Los ricos han roto el trato

Los ricos han roto el trato

Los ricos han regresado a la actualidad. Gracias a los ‘papeles de Panamá’ -divulgados por el periodismo global- sabemos dónde y cómo esconden el dinero para no pagar impuestos. A las palabras del lenguaje económico que nos enseñó la crisis hemos añadido una más: ‘Offshore’. Todo legal. El fraude global me ha conducido de nuevo a la estantería de los libros de la crisis. Allí sigue ‘Cómo hablar de dinero’, del británico John Lanchester. Un autor que habla de la economía en lenguaje sencillo. El trato que habíamos hecho todos para estar encantados con el capitalismo liberal -dice- era el siguiente: «Si el Gobierno no se interpone en el camino de quienes crean riqueza, la riqueza terminará beneficiando a todos. Los ricos pagarán muchos más impuestos que los pobres, y también gastarán más dinero. Eso beneficiará a toda la sociedad».

El trato ha dado estabilidad social y económica a las democracias occidentales. Por eso la constatación descarnada de que las élites de los países democráticos hacen lo mismo con su dinero que los sátrapas de regímenes totalitarios va más allá de las leyes tributarias. Es un fraude moral que sacude los cimientos de la convivencia y es un golpe a la igualdad garantizada por la democracia.

Como dice el economista Angus Deaton, «la igualdad política que la democracia necesita está siempre amenazada por la desigualdad económica. Cuanto más extrema es ésta, mayor es la amenaza para la democracia. Preocuparse por la desigualdad no tiene nada que ver con odiar a los ricos, sino con el miedo a que el bienestar de todos peligre». Y peligra si los ricos esconden su dinero para no pagar impuestos. Lanchester asegura que «el lenguaje del dinero es amoral y descarnado. No implica ninguna perspectiva moral, excluye los juicios sobre lo que está bien y lo que está mal». La moral es cosa de pobres.

En un libro anterior sobre la crisis financiera, el escritor cuenta el caso de Rakel, una joven estudiante de Islandia que un día quiso sacar dinero del cajero y no pudo porque el banco había quebrado. En su casa de Reikiavik, la muchacha se desahogaba: «Lo que más le irrita de nuestro antiguo Gobierno es que no ha tenido la decencia de avergonzarse». Ninguno de los que aparecen en los ‘papeles de Panamá’ se ha avergonzado.

LUCÍA MÉNDEZ

http://www.elmundo.es/opinion

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