Perfectos irresponsables

PEDRO G. CUARTANGO

Perfectos irresponsables

Richard Dawkins sostenía en ‘El gen egoísta’, escrito en 1976, que no es el espíritu ni las condiciones materiales de la existencia quienes gobiernan nuestra conducta. No, mucho más simple: son los genes.

Según el científico británico, los genes se autoperpetuan a través de nosotros, viven en nuestro cuerpo y luego nos sobreviven en nuestros hijos. Todo cambia, la realidad fluye, como sostenía Heráclito, pero los genes permanecen iguales a sí mismos.

Si echamos un vistazo al mundo, vemos un conjunto de personas que interactúan en un contexto determinado y con una cultura específica. Pues bien, todo ello es un puro engaño porque esa construcción social de la realidad es producto de nuestro código genético.

La idea de Dawkins me deja perplejo cuando observo la tremenda diversidad de los seres humanos. Hay criminales y hay santos, hay gentes honradas y hay corruptos, hay creyentes y hay ateos, hay castos y hay adictos al sexo. ¿Cómo se explica?

En realidad, me inclino por la tesis de Jean-Paul Sartre de que el hombre está condenado a la libertad y, por tanto, a crearse a sí mismo. Su capacidad de elegir le hace responsable de sus actos.

Yo he sido educado en una cultura católica, por la cual cada persona tiene que rendir cuentas de sus hechos en el Juicio Final ante Dios. No estaría mal que así fuese, aunque albergo muchas dudas sobre la existencia de un más allá.

Pero lo que sí observo es que vivimos en una sociedad marcada por un determinismo que niega la libertad y, por tanto, la responsabilidad de los individuos, que se escudan en cualquier pretexto para eludir las consecuencias de sus actos.

Ello es extensible especialmente a una clase dirigente, política y económica, que justifica sus errores por múltiples causas abstractas, ya sean las circunstancias, la crisis o los intereses de las instituciones que administran, para no asumir jamás responsabilidades. Siendo más concreto, asistimos a grandes catástrofes como la llegada masiva de inmigrantes del norte de África y Asia y nadie se hace responsable de solucionar el problema. Por el contrario, hay países que construyen muros.

Tampoco nadie ha asumido la responsabilidad del ‘crash’ que estalló en 2008 y que ha tenido consecuencias devastadoras. Ni los gobernantes, ni los banqueros ni los organismos regulatorios han admitido culpa alguna. Nadie ha pagado por los desafueros que provocaron el rescate de entidades financieras con dinero público.

Tampoco nadie se hace responsable en nuestro país de las escandalosas revelaciones sobre la corrupción de Pujol y Rato, que muestran un sistema en el que muchos se aprovechaban de su poder para hacerse ricos tras el desmantelamiento de los controles. Vemos incluso hasta como una empresa como Volkswagen intenta escurrir el bulto tras haber engañado a sus clientes.

Serán nuestros genes, como afirmaba Richard Dawkins, o la tiranía de los mercados o la crisis de las instituciones o la incapacidad de los gobernantes, pero lo cierto es que vivimos en un mundo en el que ha desaparecido cualquier noción de responsabilidad individual.

Todos tenemos nuestras justificaciones para no actuar y para echar la culpa a los demás. Pero en el fondo sabemos que podríamos hacer muchas cosas para que el mundo fuera mejor. Nuestro problema es que, a fuerza de cerrar los ojos, no vemos que la ola de la barbarie se acerca y está apunto de arrasar nuestras vidas. No habrá vías de escape si no somos capaces de afrontar los problemas y asumir que la solución reside en cada uno de nosotros, allí donde estemos. Aunque sea una pesada carga, estamos condenados a ser libres.

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