Después de la guerra

Hay un punto en el que ya no se cuentan los años de una guerra. En el primero las muertes daban la impresión de valer por la esperanza. Al segundo lo acompañó la incredulidad de la violencia. Los números dejaron de tener rostro. Cuando los cuerpos se cuentan de diez mil en diez mil, las cifras aumentan sin que eso diga nada. La muerte se pierde en la muerte, escribí en algún libro. Tres años, cuatro años, cinco años. ¿Qué habrá después de la guerra?

05-guerra

Siria no es sólo Siria, es el reflejo de Medio Oriente. Es la resaca de una borrachera de cien años en la que se siguen sirviendo tragos. La primera ronda acompañó la Gran Guerra. Las colonias, la división de fronteras. La displicencia del mundo entero sobre la población kurda. Y seguimos sin ocuparnos de ellos. A largo plazo da la impresión de que el conflicto Palestina-Israel es menos decisivo de lo que los árabes reconoceremos. Aunque ahí se queda, aguardando transformarse en equilibrio e instrumento de cambio. La que fue nuestra tragedia por excelencia —ya no lo es— es la válvula de escape que busca cómo aprender a vivir juntos, a pesar del dilema moral que rige nuestra coexistencia. La revolución iraní de 1979 cambió el mundo, trajo de vuelta las rencillas chiitas y sunitas que se mantuvieron en duermevela por trece siglos, también permitió el crecimiento desmedido de los países petroleros de la península arábiga. Del poder abajo del poder que mueve los hilos de un titiritero jugando ajedrez. Siria como espejo porque en ella se ven los logros y abusos de las dictaduras, del totalitarismo. Los fracasos del triunfo de Occidente, el conformismo de Oriente. Cada elemento dejó de ser una singularidad y se convirtió en el andamiaje de la estructura de la región, en un castillo de cartas. Es éste el verdadero problema.

Ya en estas páginas he gritado cómo la reducción a un asunto de buenos y malos es insultante para aquellos que salen a la calle entre el miedo y el odio. Es la vista a lo lejos, la simplificación como producto de la ignorancia. Algún día acabará la guerra en Siria, en sus vecinos, pero ninguno de los problemas que la provocaron se harán ausentes. Hemos pasado por Ginebra I, Ginebra II, Viena y los acuerdos del Consejo de Seguridad que se ocuparon de los síntomas. Como tuvimos los acuerdos Sykes Picot de 1916, que establecieron países donde no había, o el tratado de Sèvres en 1920, que quiso darle forma al despojo del Imperio Otomano. O Camp David y el desperdicio de la oportunidad de mantener la ilusión de dos pueblos. Pasaron las Primaveras Árabes y la tentación de la inocencia.

En El desajuste del mundo Amin Maalouf escribió sobre Iraq y su hastío a la frase cómoda de: “¡La equivocación de los americanos fue imponer la democracia a un pueblo que no quería democracia!”. La define antífrasis. “Lo que sucedió en verdad en Iraq fue que los Estados Unidos no supieron llevarle democracia a un pueblo que soñaba con ella.” Pero vienen las complicaciones de los sueños. La democracia en los países árabes tiene que franquear los abismos de una sociedad por naturaleza totalitaria, donde la misma sociedad anula al individuo en ejercicios que remiten al estalinismo de los cuarenta, a la religiosidad ajena al espíritu o al pensamiento horizontal del nuevo milenio.

Mientras escribo estas líneas, parte de la comunidad internacional parece contagiarse de un optimismo que me cuesta. Luego de cinco años el Consejo de Seguridad asoma un acuerdo acerca de lo intolerable; por fin, de forma unánime se acepta que hay que poner un alto a la guerra civil siria.

La destrucción de un país es inadmisible, bravo, pero no hay consenso sobre quiénes deben sentarse en la mesa que permita detenerla. Es la historia dando vueltas una y otra vez, la imposibilidad de soluciones completas.

Agradezco a la ficción la construcción de mundos análogos que dibujan escenarios, tal vez reales. Parto de Siria por obviedad y también por cercanía, nada me importa más que el fin de su guerra. Cuando publiqué Casa Damasco imaginaba mi regreso a la ciudad, entrar a mi casa o a la de mi abuela, sabiendo la necesidad de levantar las ruinas para tener un nuevo comienzo. Hoy no hay ruinas que erigir. No hay ladrillos suficientes y sí, demasiadas fracturas para vislumbrar un futuro ligeramente próximo. Porque las estructuras medio orientales permanecen sin alteración.

En Medio Oriente todos los acuerdos dictados desde fuera han intentado componer un terreno demasiado adverso para actuar según la resolución a la que se haya llegado. Todos los acuerdos que surgieron desde adentro terminaron en catástrofe. No está mal, no del todo. Al menos se tiene la intención con la que un deportista cree que lo importante es el juego. No, tampoco, las intenciones nunca fueron suficientes para enfrentar la realidad.

