 

La afirmación cogito ergo sum (pienso, por lo tanto existo) se ha tornado, en la frontera del mundo accesible, en el nec plus ultra de la modernidad y de la identidad íntima.

Usted tenía razón, pero creo que el día en que usted tuvo esa intuición sobre la relación entre ser y pensar, la excitación por ese descubrimiento le hizo confundir las cosas y “existo, por lo tanto pienso” se transformó en “pienso, por lo tanto existo”. Ese pequeño descuido nos ha costado un poco de complicaciones y sufrimientos interiores. Además, la filosofía ya no es ciencia del ser sino doctrina del conocimiento. Orgullo de los intelectuales, claro está, porque brinda cuantiosa dignidad y valor a la única cosa que saben hacer: pensar.

Observada desde la perspectiva del siglo XXI, la afirmación “pienso, por lo tanto existo” aparece como una ilusión y una celda más que como conquista. Es la admisión de la incapacidad del hombre de ser sin traducir la existencia en un concepto.

Es cierto que usted ha sido fundamental para el nacimiento del pensamiento descarnado que gobierna el mundo encarnado. Sin embargo, Leon Battista Alberti fue el hombre que por primera vez encerró lo real en un código que lo sistematiza: la perspectiva. Fue él quien le permitió a usted elaborar su filosofía, porque creó la mirada necesaria para ella. Con la definición de la perspectiva, Alberti determinó el sujeto que espía la realidad quedándose fuera de la escena y dentro de su cuerpo. Además, declaró y plasmó la distancia entre el ojo del pensamiento y el cuerpo del mundo. Esta mirada que contempla la realidad desde afuera fue lo que dio vida al recorrido que usted profundizó afirmando la definitiva separación entre cuerpo y mente.

Usted ha hecho una morrocotuda écfrasis de la obra de Alberti, es decir, ha traducido a lo verbal y a lo conceptual la mirada de la perspectiva, esa mirada que divide la imagen del mundo de quien lo observa.

Hoy en día, gloriosísimo Maestro, toda expresión artística parece ser una écfrasis al revés, un gran envasador de nociones y palabras molidas para que se moldeen en imágenes, y ahora su eslogan filosófico sería más bien video ergo sum.

Después del fallecimiento de su res extensa, maestrísimo Maestro, el mundo ha reducido la realidad a lo que el pensamiento puede alcanzar. Hemos encerrado la existencia en lo pensable. Así, los hombres han tenido la placentera sensación de ser libres de una trascendencia enajenante, o sea de ser finalmente los señores de sus vidas, vidas que anteriormente parecían ser los pasatiempos de Dios.

Gracias a usted, entonces, actuamos como dueños de nuestro destino. Sin embargo, casi nunca somos dueños del destino de nuestras ideas.

Perdóneme, ilustrísimo Maestro, no se irrite por lo que he dicho (le tengo pavor al enojo racionalista científico). Yo sé que usted nunca puso en discusión la autoridad y la existencia del Todopoderoso. Lo que pasa es que algo no se fue por el rumbo correcto y la razón a menudo se ha vuelto un paradójico instrumento de la locura humana.

No hablo solamente de los homúnculos con mucho poder que, en los últimos cien años, han utilizado con método científico todos los instrumentos que tenían al alcance para exterminar la dignidad del género humano. Hablo también de los que, más cobardemente, siguen haciendo lo mismo hoy, escondiéndose detrás de los movimientos financieros.

Todos hemos creído (de acuerdo, no todos pero sí muchos) en la posibilidad de realizar un mundo mejor con la razón y la ciencia que usted ha ennoblecido, y sin embargo, a pesar de que hemos hecho muchas cosas buenas, tenemos también un mundo científicamente cruel, expertamente cínico, tecnológicamente devastador.

La bestialidad humana, que también usted ha conocido, ahora puede ser mucho más sanguinaria gracias al desarrollo de la ciencia tecnológica, a la obra de limpieza del vocabulario bélico (los muertos civiles son “daños colaterales”) y al control de los medios masivos.

No sé si usted se ha dado cuenta de lo que le voy a comentar ahora, porque desconozco el funcionamiento del Más Allá. En 1819, sus connacionales se dieron cuenta de que en el ataúd de usted faltaba el cráneo. Fue un sueco, un tal Israel Hanstrom el que, en 1666, cuando trasladaron sus cartesianos restos, se adueñó de esa reliquia, tal vez esperando asimilar la inteligencia que ahí había albergado. No quiero entrar en detalles que podrían ser desagradables para usted; valga el resultado de esa macabra desaventura: su cabeza se encuentra en el Musée de l’Homme de París y el cuerpo en la Iglesia de Saint-Germain des Près.

La filosofía cartesiana inyectó en el pensamiento laico un dualismo que habría sido mejor dejar a las sectas religiosas: la contraposición entre cuerpo y mente. Creo, entonces, que fue la religiosísima ley del contrapaso la que se encargó del destino de sus restos mortales.

Reciba usted mis más sinceras consideraciones.

Fabrizio Andreela

http://www.jornada.unam.mx/

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