Almas perdidas

PEDRO G. CUARTANGO 

Almas perdidas

NADA como el ‘jazz’ para dejarse llevar por la nostalgia. Le vi tocar en un club del Village en 1989, en una noche de invierno en la que los copos de nieve cubrían Nueva York.

Era el más grande. Ningún pianista -salvo quizás Bill Evans- tenía su talento ni su obsesión por la perfección. Se ha ido para siempre, pero no puedo olvidar su silueta perdiéndose en las calles heladas de la Gran Manzana. Se llamaba Paul Bley, había nacido en Montreal y murió el pasado domingo en las soleadas playas de Florida.

Ahora me doy cuenta de la suerte que tuve al oírle aquella noche porque se prodigaba muy poco. “Tocar dos veces en el mismo sitio es demasiado”, decía. Administraba su talento y su música de forma avara y se sentaba frente al piano como si fuera la última vez.

Era alto, de pelo gris, llevaba una cazadora negra y unas gafas oscuras. Tenía entonces unos 50 años y sus dedos se deslizaban sobre el piano con largas pausas. Muchas veces después, he cerrado los ojos en mi casa y he escuchado sus prodigiosos discos. Sobre todo, las increíbles grabaciones que hizo con el trompetista Chet Baker a comienzos de los años 80, cuando éste caminaba hacia su autodestrucción.

No puedo oír ‘Little girl blue’ sin emocionarme. Allí están dos almas perdidas, dos seres errantes golpeados por la vida que condensan el insufrible dolor de existir en los sonidos de su piano y su trompeta. Me vienen a la memoria unos versos deYves Bonnefoy: “Morir a cada instante”. El ‘jazz’ llevado a esos extremos es una forma no de vivir sino de suicidarse.

Bley era huérfano y fue adoptado por una familia que le permitió estudiar música. Le daban dinero para que pudiera ir a Nueva York a los clubes de ‘jazz’, donde conoció a Charles Mingus y empezó a tocar con él. Como en una película de cine negro, en uno de esos antros se topó con una chica rubia que vendía tabaco. Fue un amor a primera vista. Era Carla Bley, su primera esposa, cantante, teclista, compositora y feminista, con la que rivalizó en innovar el ‘free jazz’ en los años 60.

Paul Bley era un perfeccionista, al igual que Chet Baker. Vivió siempre obsesionado por la creación y había estudiado en profundidad a los clásicos como Bach y Beethoven. Tocaba, componía, se encerraba en su interior para buscar la inspiración de toda gran obra.

El pianista ha muerto en la cama a los 83 años a pesar de haber vivido peligrosamente. Baker no tuvo tanta suerte: se cayó en Amsterdam del alféizar de una ventana en un hotel y se mató en 1988. Había perdido su dentadura en una pelea, había pasado por la cárcel y había estado internado por su adicción a la heroína.

Resulta impresionante verle en la película ‘Let’s get lost’ de Bruce Weber unos meses antes de su muerte. Ciego de drogas y alcohol, sentado entre dos bellas mujeres en un enorme descapotable y bajo las palmeras de California que agita el viento en la noche, Baker musita palabras incomprensibles que evocan un pasado definitivamente perdido. Está a punto de morir y él lo sabe. Su rostro demacrado y sus ojos extraviados anticipan el final.

Pero hay un momento en el que un Baker tambaleante llega al estudio, saca la trompeta del estuche y el mundo enmudece al escuchar esos sonidos que parecen la voz de Dios. Su amigo Paul Bley sentía lo mismo cada vez que se ponía frente al teclado. En ese instante, con el rostro transfigurado y sus gafas brillando en la oscuridad, parecía buscar el sendero de esos pasos perdidos que nadie ha escuchado jamás pero que estaban allí, a la espera de ser rescatados por la alquimia de la música.

 

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