Mi pesimismo no es gratuito. Si se presta atención a los periódicos y medios árabes, ninguno le da demasiada importancia a la primera votación unánime sobre Siria, con la que Naciones Unidas cerró el 2015. Su plan de paz divide el problema en dos: la dictadura y el futuro político del país, y el Daesh. Por un lado hay razón, por otro no. Definir qué fuerzas podrán participar en las negociaciones representa la exclusión de más de uno y la obligación de acordar con el enemigo que nunca estuvo dispuesto a negociar. ¿Cómo se convence a quien esté al mando de las tropas rebeldes cerca de cualquier ciudad absolutamente destruida por las tropas de la familia al-Assad, que comparta tribuna con Bashar? ¿Cómo se excluye la necesidad del régimen en un proceso de transición? Desde que iniciaron los conflictos en 2011 algo semejante a una solución irá de la mano de todos los involucrados, actores internos y externos, pero las figuras de la oposición al régimen en el territorio sirio no tienen gran peso en el discurso internacional. Una vez más, como siempre, Siria es la guerra donde nadie y todos pelean en simultáneo.

Intentaré ser optimista. Imagino que se podrá llegar a acuerdos que en un tiempo relativamente corto signifiquen un alto al fuego y abran la puerta a un gobierno transitorio, en el que no todas las fuerzas se encuentren representadas. Venga, así es la democracia. Al mismo tiempo, una coalición internacional se encarga de diezmar al Daesh tanto como se permita. En dos o tres generaciones es posible que algunas de las cicatrices de la guerra civil hayan cerrado. La supervivencia de los pueblos es motor de la cordura. Ninguna de las opciones permite cerrar el libro.

No hay un líder occidental que no haya dicho que será de los sirios definir quién se pondrá al frente de un gobierno proverbial. ¿Qué sirios? ¿Los que están del lado del régimen, los que salieron a pelear por los derechos más básicos hace cinco años, los de las irreconciliables vertientes religiosas, los que mataron y los que perdieron?

Después de todo esto, Siria no terminará porque Siria es Medio Oriente.

Arabia Saudita anuncia la formación de una coalición de naciones musulmanas contra el terrorismo, se suman los países del Magreb, Egipto, Turquía, Malasia, etcétera. Nada de Irán y sus aliados chiitas. El reino que en un momento ayudó a financiar al Daesh se le vuelve en contra. Es la historia de la zona, es el paraíso de la esquizofrenia. Se trata de la respuesta que le hacía falta al salafismo saudita para defender su hegemonía en el islamismo suní. El Daesh se expande rápido, no hay bombardeo que alcance. Luego de las incursiones francesas a Raqqa, muchos de sus integrantes se asentaron en el Golfo de Syrte, en Libia. Es fácil suponer qué esperan, ya son una columna más de los cimientos que modelan la estructura de esta parte del mundo.

Se saben los riesgos de tener tropas en tierra, no han cambiado desde la guerra de Afganistán. Basta preguntarle a los rusos. Pero hay instantes, trágicos sin duda, en los que la violencia es necesaria y nada cansa más que el discurso bien intencionado que llena de virtudes a la ingenuidad de la bandera blanca. La única oportunidad de hacer la opción un tanto viable es darle su valor a los grupos locales. Que fuerzas extranjeras trabajen a su lado. ¿Qué locales? Regresamos dos párrafos atrás.

En medio, un pueblo puede encontrar lo que ha peleado. A los kurdos los han aplastado los gobiernos turcos, los iraquíes y los sirios. Quizá cuando la guerra termine y se hable de Estados sectarios donde la secularidad fue un mero suspiro mal logrado, cuando la identidad árabe se haya esfumado en nombre las divergencias. Cuando en la barbaridad se decida que es mejor que un Estado confesional mate a los suyos a que se disperse por otros territorios. Quizá los kurdos consigan una tierra.

Pero el dilema no termina, seguirán Israel y Palestina con las complicaciones de más variables. La negación a convivir juntos, la duda sobre hasta cuándo se seguirá viviendo de esta forma como si no hubiera de otra. La herencia árabe hace hablar de la solución de dos Estados. Es ingenuo, es hipócrita, en ocasiones caigo en ella. La lógica obliga a tomar en serio la formalización de un solo Estado. Ya es uno solo.

Es desesperanzador, claro. Mientras no cambien las estructuras de la región, que por lo pronto parecen inamovibles, es la pausa de un conflicto en espera del siguiente. Nadie se detiene a pensar en ellas. Hacerlo es pensar a Medio Oriente.

Maruan Soto Antaki

http://www.nexos.com.mx/

Deja un comentario