La mala reputación

La mala reputación

FIESTA NACIONAL, Día de la Hispanidad, desfile militar en el Paseo de la Castellana, recepción de los Reyes en el Palacio Real… ¡Qué ocasión para meterle el dedo en el ojo a España!

Hubo competencia. La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, dejó su huella en Twitter: “Vergüenza de estado aquel que celebra un genocidio”. José María González, regidor de Cádiz, se apuntó al manteo con este trino: “Masacramos un continente y sus culturas en nombre de Dios”.

Además de haber visto (espero que al menos la hayan visto) Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972), Colau y ‘Kichi’ debían haber leído algo de historia antes de pronunciarse con esa rotundidad, ese desparpajo, sobre el significado y la importancia del descubrimiento y la colonización de América.

Los mejores argumentos contra nuestra leyenda negra los han dado los historiadores hispanistas británicos, especialmente, John H. Elliott. Yo les animo a leerlos. No hay en sus escritos rastros de nacionalismo rancio, ni mucho menos de franquismo. Sólo investigación histórica.

Tenemos, naturalmente, cosas de qué avergonzarnos. ¿Pero qué gran nación no ha tenido sus páginas negras?

Pero no, hoy no es el día para rebatir argumentos tan simples como los expuestos en 140 caracteres por los máximos representantes de dos ciudades tan emblemáticas, tan españolas, como Barcelona y Cádiz.

Me interesa más resaltar de ese simplismo indigenista su objetivo: la equiparación del mal con lo español, la identificación entre el genocidio y España.

Ese ha sido uno de los grandes errores de una parte de la izquierda española, que la ha llevado, por ejemplo, a aliarse con los elementos más reaccionarios del nacionalismo catalán.

Como el gran bufón que es, Willy Toledo no pudo fallar a la cita de los improperios contra el 12-O. Y lo hizo defecando, aunque echó mano de ‘La mala reputació’n, tal vez para autojustificarse: “No, a la gente no gusta que / Uno tenga su propia fe”.

Los versos de Georges Brassens en manos de Toledo se achatarran, pierden todo su sentido, su lucidez. Es como si los muchachos de Sociedad Alkohólika se pusieran a interpretar la ‘Noche oscura’ de San Juan de la Cruz.

No creo en el patrioterismo, y a mí, como a Brassens, la música militar nunca me supo levantar, pero amo a mi país con todo lo que eso significa de autocrítica, de sufrimiento, de ganas de mejorar.

Cómo no acordarme ahora de la España en marcha de Gabriel Celaya: “Españoles con futuro / y españoles que, por serlo, / aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno”.

Es curioso que a Brassens y a Celaya los interpretara Paco Ibáñez, un cantante mítico para la izquierda española. Porque, afortunadamente, hay una izquierda que sí cree en este país, que no se abochorna de lo español. En un momento -otro más- en el que se cuestiona la unidad, o sea España como nación, la izquierda tiene que salir ¡a la calle! para gritar que nadie puede patrimonializar políticamente ese concepto.

Y si, para algunos, defender, querer a España, puede acarrear mala imagen, no ser suficientemente progre, pues asumamos esa mala reputación: “Nosotros somos quien somos / ¡Basta de Historia y de cuentos!”.

CASIMIRO GARCÍA-ABADILLO

http://www.elmundo.es/opinion

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