La clase escolar que no recibió: indignación

La clase escolar que no recibió: indignación

¿Cuál es el curso más importante que usted recibió en las aulas, aquello que mejor lo capacitó para enfrentar la vida? Y si no la recibió en un salón de clases, ¿cuál debió ser esa materia que tendría que haber estado en el plan de estudios? En su más reciente edición, la revista Intelligent Life hizo esta pregunta a varias personalidades y esto fue lo que encontraron: música, inteligencia emocional, cultura literaria, historia, geografía, actividades al aire libre, física.

Entiendo las razones que llevan a escoger cada una de estas opciones. Pero me parece que en países como el nuestro, hundidos en abismos seculares de corrupción, violación de la justicia y desigualdad, lo que verdaderamente habríamos necesitado recibir son mayores dosis de capacidad de indignación.

 
 

Estoy convencido de que si hubiésemos cursado en algún momento durante la primaria o la secundaria algo que se llamase Indignación I, Indignación II e Indignación III, este sería otro país. Nos hemos acostumbrado a padecer como contribuyentes, como padres de familia, como electores, como transeúntes, como consumidores, carencias e irregularidades que deberían ser insoportables. Y justamente esa normalización de la vida deficitaria a la que nos hemos acostumbrado es el motor que la reproduce de manera indefinida.

Cada día, desde que salimos a la calle hasta que regresamos por la noche a casa, los ciudadanos de a pie sufrimos la violación de una decena de derechos humanos y garantías básicas que ni siquiera percibimos. Desde el bache que ya no vemos, o la publicidad que nos engaña, hasta las groserías de un burócrata que no tendríamos motivos para tolerar.

En la serie de televisión Mad Men, ambientada en las décadas de los sesenta y setenta, hay un par de escenas que ilustran lo que quiero decir. Betty Francis, la remilgada exesposa de Don Draper, organiza un picnic familiar que termina siendo una escena idílica: mantel de cuadros, canasta campestre, bocadillos cuidadosamente preparados. Pero al terminar el picnic ella simplemente sacude el mantel para que los platos de cartón y las servilletas sucias se derramen sobre el pasto hasta entones inmaculado. Un cuadro irritante para cualquier espectador del siglo XXI. O la escena del doctor que revisa el abdomen de su paciente mientras sostiene un cigarrillo en los labios. Situaciones que resultaban normales hace 40 años y que hoy provocan indignación.

Me preguntó si dentro de medio siglo despertará alguna incomodidad insoportable contemplar una película que muestre la manera en que somos arrerebañados en el metro, a los niños pordioseros que se disputan los semáforos, las colas para gestionar un servicio público, o los corrillos, casi tumultos, de guardaespaldas que esperan afuera de cualquier restaurante de políticos.

Me temo que tales escenas seguirán siendo usuales a menos que nuestra capacidad de indignación se multiplique en los próximos años. Desearía que así como experimentamos algo irritante al pasar ante un grifo de agua que corre sin usarse, así también encontrásemos insoportable mirar el mismo bache día tras día afuera de nuestra casa.

Sólo la incapacidad para indignarse puede explicar que 43 estudiantes hayan desaparecido desde hace casi un año y ninguna autoridad haya asumido la responsabilidad de su fracaso. O que no suceda nada cuando el supuesto fiscal anticorrupción no ve conflicto de intereses en las propiedades adquiridas de manera inexplicable por miembros del primer círculo presidencial.

Aprender a sumar y a restar, saber quiénes fueron nuestros héroes o conocer las capitales de los países sin duda es importante. Pero estoy convencido de que aprender a indignarnos y actuar en consecuencia nos habría permitido construir un país mucho mejor. Eso no lo aprendimos en la escuela, y por desgracia hemos sido muy lentos para adquirirlo en la vida. Y todos los días pagamos las consecuencias.

@jorgezepedap

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