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La imagen pudo simplemente no haber existido. Nadie obligó al presidente Peña Nieto a este nuevo ridículo. ¿Cómo llegaron hasta allí? ¿Quién lo asesoró en semejante desfiguro? Serán los mismos que lo llevaron a la Feria del Libro en Guadalajara, los que no vieron problema alguno en la adquisición de la llamada “Casa Blanca”, el terrible descalabro que llenó de dudas y certezas sobre el comportamiento presidencial. A esa lista se agregará haber entregado la Orden Mexicana del Águila Azteca al rey de Arabia Saudita.

 

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La mayoría de los países se inventan símbolos —más o menos fundados en su historia— para así poder honrar a personas e instituciones. El Águila Azteca es el máximo reconocimiento que el gobierno mexicano puede otorgar a alguien. Está en manos del Ejecutivo federal que debe cuidar el buen nombre de México. Creada en 1933 por la SRE cuenta con un consejo muy particular, lo integran el presidente, el canciller y el jefe de protocolo. No puedo imaginar grandes discusiones al interior del mismo. La ley de Premios, Estímulos y Recompensas Civiles establece siete grados o categorías diferentes y descendentes. Pero al final del día la Orden —en cualquiera de sus versiones— habla por México.

Otorgársela a Nelson Mandela es un reconocimiento a la lucha por la libertad, por la igualdad ante la ley, por el fin de la discriminación y el sojuzgamiento. Que Mandela la portara ennoblece a México. Rigoberta Menchú dio voz a los indígenas de su país que son hermanos de los mexicanos del sureste. Amartya Sen revolucionó las mediciones de bienestar. Joan Manuel Serrat creó un canto libertario que unió a España y México. Esa ha sido una de las vertientes más ricas del Águila Azteca, reconocer el trabajo de extranjeros a favor de lo nuestro. En esa lista se inscriben personajes como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Plácido Domingo que no necesitan presentación. También la recibió José Mujica el inolvidable presidente uruguayo que supo hacer de la sencillez una forma de gobierno. El valor de la presea se refrenda y fortalece por los que están en la lista y ¡por los que no están!

¿Cómo llegaron a Salman bin Abdelaziz Al-Saud? ¿Cuáles son sus aportaciones a la humanidad para sentarlo junto a Mandela? Qué peregrina idea llevó a Peña Nieto y al canciller, quien haya sido, a proponerlo. Es “… custodio de las Dos Santas Mezquitas…”, se lee en los considerandos del Acuerdo. Además el monarca ha mostrado “… un valioso interés y notable voluntad para fortalecer las buenas relaciones entre México y Arabia Saudita…”. Es por lo menos curioso el razonamiento, en más de sesenta años sólo ha habido dos visitas de Estado, la última hace 40. Intensas no han sido las relaciones. Tampoco las comerciales que rondan los mil millones de dólares. ¿Cómo reconocerle “servicios prominentes prestados a la Nación (México)” tal y como expresa el Acuerdo? El vacío habla. Hay más, el rey es considerado “el interlocutor privilegiado de México en el Golfo Arábigo…”. Será privilegiado porque con los otros países son aún más escuálidas.

El respeto obligado a toda forma de gobierno es un tema complejo, puede relativizar los principios. Supongamos que se opta por respetar las diferentes formas de gobierno y en el caso en particular no se cuestiona el origen dinástico del rey, sólo así se pueden establecer relaciones diplomáticas. Supongamos que México necesita ampliar su presencia en esa zona del mundo y que las relaciones comerciales nos interesan. Lo que no es necesario es llevarle el Águila Azteca en orden de Collar (el más alto) a quien es considerado líder de uno de los países menos democráticos del orbe. Una de las manifestaciones más crudas de la dictadura saudí es la discrecionalidad para ejecutar la pena de muerte, por ejemplo las decapitaciones públicas con espada, mujeres incluidas.

En 2014 la cifra de ejecuciones rondó los cien casos. La gama de delitos que merecen pena capital va desde la infidelidad, secuestros, homicidios, al uso de drogas o practicar la brujería o la hechicería. El debido proceso no existe y muchos juicios sumarios se llevan en secreto. La represión a manifestantes contrarios a estos horrores es algo común. Hace apenas dos semanas cuatro presos políticos fueron decapitados y crucificados (sus cuerpos) públicamente. El rey firmó las condenas. Todo indica que el propio domingo pasado, 47 más fueron ejecutados por “terrorismo”.

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Los brazos de Peña entregaron la presea, de seguro el saudí lo miró complacido a los ojos. En reciprocidad, el monarca impuso al mexicano la medalla Rey Abdulaziz, quizá también por “servicios prominentes”. Ahora cómo creerle a EPN su convicción en la defensa de los derechos humanos. La necesidad tiene cara de hereje, pero la dignidad de un país no se negocia. Otra mácula.

FEDERICO REYES HEROLES

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