El intríngulis

Normalmente, para convertirse en leyenda, los hombres necesitan morirse. Sin embargo, hay algunos, pocos, que advienen a tal categoría aún en vida. Joaquín Guzmán Loera es de ésos. Su historia, pasada, presente y futura —porque no olvidemos que en determinados casos, individuales o colectivos, es del todo pertinente hablar de la historia del futuro— es apasionante.

 El intríngulis

 

El Chapo Guzmán es pues una leyenda. Pero es también un caso. Un caso en términos jurídicos y un caso en términos sicológicos, históricos, políticos y económicos. Un caso que tiene mil facetas y, por lo tanto, si hemos de hacer caso a la geometría de los poliedros, tiene mucho más de mil aristas.

En particular su reciente reaprehensión permite un sin fin de lecturas. Y no sólo las permite, sino que las exige. Muchas de ellas ya han sido elaboradas y dadas a la luz por multitud de colegas. Con algunas coincido y con otras, por supuesto, no. En cualquier caso no todo ha sido dicho, ni lo será nunca me temo. Se trata de un suceso de complejidad descomunal.

Déjeme dejar sentado que la noticia de su captura a mí me entristeció. A mí y a otros muchos millones, júrelo, de personas. En Sinaloa, en México y en el mundo. Ello tiene que ver sin duda con su condición legendaria.

Y tiene que ver también con mi incierta relación con la ley. Desde muy niño, en las películas de vaqueros o de policías y ladrones, le iba invariablemente a los malos. Lo que me acarreó obviamente no pocos disgustos, pues en aquellos años, los del funesto Código Hays, pocas veces los villanos se salían con la suya.

He sido y sigo siendo buen amigo de delincuentes confesos y he frecuentado con asiduidad los bajos fondos de diversas ciudades, y he aprendido que entre ellos y en ellos hay grandes personas. No me atrevo, por cobardía, a decir que mejores que en otros medios, pero casi. Yo mismo he delinquido en más de una ocasión. A pesar de ello me considero un hombre de bien, pero más por respeto a mis propios códigos morales y éticos que a los de la ley en sí, cuyos castigos me arredran sólo a medias.

El fenómeno no es inusual. Son una auténtica cohorte los bandoleros que han gozado de la simpatía y la admiración de multitudes, aquí y allá, ahora y entonces. Reales o ficticios. O incluso, no pocos, los que son una mezcla de ambos. Desde Robin Hood a Jesús Malverde, de Bonnie and Clyde a Chucho el Roto, de Joan de Serrallonga a Heraclio Bernal.

La cuestión con El Chapo debe abordarse con toda la distorsión que acompaña, al contrario de lo que pudiera parecer, los acontecimientos recientes. La distancia distorsiona, es cierto, pero también filtra y depura. La simpatía por el hombre de la Tuna se basa, obviamente y como siempre, por un lado en el irresistible vértigo de la transgresión, en la atracción del peligro y la desobediencia, frente a los cuales ninguno de nosotros es inmune. Y por otro lado, porque representa un desafío, un poder que se enfrenta al establecido y que no goza de gran estimación.

Sin embargo, todo ello no es sino una estructura elemental, enturbiada por sus connotaciones políticas y mediáticas. Una de sus manifestaciones más enigmáticas es sin duda el papel jugado por el gobierno de Washington, tanto en la espectacular -demasiado espectacular, diría yo- fuga de julio, como en su rocambolesca -demasiado rocambolesca, diría yo- detención de enero. Ni una ni otra están claras, hay indicios y contradicciones más que evidentes, y que no han sido dilucidadas por quien debería hacerlo.

De otra parte, la cuestión meramente judicial, como está planteada no se sostiene ni con pinzas. Los cargos contra El Chapo son numerosos, algunos graves, pero nunca ha sido acusado de homicidio o de narcotráfico explícitamente, ni su posible extradición a los Estados Unidos puede llevarse a cabo respetando las leyes vigentes en nuestro país. Hay quienes parecen olvidar que Joaquín Guzmán tiene derecho a todas las prerrogativas que dichas leyes otorgan a todos los ciudadanos, muy por encima de la demagogia oficial y de la tan a menudo amaestrada y deleznable opinión pública (la otra mitad de la opinión pública, digamos). Esa vox populi que tanto acostumbra a dar tanta pena.

Mi gran amigo y gran abogado litigante, Saúl Velasco, me comenta, desmoralizado, los obstáculos a los que se enfrentan los defensores de El Chapo, que gozan, afirma él, de indiscutible calidad y honorabilidad. Obstáculos que, según Saúl, son más políticos, “grillos”, que jurídicos, y que los obligan a sortearlos mediante estratagemas en apariencia contraproducentes, pero de eficacia notable, técnica en la que él es un auténtico experto.

La dificultad para procesar a Guzmán Loera no reside en una presunta, y por otro lado factible, corrupción, sino que obedece a la complejidad misma del sumario, y a la sólida armadura de los alegatos de la defensa.

Preparar otros recursos forzó idear nuevos subterfugios especialmente minuciosos e hizo imprescindible zanjar objeciones. Los abogados consideraron oportuno negar otros cargos inocuos, también imitaron a Velasco en repetidas ocasiones.

No soy yo quien deba hablar de todo ello, pero no logro deshacerme de mi inveterado vicio de hablar de lo que no debo. Digo lo que pienso y no pienso lo que digo. Y ademas me enloquecen los intríngulis enredados. Me enloquecen.

MARCELINO PERELLO

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