El miedo a las ratas

El miedo a las ratas

Hará ya un par de meses empecé yo a hablarle, infaltable lector, de ese libro tan recomendable como insoportable que es el 1984 de Eric Blair, que se hizo llamar en vida George Orwell, adoptando el nombre del plácido arroyo que atraviesa su pueblo natal y que toda su vida ha de haber extrañado con una nostalgia dulce-amarga. En aquella ocasión ya no tuve oportunidad de aterrizar mi argumento. Permítame volver a intentarlo hoy.

Orwell es célebre por tres de sus obras: Homenaje a Cataluña, La granja de los animales y el susodicho 1984. Precisamente fue en Cataluña, donde acudió en 1937 para incorporarse como voluntario a las fuerzas republicanas que combatían al fascismo, donde se gestó esa pesadilla que vería la luz (las tinieblas más bien) en 1948. Invirtió las últimas dos cifras, convencido de que se trataba de un futuro remotísimo. Ya lo alcanzamos y lo dejamos atrás, en un pasado remotísimo. Aún no me cae el veinte.

Se trata, tal como le dije entonces, de una ucronía, es decir, una antiutopía, donde la realidad, lejos de ser ideal, es una imagen terrorífica. Existen varias ucronías célebres, como El infierno de Dante, La guerra de los mundos de H.G. Wells o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Ninguna, sin embargo, tan convincente como la de Orwell. 1984 ya quedó atrás, pero su tenebrosa predicción, me temo, todavía nos aguarda. No me atrevería a ponerle fecha. No me vaya a suceder como a él. Pero ai viene, ai viene.

Winston, nuestro héroe (¿antihéroe?) vive en una sociedad hiperorganizada. Todo está previsto. Todo el mundo tiene un rol y lo cumple a cabalidad. Más le vale. Sólo existen dos países, Interior y Exterior. Interior, su país, está en guerra con Exterior. De manera que toda disciplina es poca. Todo el territorio está cubierto de cámaras de video (en 1984 sí existían, pero en el 48 no), por medio de las cuales el Poder vigila la conducta de todos los habitantes (¿le suena?). En la calle, en la chamba e incluso en el interior de sus casas. Hay un único lugar a salvo: el inodoro.

En todos los lugares, interiores o exteriores, existen enormes pantallas de televisión en la que aparece el líder supremo, el Big Brother (¿le vuelve a sonar?). El protagonista trabaja en el Ministerio de la Verdad, encargado de censurar todo comentario incómodo, actual o del más lejano pasado. Las noticias o los textos, sean literarios o ensayos, inconvenientes, son inmediatamente suprimidos, borrados o incinerados. Ése es su trabajo.

Todo va bien, es decir mal, hasta que va de la chingada. Nuestro Winston comete la imprudencia de enamorarse. Y tal paranoia está terminantemente prohibida. Eso siempre es una pendejada, pero en el 1984 de Orwell es fatal.P’acabarla de amolar, Julia, el objeto de su pasión, es agente de Exterior. Se escriben cartas desde el excusado y se las hacen llegar quién sabe cómo.

No podía ser de otra manera: Winston y Julia son descubiertos, encarcelados y torturados. El objetivo no es suprimirlos, sino readaptarlos (¿le sigue sonando?). Las torturas son “personalizadas”, “a la medida”. Saben perfectamente cuál es el peor suplicio para Winston. Cómo no, si lo saben todo. Y están al corriente de su atávico terror por las ratas. Desde niño no las puede ver, ni imaginar, ni oír su nombre. Así que lo encierran en una especie de ataúd lleno de tan abominables alimañas. No quieren que confiese nada. ¿Qué podría confesar, que ellos no supieran? Sólo le exigen que ruegue de manera convincente que Julia sea puesta en su lugar, que lo sustituya.

Finalmente nuestro hombre no puede más y se rinde: “¡A Julia, por piedad, háganselo a ella, y a mí déjenme en paz. A Julia, métanla aquí, por el amor de Dios! En ese momento el tormento cesa. Winston es aliñado, se le sirve un apetitoso ágape y dejado en libertad. Ya habían conseguido lo que querían.

A su vez, ella fue sometida al mismo tratamiento, suponemos que sin ratas, de acuerdo con su propia pesadilla. Unos días después los que fueron amantes, abatidos, se encuentran por la calle. No se besan ni se abrazan. Simplemente se ven. “Te traicioné, Julia”, “Yo también te traicioné, Winston”. “Lo siento tanto”. “Yo también, Julia”. “Que todo te vaya muy bien”. “Y a ti. Mucha suerte”. “Que todo te salga bien, Julia”. “A ti también, Winston”. No volvieron a verse.

Ahí termina la ucronía. La de Orwell. La pesadilla real continúa y hace progresos espectaculares. Ni usted ni yo sabemos dónde ha llegado y dónde llegará. El que sale del cajón de las ratas no acostumbra a contarlo.

La modulación de la personalidad y la conducta humanas sigue su camino indefectible. De manera tal vez menos estridente que la del Big Brother. Pero ahí está. Y funciona, con sus propios mecanismos. La castración y la histeroctomía no precisan ser quirúrgicos para domarnos.

Personas en realidad distinguidas encaran represiones, padecen el rigor de esas restricciones, y acaban concediendo honores ostensibles literalmente escamoteados. Muchos intelectuales vivieron invisibles, y oportunistas neófitos ocuparon sus espacios postulando esquemas reglamentados desde el régimen.

Cuando pienso en las abejas, pienso en Orwell. Y pienso que una sociedad organizada no tiene por qué ser opresiva. En fin, eso quiero pensar. Las abejas no temen a las ratas, más bien al revés. Al fin, eso creo. Eso prefiero creer.

Marcelino Perello

http://m.excelsior.com.mx/opinion

Imagen: 1984 cover design by Germano Facetti. Flickr/Jonathan Swinton. Some rights reserved.

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