Henry Marsh: “Sabemos más de la Luna que del cerebro”

El neurocirujano británico Henry Marsh. Bungalow Town Productions/Eyeline Productions / The Kobal Collection
Henry Marsh: "Sabemos más de la Luna que del cerebro"

Salamandra publica en España las exitosas memorias del neurocirujano británico Henry Marsh, con más de 30 años de experiencia en el quirófano

CARLOS FRESNEDA 

 

Cada vez que abre un cráneo para operar un cerebro, el doctor Henry Marsh no deja de maravillarse ante el último e impenetrable misterio: “¿De dónde surge la conciencia? ¿Cómo se genera el pensamiento? ¿Es la materia, es la química o es la electricidad?”. Más de 30 años lleva el neurocirujano británico hurgando en el órgano que da sentido a nuestra existencia, sintiendo un asombro casi reverencial hacia “las venas basales de Rosenthal o hacia la vena magna de Galeno”, una sensación que él mismo compara con la entrada en una catedral gótica.

Aunque no sea religioso ni crea en los milagros, pero sí en la buena o mala suerte que puede decidir en el último momento (o incluso después) el éxito o el fracaso de una operación a cerebro abierto. “Hasta cierto punto, conocemos mejor la Luna que el cerebro”, asegura Henry Marsh. “No hemos más que rasgado en la superficie, y creo que así seguiremos durante mucho mucho tiempo. A veces me acuerdo de lo que decía Newton: ‘He sido un niño pequeño que, jugando en la playa, encontraba de tarde en tarde un guijarro más fino o una concha más bonita de lo normal. Y el océano de la verdad se extendía, inexplorado, delante de mí’. Así me siento yo muchas veces ante el cerebro, cuando opero tumores, como si estuviera recogiendo guijarros”.

La poesía tiene poco que ver con su oficio, asegura Marsh, y sin embargo el relato minucioso, directo y sangrante de lo que hace en el quirófano es a veces de una brutalidad poética: “La idea de que mi aspirador avance a través del pensamiento en sí, de la emoción y la razón, de que los recuerdos, los sueños, las emociones y las reflexiones puedan formar parte de esa gelatina del cerebro, resulta demasiado extraña para comprenderlo. Mis ojos sólo ven materia”.

Ante todo, no hagas daño (Salamandra) se titula el recuento deslumbrante y escalofriante a partes de iguales del popular neurocirujano, protagonista de los documentales de la BBC Your Life in Their Hands y The English Surgeon. El libro se encaramó el año pasado a la lista de los más vendidos en Estados Unidos, después de haber hecho llorar al mismísimo David Cameron (por la triste historia de la mujer embarazada y con un tumor que temía morir antes de poder ver a su bebé). Dejamos para luego lo que el doctor Marsh opina de Cameron y de su política sanitaria (la entrevista tiene lugar el mismo día en que los médicos residentes van a la huelga). Digamos que la historia de la madre y el tumor la recuperó gracias a sus diarios, que lleva escribiendo meticulosamente desde que tenía 13 años y que le ha permitido reconstruir con el mínimo detalle sus intervenciones: “Le señalo a Jeff la arteria carótida y le pido a Irwin las tijeras microscópicas. Corto con cuidado el vaporoso velo de la aracnoides, en torno a la gran arteria que mantiene vivo medio cerebro”.

El libro empieza con un pineocitoma (tumor de la glándula pineal, poco frecuente y de crecimiento lento) y culmina con un oligodendroglioma (tumor del sistema nervioso central), pasando por un meduloblastoma, un aneurisma, una neurotmesis, una leucotomía, un angor animi (sensación de muerte inminente) y algún que otro melodrama. En la antítesis de las series médicas, lo que estamos leyendo (y casi viendo) es real como la vida misma, y el protagonista no es un superhéroe, sino un ser de carne y hueso que admite que en su profesión se aprende como en todas: a partir de los propios errores.

“La joven se añadiría a mi lista de desastres: una lápida más en ese cementerio que, según dijo en cierta ocasión el especialista francés Leroche, todo cirujano lleva en su interior”. El caso de otra mujer que quedó casi completamente paralizada porque el doctor Marsh no llegó a apreciar los síntomas de una infección postquirúrgica. El paciente que entró en el quirófano con la glándula pituitaria en buen estado y que sufrió un derrame cerebral a los pocos días que le dejó sin habla. La niña de once años a la que operó en Ucrania de una gran tumor cerebral, que sufrió una apoplejía tras la segunda operación y que quedó prácticamente incapacitada hasta su muerte al cabo de 18 meses…

