Mamá Merkel

Mamá Merkel

ULISES

RAÚL DEL POZOVer más

“Iré a otra tierra, hacia otro mar/ y una ciudad mejor con certeza hallaré”, dice el poema de Cavafis. El Mediterráneo de la eterna diáspora ha escrito en su arena un mensaje que ha cortado el resuello de Europa: siguen llegando desde el cielo aviones para matar niños y la última guerra de religión está convirtiendo nuestro mar en un cómplice de los asesinos, en un genocida. La Europa secuestrada por el nacionalismo y la xenofobia empezaba a poner muros en el balneario sin comprender que no hay alambradas para parar el éxodo. Desde la salida de Egipto de los judíos, perseguidos por los carros del faraón, hasta los españoles del éxodo y el llanto, una de las constantes de la historia es la huida de seres humanos -como huyen y emigran los pájaros- perseguidos por el fanatismo o el hambre.

España expulsó a los judíos, a los moriscos, a los afrancesados, a los liberales y, por último, a los republicanos. Hubo oleadas de emigrantes gallegos que dejaron en los pueblos a las mujeres viudas, mientras hervía el ‘pot’ -“pero, ¡caldo mío/ sola te he de cenar!”, diceRosalía-. Judíos, sicilianos, gallegos, irlandeses, alemanes, polacos, griegos… huyendo del hambre y de la persecución. A pesar de tanta desesperación, ni España ni Europa han estado a la altura en la última estampida del apocalipsis de la inquisición musulmana. Se escapan y, después, se encuentran con otro de los jinetes con guadaña: nacionalismo y xenofobia.

 

Hubo un país que abrió los brazos a los desterrados europeos, llamado Estados Unidos de América, donde una hija de sefardíes portugueses, Emma Lazarus, conmocionada por el aspecto de los emigrantes, escribió las palabras que están en la placa de bronce de una pared de la Estatua de la Libertad: “Tú, viejo mundo, quédate con tu lujo./ ¡Dame a mi tus masas,/ los pobres, los fatigados, que claman por la libertad!”. Hoy, a estas horas, si algo recuerda a los Estados Unidos de Europa, es Alemania, donde esta dama dura y ahorradora, a quien tanto hemos criticado, se ha convertido en la Estatua de la Libertad. Saludemos a esta mujer que evitó hace unas semanas el ‘Grexit’ y ahora ha abierto el balneario del euro a miles de refugiados. Los sirios desperdigados por los trenes y las alambradas ya la llaman Mamá Merkel. Ella se ha convertido en una madre misericordiosa que recuerda a los que llevan botas de pisar niños, cristianos, agnósticos o judíos que Alemania -a veces tan espléndida, a veces tan fanática- jamás olvidará sus culpas y por fin ha apostado firmemente por los derechos humanos. Además, este gesto majestuoso de la canciller de Europa puede sentar las bases de un futuro espléndido siguiendo la estela de los Estados Unidos de América.

Ese ejército de reserva se pondrá a trabajar como suelen hacerlo los que buscan patria huyendo de la tiranía: suelen ser los mejores, los más inteligentes, los más valientes. Mamá Merkel ha dado una lección a ese ultra, primer ministro húngaro que meterá en la cárcel a los que atraviesen las alambradas. Una lección para la peste del nacionalismo que nos acecha.

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