Vida fracasada

ANTONIO GALA

Vida fracasada

CUANDO LEO la noticia del suicidio de un niño, cualquiera que sea el procedimiento utilizado, pienso en el hondísimo dolor del los padres y después en cuál es la causa de esa insufrible derrota de la Humanidad entera. No soy capaz de leer esa noticia con la frialdad de otra cualquiera. Una vida aún corta o cortísima, desenvuelta en un ámbito civilizado y digamos normal, ¿cómo es posible que la extinga su dueño? ¿Cómo es posible que no prevean y eviten los padres una decisión tan definitiva? Ayer, por ejemplo, se arrojó desde un quinto piso un niño de 11 años. Dejó una carta pidiendo perdón a sus padres; a eso añadía su decisión de no volver más a ese colegio. El curso está recién inaugurado; la herida era anterior. Falló la intuición paterna, la confianza filial, la observación de los instructores, la solidaridad de su ambiente… Falló, una vez más, el mundo entero y las fuerzas de la vida. ¿Por qué nunca a los 11 años yo tuve esa tentación? Ahora se pretende no hablar de religión en la enseñanza:habría que pensar en hablar de sus porqués, de la religión como casa común y asidero a la vida, no importa en qué se crea; del absoluto protagonismo de los padres; del ejercicio de adivinación por la sangre común… Si la vida, tan pronto, deja de merecer la pena, apaga y vámonos. Todos. Que se hunda el mundo.

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