Niños no ven delfines

RAÚL DEL POZO

Niños no ven delfines

El destierro es redondo: un círculo, un anillo:/ le dan vuelta tus pies, cruzas la tierra,/ no es tu tierra,/ te despierta la luz, y no es tu luz,/ hallas hermanos: pero no es tu sangre./ Eres como un fantasma avergonzado”. Pablo Neruda desentrañó con amargura el ronco desamparo del desterrado, la distancia infinita del alma sin raíces, los barcos cargados de españoles que huían a México, pero también el poeta chileno recibió reproches de una arrepentida comunista italiana. María Antonietta Macciocchi, en su devorador libro de memorias’ Dos mil años de felicidad’, le da un navajazo a Pablo, al que conoció en los viajes de la ‘nomenklatura’. Cuenta que bebía champán, alternaba con mujeres frívolas y se hospedaba en hoteles de lujo; según la escritora, Fidel Castro le había gritado: “Cuba es demasiado pobre para permitirse un cortesano tan caro”. Aunque escribiera con champán, supo expresar la agonía de la diáspora que aplasta a los homínidos desde la Edad de Piedra, especialmente a los judíos y a los griegos.

Carlos Oroza, el poeta maldito de nuestra juventud, nos daba la vara recitando que si el trigo creciera en las fronteras y no hubiera tantas patrias inútiles, otro gallo nos cantaría. Era un sueño ‘beat’ porque ahora mismo surgen nuevas fronteras en Europa y los políticos se mueven entre la hipocresía y la compasión. Tenía razónArturo Pérez-Reverte cuando dijo que siempre hubo centuriones en todas las fronteras del imperio. “Es contradictorio e imposible (y peligroso) disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros”.

Los 28 estados han aplaudido a los desterrados mientras colocaban alambradas. El reparto del éxodo provoca otra crisis de existencia a la Europa inacabada. Austria utiliza el ejército para parar la avalancha. Alemania suspende la comunicación por tren. Hungría arresta a los que intentan cruzar la línea de pinchos.

Y ahí siguen estando las islas griegas, aquellas que cuando llegaba un errabundo le preguntaban, sentados en las eras, que de dónde venía y qué sabía. Ese mar es el de la civilización y las emigraciones, que viene a ser lo mismo. Diáspora es una palabra griega y una constante realidad en el Egeo, donde las riscas y el cielo se unen. Irene Hdez.Velasco, enviada de EL MUNDO, escribe: “Lesbos, la isla de Safo, la tierra que tanto amaba Aristóteles, es escenario de un éxodo humano de proporciones bíblicas”.

La isla citada por Homero recibe, en plena vendimia, con la generosidad de siempre a los sirios, afganos, pakistaníes e iraquíes entre llantos de niños y zumbidos de mosquitos. Pero no pueden hacer más. La mayoría de la población es pobre y está acosada por los recortes. Antes, cuando llamaban a la puerta nunca se sabía si afuera estaba la propia Afrodita en forma humana u Orfeo, el encantador de delfines. Pero los niños no ven los delfines desde sus chalecos salvavidas, se agarran al cuello de sus madres para no morir. Y Europa, sitiada, con fronteras y sin ejército, no sabe qué hacer.

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