Desde la magia y la ternura

La nave esférica que habitamos se apresta pues a cumplir otra vuelta al Sol. Al menos desde el calendario gregoriano que rige buena parte de la superficie de esa nave, y que de hecho a ella le viene guango. La tiene bien sin cuidado cómo contamos y medimos esas hormiguitas latosas que pululamos por su corteza. Ella sigue y seguirá girando sin preocuparse demasiado dónde empiezan y dónde terminan sus rondas.

 Desde la magia y la ternura

 

Pasado mañana será Noche Vieja y nos esforzaremos en creer que algo termina y que algo se inicia. Contrariamente a lo que muchos suponen, estamos en Navidad, y lo seguiremos estando algunos días más. La sociedad industrial nos impone la brevedad, en nombre de ese bien supremo que es la eficiencia. En particular nos condena a las fiestas breves. Unas cuantas horas de jolgorio y ya. A hacer la meme para estar listos para la grisura y el esfuerzo que siguen.

No siempre ha sido así, y en algunos lugares privilegiados sigue sin serlo. Las fiestas, ciertas fiestas, duran días enteros, con sus altas y bajas, con sus relevos. La Navidad es una de ellas. No es una fecha sino una época.

En abono de esta idea piense sólo, sensible lector, en el formidable Oratorio de Navidad del no menos formidable Johann Sebastian. Y si además de pensarla la escucha, me lo agradecerá. Se compone de seis cantatas, para ser interpretadas los “seis días de Navidad”. El primero es el 25 de diciembre, el Nacimiento; el segundo, el 27, la Buena Nueva; el tercero, el 29, la Adoración de los Pastores. El cuarto, el Primero de Enero, la Circuncisión. El quinto, el Primer Domingo del Año; y el sexto, la Epifanía, que los católicos representan como la Adoración de Los Reyes.

Es decir, para Bach y sus compinches la Navidad duraba 13 días. En México es mucho más larga, pues empieza con la primera Posada, el 16 de diciembre, con el peregrinaje de María y José. Y  aun hay quien la prolonga hasta Vestir al Niño para la Candelaria.

Así debería ser, digamos. Pero de tal festejo y ceremonial sólo restan jirones percudidos, mancillados por la lógica de la sociedad del capital, la producción, el consumo y la ganancia. Tal como acierta Tlacahellel Cuauhyotl, uno de mis cercanos lejanos, hoy la Navidad es la venganza de los mercaderes que alguna vez el Mesías expulsó del templo.

La Navidad, entonces, las Navidades son, originaria y eminentemente, celebraciones árticas, boreales, en torno al solsticio de invierno. En el hemisferio septentrional son las noches más largas, frías y oscuras del año.

Y es que, en efecto, en el fondo de esa negrura que parece querer volverse eterna, es imposible que la aprensión no se apodere de los mortales. Sobre todo antes del advenimiento de focos y calefactores, pero, en alguna medida, también al día de hoy. Y si no, pregúntele al primer sueco o noruego que tenga a mano. No les hace ninguna gracia.

Ese es precisamente el sentido de los rituales navideños. El exorcismo. Cuando la vida parece cesar, los árboles pierden sus hojas y las plantas se secan. Cuando los animales que no hibernan se van, migran, y la Tierra palidece y se hiela, en un estremecedor rigor mortis.

Cuando la intemperie, apenas unas semanas atrás nuestra amiga tierna, generosa y acogedora, nos vuelve la espalda y se nos torna ahora agresiva, inhóspita y huraña, una angustia sorda se adueña de cuerpos y almas.

Es por ello que invitan al indómito abeto a hospedarse en casa, la pervivencia del verde, de la vida, a modo de talismán contra la muerte. Es exactamente el mismo sentido del pequeño perseguido que nace y resiste, desguarnecido y amenazado. Ambas son metáforas de la sobrevivencia. De la salvación.

En cualquier caso, la Natividad no es una fiesta religiosa. No en sentido estricto. Es pagana y precristiana. Antiquísima. Litúrgica y mística, sí, pero que atañe y conmueve por encima de los dictados canónicos. Es resistencia y amor. Es ternura. Y es la alegría lánguida del que se sabe vivo y que por lo tanto morirá. Como el pino, como ese niño. En esa medida es también la nostalgia de los primeros años, de esa infancia en la que nos sabíamos a salvo y en la que la muerte no existía. La irresistible magia del misterio.

Prestos a reproducir aquella atmósfera melancólica adoptamos rituales, primero recobrando ilusiones mediante el recuerdo olvidado de afectos remotos. Mitos inmemoriales vuelven inasibles, despertando esa secreta pulsión ungida en sueños que urden ensueños resguardada entre recelos.

Quiero terminar estas líneas con otras que no son mías. Mucho más sabias, vibrantes, exactas y conmovedoras. Pertenecen al inigualable Miquel Martí i Pol. Con ellas le deseo, carísimo lector, que el año que empieza y lo que resta de esta Navidad sean para usted y los suyos, pródigos, intensos y alegres. Aquel abrazo.

“Tal vez la Navidad es que todo el mundo se diga/ a sí mismo y en voz muy baja el nombre/ de cada cosa, masticando las palabras/ con mucho cuidado, con tal de percibir/ todo su sabor, su consistencia./ Tal vez es reposar los ojos en los objetos/ cotidianos, para descubrir con sorpresa/ que ni sabemos cómo son de tanto mirarlos./ Tal vez es un sentimiento, una ternura/ que se apodera de todo; tal vez una sonrisa/ inesperada en alguna esquina./ Y tal vez es todo esto y, además, la fuerza/ para retomar el camino de cada día/ cuando el misterio se haya desvanecido, y todo/ vuelve a ser triste, y lejano, y difícil”.

MARCELINO PERELLO

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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