¿QUÉ HAY EN UN RELOJ, QUE PUEDE APRESAR EL TIEMPO?

El tiempo es fascinante, en el sentido más sensible de la palabra: basta entregarnos a la contemplación de su transcurrir para sentirnos sumergidos en ese flujo, hipnotizados, tomados de lleno por esa fuerza inasible, rendidos por la incomprensión que nos inspira.

Con todo, en cierto momento también hay un esfuerzo de nuestra mente por fijar el tiempo, así sea con recursos intelectuales. Su medición es quizá el mejor ejemplo de ello. La contemplación corre paralela con la mesura. Medir el tiempo es la forma que encontró nuestra especie para darle sentido a ese elemento de la realidad que de otro modo puede ser terrible, tal y como lo vio Borges:

El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.

El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;

es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;

es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.

En este sentido, medir el tiempo se convirtió en un arte, tanto técnica como ornamentalmente. Ver las estrellas, seguir el curso de las estaciones, calibrar una clepsidra o un reloj de arena, todo ello requirió de cuidadosos momentos de observación, registro y aprendizaje. Y todo ese conocimiento encontró una correspondencia perfecta en los objetos en los que se materializó: esos relojes que, entre lo sencillo y lo increíble, llevaron la abstracción del tiempo a la realidad palpable de los mecanismos en donde encontró expresión.

Desde hace casi 1 mes y hasta finales de marzo del año próximo, el Metropolitan Museum of Art de Nueva York alberga una exposición que celebra el lujo que entre los siglos XVI y XIX acompañó la medición del tiempo en la construcción de relojes europeos. Relojes de pared, de péndulo, relojes con autómatas que señalan la llegada de una nueva hora (como los pájaros cucú de los relojes suizos), onerosos relojes de salón, precisos relojes astronómicos y un cuantioso y sorprendente etcétera que da testimonio del deseo del ser humano por entender el tiempo.

La mayoría de estos objetos provienen de la colección del museo y otros más del Museo del Departamento Europeo de Escultura y Artes Decorativas. Asimismo, la curaduría (a cargo de Clare Vincent) buscó hacer dialogar la admirable artesanía en el exterior de los relojes con la técnica precisa de su funcionamiento interior. Finalmente, la exposición está acompañada de cuatro libros alusivos que recaban esa misma tradición relojera.

Sin duda un recordatorio precioso de que aun cuando el tiempo se nos presente bajo la forma de lo incomprensible o sintamos que nos sobrepasa, hay un artefacto casi mágico creado por nosotros en donde parece vivir apresado.

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