EN DEFENSA DE LA LLUVIAAlfonso Reyes describió al ensayo como “el centauro de los géneros”. En él hay todo y cabe todo, y el escritor inglés Gilbert Keith Chesterton supo regocijarse en ello; supo satisfacer su necesidad imperiosa del milagro y compartirlo con sus lectores. Así, todos los Chestertons cupieron en sus innumerables ensayos, pero el Chesterton en apología de la lluvia despliega especialmente todo su encanto.

En “The Romantic in the Rain”, un breve texto que publicó –junto con otros cientos– a principios del siglo XX, el autor nos presenta la lluvia como un optimismo rutinario de la naturaleza. Y con su característico buen humor fabrica un deleitoso argumento para convencer al típico inglés de clase media (y desde luego a todos en cualquier parte), con su permanente desprecio por la lluvia, que el fenómeno pluvial es una deslumbrante fuente de metáforas y limpieza. Si el inglés es tan fanático del baño, dice, entonces por qué no ser igualmente fanático de la lluvia:

La lluvia, esa cosa inspiradora y deliciosa, ciertamente combina las cualidades de estos dos ideales con una curiosa perfección. Nuestros filántropos están ansiosos por instaurar baños públicos por doquier. La lluvia ciertamente es un baño público; incluso puede llamarse un baño mixto. […] Realiza el sueño de un higienista demente: restriega el cielo. Sus enormes escobas y mechudos parecen alcanzar los techos estrellados y rincones sin estrellas del cosmos; es una limpieza primaveral cósmica.

EN DEFENSA DE LA LLUVIA

Con su clásico “sistema de sorpresas”, Chesterton se vuelve contra las convenciones de la época con un ímpetu de aventura. En este caso, reivindicar a la lluvia para sus compatriotas ingleses que acostumbran “despreciarla”, e iluminar todas las bellezas que logra multiplicar.

Porque efectivamente una de las auténticas maravillas del tiempo lluvioso es que aunque en general disminuye la cantidad de luz directa y natural, aumenta indiscutiblemente el número de objetos que la reflejan. Habrá menos luz del sol, pero hay muchas más cosas resplandecientes, cosas que tienen un hermoso brillo, como los estanques, los charcos y los impermeables, por ejemplo. Es como si uno paseara por un mundo de espejos.

Todo el que ha gozado de esas repeticiones, del contacto frío del cielo y la tierra, de las imágenes que tiemblan o centellean, no puede sino gozar el ensayo de Chesterton que nos “pone enfrente” una lluvia que multiplica todas las veces que hemos visto los designios de la lluvia. Sus palabras son nuestros ojos.

Y de hecho esta es la última pero no la menor gracia de los designios casuales de la lluvia: que mientras reduce la luz, la duplica. Si atenúa el cielo, ilumina la tierra. Da a las calles (para el ojo entendedor) algo de la belleza de Venecia. Lagos poco profundos reiteran cada detalle de tierra y cielo; paseamos en un universo doble.

Esta luminosa, mojada y deslumbrante confusión de formas y sombras, de realidad y reflejo, atraerá fuertemente a cualquiera con el instinto trascendental acerca de lo soñadora y dual de esta vida nuestra. Siempre dará a un hombre la sensación de mirar abajo a los cielos.

“Chesterton reivindicó para sí el derecho de regocijarse ante las maravillas del mundo (un derecho que solo se debe ejercer cuando no se es bobo, un derecho peligrosísimo), y se entregó desde entonces, francamente, a las alegrías sencillas de la calle y del aire libre”, escribió Alfonso Reyes en su prólogo a la traducción de El hombre que fue jueves. Podemos añadir que de esas “alegrías sencillas” hizo también una serie de asuntos eternos.

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