LA HERÁLDICA: EL CÓDIGO ARTÍSTICO DE LOS LINAJES

La heráldica y el interés por la misma va de la mano de una búsqueda por los orígenes: cada uno de nosotros es el fruto de incontables relaciones históricas de parentesco y de circunstancias como migraciones, guerras, alianzas y traiciones, de las que la memoria no siempre nos hace partícipes. En este sentido la heráldica condensa parte de la historia, y por lo tanto de la esencia, de quien la enarbola.

Aunque asociada comúnmente al ámbito nobiliario, la heráldica está presente en nuestros días en la constitución de los escudos nacionales y municipales en virtualmente todos los países del mundo (incluidas, claro, las micronaciones), y uno de sus ejemplos prácticos más visibles son las banderas de los países.

Pero el arte de la heráldica se remonta a una necesidad de identificación y jerarquización, expresada por la nobleza europea del siglo XIII: este código estético a la vez que militar sintetizaba visualmente —en una época en que pocos sabían leer, cabe recordar— una suma de información relativa a la pertenencia a un linaje y a una condición social definida. En su sentido más práctico, la heráldica militar servía para diferenciar las distintas unidades dispuestas en un campo de batalla, y el sentido y partición de los escudos de armas (como se les llama popularmente a los blasones) se conserva en aspectos de la nomenclatura y las figuras utilizadas en la composición.

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Las reglas de composición heráldica, al igual que cualquier arte, cuentan con sus propias tradiciones y particularidades. Un escudo de armas típico puede constar de un escudo, que es el lienzo sobre el que habrán de montarse los distintos elementos. La superficie de cada escudo se denomina campo, el cual a su vez se divide en dos o más particiones. Los colores se llaman esmaltes, y se dividen en metales (oro y plata) y colores, que tienen nombres distintos en este arte: el rojo es “gules”, el azul “azur”, el verde es “sinople”, el morado es “púrpura” y el negro es “sable”. Por su parte, el color piel se nombra “carnación”.

Al igual que en el Tarot de Marsella —cuyo origen se remonta a la misma época— los escudos heráldicos cuentan con diferentes figuras, con las cuales cada familia o cada territorio se distinguía y particularizaba. Las figuras se dividen en naturales (animales, plantas), artificiales (castillos, fortificaciones, objetos) y quiméricas (dragones, grifos, sirenas, etc.). Por último, cada escudo puede ir rematado por timbres, que son elementos externos que le rodean, como animales o personas, al igual que coronas, plumas, fortificaciones militares, etc. Es en los timbres donde se colocan, por ejemplo, las condecoraciones y preseas concedidas a los caballeros durante las batallas o servicios prestados a su rey, pues debemos recordar que por su origen medieval, un escudo heráldico es una suma de signos de dependencia o sumisión, ya sean militares o divinos.

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Es interesante destacar que la etimología de heráldica nos remite a heraldo, del francés héraut, que quiere decir mensajero. De este modo podemos entender que un escudo de armas o heráldico es una suerte de mensajero de la posición y rango social de su portador, pero que también va mucho más allá: se trata de un metacódigo, un monograma visual que impacta a la vista y ofrece, de manera estética, una enorme cantidad de información.

Comunicar la historia e identidad es una de las funciones fundamentales de la heráldica. Por ello es una especie de cimiento semántico, un axis narrativo alrededor de un territorio –llámese casa, feudo o imperio– y de sus habitantes.

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