Muerte a la vida

Muerte a la vida
El suicidio de Catón, recreado por un seguidor de Caravaggio.

El pensador y erudito Ramón Andrés reelabora y amplía uno de sus grandes ensayos, Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente, donde busca las claves y la recepción que desde la antigüedad al presente han tenido las distintas sociedades sobra la autodestrucción voluntaria del hombre.

ANTONIO LUCAS

Por no caer aún en la zona de confort de lo luctuoso, tiremos de Jardiel Poncela para aplaudir una de sus aproximaciones aforísticas al suicidio: “Suicidarse es subir en marcha a un coche fúnebre”. Es decir: interrumpir el viaje, salir voluntariamente de escena, acabar con lo (presuntamente) innecesario. El suicidio es asunto privado. El suicidio es materia secreta. El suicidio es una intimidad que no puede ser ya más violentada. En los medios de comunicación se evita informar sobre suicidios. La muerte voluntaria tiene algo de noticia indecisa, de noticia velada. En la calle tiene su rastro de tabú. Y en occidente es una pulsión demonizada.

El estudioso Ramón Andrés (Pamplona, 1955), hombre de erudición firme y silenciosa, lleva dos décadas entregado a levantar un proyecto ensayístico donde la música, el pensamiento y la reflexión conviven con la poesía, con la escucha, con la observación. Los libros de Andrés son celebraciones de una sabiduría que no busca el nerviosismo del foco o de la fama, sino la claridad de la inteligencia, de la complicidad, de la discusión refinada. Y en esta senda ha trabajado en una obra insólita, necesaria, filosa, honda y sorprendente: Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente, publicada por Acantilado. Un volumen con algo de monumental, no tanto por las páginas como por el sofisticadísimo saber que guarda dentro.

“El suicidio, concebido durante siglos en la estela del pensamiento clásico como ejercicio de libertad, incluso como una liberación, queda reducido, a la luz de la psiquiatría de las últimas décadas, a mera patología mental», sostiene el autor. «Sin embargo, esta reducción supone uno de los aspectos más decisivos de la experiencia humana: el dolor”. De ahí que Ramón Andrés defienda este ensayo (que tuvo en 2003 una primera edición, ahora ampliada) como un libro sobre la vida, no sobre la muerte. “Muchas publicaciones sobre este asunto se ciñen a casos morbosos y todo gira alrededor de esa premisa. Es exactamente lo opuesto de lo que he intentado hacer. A mí el suicidio no me interesa por su vertiente de escándalo, sino por lo que tiene de espejo de la condición humana”. Séneca le dio prestigio y San Agustín lo convirtió en pecado.

Y así va desplegando el resultado de un rastreo por los recovecos de la Historia,de la mitología al hombre contemporáneo. Es un modo de buscar explicación a lo que somos. A por qué somos lo que somos. “Tenemos un impulso de supervivencia, pero también de autodestrucción. Esto no ha variado en el tiempo”, apunta. La primera vez que encontramos la expresión “muerte voluntaria”, tal como se ha conservado hasta hoy, es en el breve tratado de Cicerón De senectute, escrito en los meses iniciales del año 44 a.C. Y a partir de ahí, Ramón Andrés va constatando la percepción que sobre el suicidio se ha tenido en las distintas épocas de la humanidad.

Un texto del filósofo y psiquiatra Karl Jaspers destaca en el primer capítulo, asentando el centro de búsqueda del autor: “Lo más sencillo parece ser admitir una enfermedad mental; en esto se ha ido tan lejos como en considerar loco a todo suicida. El problema del suicidio queda despachado poniéndolo fuera del mundo cuerdo. […] El suicidio no es consecuencia de la enfermedad mental como la fiebre lo es de la infección”.

-¿Existe entonces una pauta común para este acto decisivo?

– Claro, la desesperación, el arrebato. Así es en cualquier época. El no poder asumir una pérdida, un diagnóstico feroz, un peso. También es cierto que el suicidio genera imitación. Somos animales imitativos. Por ejemplo, cuando se publicó en Alemania Las desventuras del joven Werther, de Goethe, la lectura del libro provocó oleadas de suicidios entre los jóvenes alemanes del siglo XVIII. Muchos asumieron a Werther como un héroe a imitar.

-¿En qué textos le ha sobrecogido más la exposición del suicidio?

-Son muchos, pero en la Biblia tenemos algunos casos muy aparatosos. Aunque lo que más me ha sorprendido es la superstición que a lo ancho de la Historia se ha generado alrededor de la figura del suicida.

En el sentido definitivo del mundo que es el gesto del suicida no hay necesariamente romanticismo. Más bien hay una necesidad de desconexión con lo inmediato, con el alrededor. En la Edad Media el suicida era un ser maldito. Se le enterraba boca abajo, para que el alma no hallara salida. O en los cruces de caminos, para que el alma no supiera qué senda tomar… La religión estableció un nuevo cerco moral.

El arte y la literatura son los graneros de la leyenda romántica del suicidio como una verdadera interpelación al destino. Desde la iconografía en vasijas y estatuaria de Áyax El Grande preparando su muerte (siglo V a.C.) hasta la escultura de Brian Booth Craig, Sucide machine (2012). Entre medias, un alud de obras y textos a favor o en contra de la “muerte voluntaria”, de esa muerte de ahora mismo que es el suicidio. “A partir del Romanticismo se ha visto este acto como atributo. Por ejemplo, la figura del poeta atribulado, hundido en el opio, con vocación suicida… Todo eso es parte de un aderezo. Pero, como una paradoja, en el colectivo de creadores los índices de suicidios dan cifras muy bajas. Es mucho más alarmante en el campesinado, en el hombre de fábrica… El trabajo en cadena ha sido un semillero de esto», explica Ramón Andrés.

La lista de creadores suicidas, sin embargo, es amplia y sonora: Séneca, Chatterton, Celan, Alejandra Pizarnik, Van Gogh, Hemingway, Larra, Kurt Cobain, John Kennedy Toole, Virginia Woolf, Marina Tsvietáieva, Hunter S. Thompson, Sylvia Plath, Stefan Zweig, Mario de Sá-Carneiro, Ángel Ganivet, José María Arguedas, Pavese, David Foster Wallace… Para muchos de ellos, la desaparición física no es la causa del abandono de sus obras, sino su resultado. “La cultura les ha dado espectacularidad. Pero el malestar pasa precisamente, y de manera llamativa, por la acentuación de una incompatibilidad con el mundo”, subraya Ramón Andrés. “Albert Camus escribió, de manera todavía romántica, que el verdadero problema filosófico es el suicidio. Pero acercar la muerte voluntaria al terreno del pensamiento o de la literatura es desnaturalizarla y hacerla de las ideas, de nuestras ideas”.

Pero este libro valiente y alumbrador no habla de la devastación, sino de los hombres y las mujeres. De extrañezas. De intemperies. De vacíos. De muertes que sólo tienen sentido por la pura vida.

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