Las moscas

Las moscas

La comunicación entre seres humanos es uno de los mitos más asiduos y banalmente tratados. Una cosa lleva a la otra: de insectos la asiduidad lleva a la banalidad y la banalidad al lugar común que es, metafóricamente, como un bullicio de moscas. Nada se entiende en esa vibración, nada se deduce de esa vibración de insectos,  nada se aprende de esa aglomeración sin apreciable valor.

Las moscas son representativas de muchas acciones sociales supuestamente  retóricas y  enaltecidas a partir de la llamada  condición humana. Las moscas son,  por antonomasia, retóricas y confusas en sus mensajes. Ocupan un lugar, lo incomodan, lo abruman y, con ello, parecen erigirse en factores importantes para la interpretación. Pero no lo son y todos los saben, literariamente o no. Matar una mosca no matar ni una mosca evoca la conducta sin valor.  De hecho así son las moscas. Dípteros braquíceos  que no sirven para nada que no sea zumbar en  confusión. ¿Comunicarse? Ni las moscas se comunican ejemplarmente ni sirven en ningún caso para inducir a la anexión.  Por el contrario, todo enjambre de moscas es un fenómeno a eliminar de la interacción puesto que toda mosca, por única que sea, es un elemento que nos saca de quicio. Nos saca de estar aquí o allá con los demás

Se podría, en consecuencia, destinar altos presupuestos para exterminarlas y mejorar con ello nuestra supuesta condición de bienestar. Pero si no se hace ni tampoco se plantea hacerlo en los años por venir. Ni se presupuesta hoy una partida ni se proyecta un plan. Prueba de que la mosca desempeñan un significativo papel y hasta un tótem en la humana incomunicación. Es decir, la representación de lo radicalmente incomunicados que estamos y de cuya realidad la mosca extrae su sentido y su espacio de circulación.

Lamentablemente (¿lamentablemente?) nada hay más cierto que la incomunicación entre los seres humanos. Nada nos provoca supuestamente más miedo que hallarse incomunicados pero, a la vez, nada será tan felizmente vivido. Admitimos, por rutina, por costumbre, por tradición  que sólo la muerte nos incomunica pero se trata de una tópica manera de consolarse en vida. Lo que nos incomunica no es precisamente la muerte, subterfugio para que alguien -por ínfimo que sea- represente algo ante los demás, reciba elogio, panegíricos  y flores, sino la comunicación misma (aun retrasada) de la que cada cual pudo deshacerse en vida. ¿Comunicados? Todo el éxito de las redes sociales, los smartphones, la telemática y hasta el espiritismo se basan en este hiato decisivo que es el tácito deseo de incomunicación. Todos vivimos, de hecho, confortablemente incomunicados. Hasta tal punto que nos resulta imposible comunicarnos incluso con nuestro propio yo. ¿Comunicarnos con otros yoes ajenos? Esto, además de arduo es con frecuencia tan asqueroso como inhumano. ¿Que todo está interrelacionado? Eso quisiéramos. Cada dos por tres las catástrofes naturales y no naturales demuestran que este Mundo ha sido creado para la quebradura y la destrucción. Dios es el sádico a quien nadie discute su valor.

Vicente Verdù

http://www.elboomeran.com/blog

Pintura: Frederic Amat 

http://www.fredericamat.net/es/

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