El deseo sexual como vía espiritual

CARLOS FRESNEDA

El deseo sexual como vía espiritual

“Entrar en unión sexual con un consorte permite ascender al Gozo Innato. Esto hace que las energías vitales se disuelvan como en el momento de la muerte, y que la Clara Luz de la mente emerja con gran fuerza… Esta práctica es extremadamente secreta y no es apropiado decir más». El segundo Dalai Lama,Gendun Gyatso, indagó de esta manera en la teoría y práctica del tantra en el libro ‘La Transmisión de la Sabiduría Dakini’, en honor a las “bailarinas celestiales”.

“Visualiza a una diosa Vajrayogini blanca o roja. Ella absorbe a los seres sabios, invocando y recibiendo su poder. Recita el mantra secreto. Ahora la mente entra en Vajrayogini mediante su órgano sexual y se disuelve en su corazón”. En Occidente, todo esto nos remite a la ‘pequeña muerte’ del orgasmo. El tantra, que literalmente significa la “técnica de la expansión”, acaba relegado a categoría de reclamos eróticos y exóticos. Por el camino suele quedarse el propósito original:utilizar el deseo sexual como sendero hacia la realización y el desarrollo del espíritu.

La versión del tantra que suele circular entre nosotros, más o menos profanada, ha sido hasta ahora la hinduista. El Vajrayana o Budismo Tántrico, y en concreto la ‘escuela’ que se desarrolló en el Tíbet tras ser introducida por el monje Padmasambhava (también conocido como Guru Rinpoche) en el siglo VIII, ha estado siempre rodeado de un halo de misterio.

Los secretos ven ahora la luz en una exposición, ‘Tibet’s Secret Temple’, que lleva a la Wellcome Collection de Londres el fascinante interior de Lukhang, el templo de retiro de los Dalai Lamas, aislado del mundanal ruido por un lago y profusamente decorado con murales coloristas que le han valido el renombre dela Capilla Sixtina tibetana.

Estamos ante las salas de meditación ‘privadas’ de los Dalai Lamas, pero el infatigable explorador Ian Baker y el fotógrafo Thomas Laird no pudieron reprimir la tentación de desvelarlas. “El budismo tibetano se conoce principalmente en el mundo a través de los lamas. Todos tenemos la imagen del monje con los hábitos rojos, cumpliendo preceptos como celibato y siguiendo tradiciones que no son muy distintas a la de los monasterios occidentales, como la oración, la meditación y los cánticos”, explica Baker.

“Pero en el Tíbet ha existido también durante siglos otra tradición muy diferente, la del tantra o budismo esotérico”. Y continúa: “Como la versión monástica, fue introducida hace más de mil años desde India y encontró un suelo fértil a los pies del Himalaya. Eso sí, los adeptos al budismo tántrico (los ‘mahasiddhas’) no tienen nada en común con lo monjes. Tienen largas melenas y barbas, como los ‘sadhus’ en India, y siguen su propio camino, lejos de la vía de la renunciación y la uniformidad que se impone desde los monasterios”.

La vida monástica, dice Baker, terminó siendo la “vía prevalente” por razones políticas y para unificar el Tíbet. La vía tántrica, con sus seguidores libertarios y anárquicos (algo así como los ‘hippies’ de su tiempo) acabó siendo marginadacomo la “vía oculta”.

Los murales del Templo de Lukhang han servido para confirmar cómo estas prácticas complejas (que van mucho más allá de la visión sexual que tenemos del tantra) eran conocidas y fueron hasta cierto punto preservadas por los monjes, aunque no se iniciaran en ellas por considerar que interferían en la práctica monástica. Pese a la mala fama del Vajrayana como una “degeneración”de los rituales y del pensamiento budista, lo cierto es que los murales de Lukhang (con 84 maestros tántricos en acción y cuadrando posturas de yoga casi inverosímiles) han servido para elevar la noción de que existía hasta ahora el ‘otro’ budismo tibetano.

“La vía del monje es la de la renuncia y la vía del tantra es la de la expansión”, explica Baker. “Son como las dos alas de un pájaro y las dos se necesitan para volar. Hace falta un principio moral y hace falta el tantra”.

El fotógrafo Thomas Laird, que tuvo la sensación de profanar el templo de Lukhang, logró sin embargo la bendición personal del 14 Dalai Lama, el sonriente Tenzin Gyatso, que le ayudó a interpretar las imágenes, como la del ‘yogui’ recién muerto que transfiere su espíritu a una pareja que está copulando bajo los efectos de un arcoiris, que representa la “iluminación”.

El propio Dalai Lama reconoció sin embargo su “incapacidad” para interpretar algunas escenas de los murales (con infinitos detalles como los retablos de El Bosco). El profesor tibetano Namkai Norbu, al quite, enseñó a Laird a descifrar una referencia sexual que pasa desapercibida para la mayoría y que representa la“vagina cósmica”: el principio del universo. Norbu es profesor de Dzogchen, la Gran Perfección, una disciplina de meditación también introducida en el Tíbet por Padmasambhava: “La mente mirando a su propia esencia”. Esas enseñanzas seculares han sido adaptadas a Occidente siglos después como ‘mindfulness’ o la atención consciente.

Se diría que las 12 salas y 120 piezas de la exposición practican una danza final en honor a la Gran Perfección. Allí están las máscaras usadas en los rituales, los diagramas de la anatomía sutil que son la base de la medicina tibetana, los movimientos del ‘trul khor’ (los ‘asanas’ tibetanos) o la cópula meditativa entre dioses y diosas, simbolizando el abrazo entre la compasión y la sabiduría, y el descubrimiento de la conciencia no dual.

“A través de las prácticas tántricas, como la meditación centrada en los chakras o en los canales de energía, uno puede en última instancia abandonar los niveles más mundanos de conciencia. Cuando los niveles más sutiles de la mente se activan a través de las prácticas tántricas, se produce una poderosa comprensión espiritual y la meta de la iluminación puede ser rápidamente alcanzada”. Palabra de Tenzin Gyatso, el 14 Dalai Lama. Y quien pueda entender, que entienda.

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