Mozart (y Salieri) in the jungle

Por: Rubén Amón

Tenía pendiente uno ocuparse de la excelente crónica que escribió mi colega Pablo L. Rodríguez sobre el malentendido de la rivalidad entreMozart y Salieri, estilizada por Milos Forman en una película asumida en el “mainstream” como dogma histórico. Sabemos ahora, y nos lo cuenta Pablo, que los compositores, lejos de enemistarse, parieron juntos una cantata escrita a la medida de la soprano inglesa Nancy Storace. Que reaparecía entre los mortales después de cuatro meses de indisposición.

El documento hallado en Praga es una prueba objetiva, concreta, que contradice, en otras razones, el artificio de la rivalidad perfecta. Contribuyó a fomentarla la demencia del propio Salieri atribuyéndose en la vejez el delito de haber envenenado a Mozart, pero este embrión necesario en la armadura de la leyenda negra no progresó en la historia ni a la musicología, sino en la literatura.

Salimori

Pushkin escribió en 1830 Mozart y Salierirecreándose en la exaltación del antagonismo -el genio y el currante, el iluminado y el abnegado, el divino y el mundano-, del mismo modo queRimski-Korsakovescribió una ópera (1897) con el mismo título y parecidas intenciones, pero es el dramaturgo Peter Schaffer quien reviste el mito de efectismo y sensacionalismo en 1979, predisponiendo, sin imaginarlo entonces, el delirio de maniqueísmo en que incurre Milos Forman.

 

Y no es cuestión de reprocharle los dislates con la historia ni las escenas demoniacas, ninguna tan pintoresca como aquella en que Salieri arroja un crucifijo al fuego, renegando de Mozart como hijo de Dios (hay que joderse). Su responsabilidad consistía en concebir una gran película. Tan grande que Amadeus reunió ocho Oscars. Tan grande que el filme en cuestión ha engendrado dos caricaturas: la frivolidad de Mozart y la envidia de Salieri, como si la música que escribieron no los definieran lo suficiente.

Cada vez que reaparece el “caso” -ahora lo ha hecho por razones catárticas- , me acuerdo de algunas conversaciones que mantuve conH.C.Robbins Landon, aristócrata musicólogo e historiador bostoniano entre cuyos grandes méritos destaca haber reconstruido los últimos años de Mozart, un antídoto contra las aberraciones históricas de Amadeus. Entre ellas, los avatares de la escritura del Requiem y las razones -meteorológicas, logísticas- por las que no pudo identificarse la tumba del compositor. Schaffer y Forman dieron un destino atroz a Mozart. Lo echaron a una fosa común, insistiendo, claro, en un malditismo impostado y hasta grotesco, de acuerdo con el cual Amadeus fue un compositor ¡¡¡¡incomprendido!!!! que resucitará al tercer día.

Hizo bien Cecilia Bartoli en organizar una campaña de rehabilitación de Salieri. Hizo bien en multiplicarse con su criterio y su calidad, recordando que el compositor italiano inauguró la Scala –L’Europa riconsciuta-, tuvo una posición predominante en el canon del clasicismo y fue un pedagogo entre cuyos alumnos anduvieron un hijo de Mozart, Schubert y un compositor de Bonn al que a partir de ahora llamaremos Beethoven.

 

No sé cuántas veces he estado en Salzburgo, pero sí puedo contar las que estuve en Legnago. Una vez. Un viaje en honor de Salieri. Porque allí nació. Y porque allí los comerciantes tratan de sacarle partido a la leyenda negra de su vecino ilustre, conscientes como son de que ni las evidencias históricas ni las apariciones de documentos tan reveladores como la cantata escrita al alimón, van a modificar la corpulencia de una pirueta iniciada por Pushkin y coronada en Hollywood. Me lo decía Robbins Landon: “La vida de Mozart no alcanzaría a conquistar ocho estatuillas”. Y esa es la paradoja. La hipérbole de Milos Forman ha sido despiadada con Salieri, pero no menos despiadada con la figura de Mozart. Y con el actor que lo interpretó, Tom Hulce, sepultado desde entonces a diferencia, compensatoria, de Murray Abraham.

http://blogs.elpais.com/recondita-armonia

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