“Los desastres se quedan más grabados que los éxitos”, asegura Marsh. “Con el tiempo van quedando atrás, pero los últimos te pasan siempre factura. Esto es algo con lo que los cirujanos tenemos que vivir, y que sin embargo nos cuesta reconocer ante nuestros propios colegas, y aún más ante el público”.
“¿Por qué escribir un libro que destroza la confianza de los pacientes en los médicos?”, es la pregunta que más de una vez le ha tocado responder a Marsh desde que vio la luz Ante todo, no hagas daño. El galeno le da la vuelta a la acusación: “Lo que he pretendido, aparte del afán de notoriedad y las ganas de llamar la atención (risas), es ante todo entablar una relación de honestidad entre los médicos y los pacientes”. “El tiempo del secretismo y de la condescendencia quedó atrás”, asegura el neurocirujano. “Necesitamos un nuevo contrato. Los pacientes deben ser tratados de igual a igual. No hay que ocultarles nada, aunque nunca hay que negarles la esperanza. Y los pacientes han de crecer también: han de ser más realistas sobre los límites de la medicina. No pueden esperar intervenciones milagrosas”.

Henry Marsh pasó hace tiempo por su propia experiencia en la sala de espera de un hospital: su hijo William tuvo que ser intervenido de un tumor cerebral a los tres meses de vida…

“Yo fui también el pariente ansioso por la salud de un ser querido, y cuando he tenido ocasión se lo he dicho a los padres de los niños que he tenido que operar. Mi hijo salió bien de la operación, que la ejecutó un buen amigo. Unos años después, en el mismo hospital, en el mismo quirófano y con el mismo doctor, otro niño con un caso similiar al de mi hijo no sobrevivió a la operación”. Aunque a veces, lo que está en juego es algo más que la vida o la muerte, advierte Marsh…

“Puedes tardar tres meses en aprender la mecánica de una operación de neurocirugía, pero se tardan al menos tres años en saber cuándo hay que operar y 30 en saber cuándo no hay que hacerlo. Más importante que el oficio en sí es la toma de decisiones. Ahora estoy más dispuesto a aceptar que dejar morir a alguien puede ser una mejor opción que operarlo, cuando existe una posibilidad muy pequeña de que esa persona pueda valerse por sí misma después de una intervención”. En el debate de la ley de la muerte digna, tumbada el año pasado por el Parlamento Británico, Henry Marsh tomó posiciones a favor, junto a gran parte de la profesión médica: “Estábamos hablando de la muerte asistida para enfermos terminales a los que se ha diagnosticado menos de seis meses de vida…

Yo no sé cuál sería mi decisión en una situación así, si me mantuvieran vivo y con sedantes en una situación de grave discapacidad. Pero creo que la gente debería tener el derecho a elegir”. Al cabo de 36 años en la medicina pública, y tras ver desfilar a 15 primeros ministros, Henry Marsh se ha lanzado sin ambages al ruedo político: “El Sistema Nacional de Salud (NHS) es una de las grandes instituciones británicas, yo diría que la segunda junto a la BBC. Todos sabemos que los hospitales en general son lugares horribles y que se pueden mejorar, pero la gente quiere mantener ese sistema. Ahora bien, para mantenerlo hay que subir los impuestos, y eso es algo que los políticos se niegan a reconocer. Y mientras tanto exprimen a los médicos exigiéndoles más horas… Lo que el sistema sanitario necesita es algo más que eficiencia. Ni los doctores somos vendedores, ni los pacientes son consumidores.

El sistema hay que humanizarlo. Y buscar nuevas maneras de prevenir la enfermedad”. Henry Marsh admite ahora que “vive para trabajar”, aunque acabe sacando tiempo para sus aficiones (la carpintería, la apicultura y la bicicleta). Su pasión por la neurocirugía le costó un primer matrimonio (ahora está unido a la antropóloga Kate Fox), aunque la suya fue más bien una vocación tardía que no llamó a sus puertas hasta los 30 años, después de estudiar Política, Filosofía y Económicas. “Me metí en un hospital buscando el sentido de la vida y acabé descubriendo que la medicina iba a ser mi profesión. Al cabo de un tiempo me di cuenta de que no me atraía especialmente la cirugía… hasta que vi una operación de un aneurisma y eso cambio todo. Fue un amor a primera vista: decidí ser neurocirujano.

Me atrajo el reto, siempre he sido un hombre alfa. Y también el hecho de enfrentarme al misterio del cerebro. Y por qué negarlo, también se debió a un cierto afán de protagonismo y de pertenecer a una élite (risas)”. Con 65 años y pese a su salud de hierro, Henry Marsh sabe sin embargo que sus horas en el quirófano avanzan ya hacia atrás, aunque siga operando en Londres, en Ucrania (junto a su cómplice Igor Kurilets) o en Nepal, donde estuvo el pasado otoño… “Es un mal común de los médicos: nunca sabemos cuándo retirarnos. Imagino que mi destino natural será ser profesor, pero pienso seguir operando mientras el cuerpo y la mente aguanten. Me atrae enormemente la intensidad del quirófano, cuando pones toda su concentración en un punto, y el resto del mundo desaparece y el tiempo se para. Y me apasiona también poder contarlo”.
Henry Marsh: "Sabemos más de la Luna que del cerebro"

 

 

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