ALBERTO GARUTTI Y EL ARTE DE ENCENDER LA REALIDAD

Italia tiene la fortuna de haber sido suturada en varias ocasiones, aquí y allá, por la poética del artista Alberto Garutti. En ciertos lugares donde antes hubo un ruptura, una oportunidad de diálogo o una necesidad de enlace, Garutti produjo su hilo invisible y transmutó un espacio real en un escenario narrativo. Pero para entender su poética del arte hay que leerlo en varios planos al mismo tiempo. Saber que cada una de sus obras es un aparato circulatorio que impulsa sangre desde un órgano hasta un encuentro y en el trayecto pasa por el nacimiento, los perros, el paisaje, la arquitectura de las casas, los pájaros, los vecinos. Pasa por todos los hilos que componen el tejido de una ciudad, y pulsa más fuerte en los pliegues que apenas notamos los habitantes y transeúntes.

Alguna vez en la ciudad de Bergamo, Italia, por ejemplo, Garutti intervino los mecanismos eléctricos para que cada vez que nacía un bebé parpadeara uno de los faroles en la Piazza Dante. Cuando esto acontecía, el farol parpadeaba cada vez con más intensidad lumínica hasta que disminuía a la normalidad tras unos 30 segundos. Cerca de los faroles, en el piso, en una placa de piedra se leía:

LOS FAROS DE ESTA PLAZA

ESTÁN CONECTADOS A LA SALA DE MATERNIDAD

DEL HOSPITAL DE GHENT

CADA VEZ QUE LA LUZ PULSA LENTAMENTE

SIGNIFICA QUE HA NACIDO UN BEBÉ.

LA OBRA ESTÁ DEDICADA A ESE NIÑO, Y A LOS NIÑOS NACIDOS HOY EN ESTA CIUDAD.

Su pieza se llamó Ai Nati Oggi (A aquellos nacidos hoy) y funcionó desde 1998 hasta 2000. Fue una escena en vivo de natividad con carácter pictórico, por un lado, y por el otro fue un acontecimiento hecho de revelaciones, como él las llama. En el momento en que un caminante veía el parpadeo del farol y luego leía la cédula, su sistema nervioso se ramificaba por toda la ciudad hasta llegar a ese hospital y a esa nueva vida, y también, desde luego, hasta rememorar su propio nacimiento. Así, cada vez que nació un bebé se encendió una luz allí, en la Piazza Dante, y allá, en el mundo de las metáforas.

El método de Garutti es sutil. Su trabajo, además, tiene un mínimo impacto ambiental (como las luces que suavemente parpadean); reutiliza la arquitectura existente y es intencionalmente presentado como anónimo: él prefiere ser un invisible director del teatro de la realidad. De ahí que la manera en que el público se entera de que sus piezas están allí, resignificando alguna parte de la vida o de la ciudad, es por medio de la leyenda. Cada pieza suya va acompañada de un subtítulo que aparece en algún lugar de la ciudad e incluye una breve explicación y dedicatoria de la obra.

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Para Temporali (2010) la dedicatoria se publicó en la portada de un periódico gratuito y decía: “Esta obra está dedicada a aquellos que pasando por aquí mirarán al cielo”. Esta bellísima instalación estuvo compuesta de 200 lámparas de alógeno que se encendieron cada vez que un relámpago cayó en Italia. La atención del espectador estuvo entonces, más que en la pieza misma, en la maravilla: en imaginar un relámpago iluminando algún lugar de la península cada vez que el candelabro brillaba. Fue un homenaje sin precedentes al fenómeno lumínico y, por supuesto, a la relación que el arte mantiene con la naturaleza. Esta pieza se presentó en distintas versiones en Roma (2009) y en Turín (2010), y próximamente se presentará en el Faena Hotel en Miami Beach.

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La idea de revelación está concentrada en la relación de la pieza con estos subtítulos. La leyenda anuncia, explica y añade niveles de interpretación y significado a la obra: es el dispositivo que “enciende” la obra y le permite propagarse y acontecer. Como cuando uno lee la cédula debajo de una pintura o de un monumento, sube la mirada a la obra y la ve de manera distinta. El subtítulo es, en sus palabras, “un experimento lingüístico contemporáneo” que reencanta la realidad.

Alberto Garutti podría ser una combinación delicadísima entre un médico y un plomero industrial que reconecta los sistemas vitales, tanto humanos como urbanos, para que el flujo encuentre otros caminos o cambie de dirección. En otras palabras, descubrió una manera de discurrir en los pliegues de una ciudad para generar encuentros fortuitos. “Al final, ¿qué es una obra de arte sino un encuentro?”, dice el artista.

Creo que para que una obra exista como una pieza pública debe establecer un diálogo con la fábrica social y geográfica del lugar. Sólo al organizar una forma de encuentro –confrontación y seducción– entre la obra y su contexto, es posible que la obra cobre independencia y significado, que se convierta en un organismo activo capaz de adaptarse y modificarse a sí mismo mientras también está alterando el espacio social y el paisaje en el cual está insertado.

Fotografía cortesía de Spazio Torino.

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