La ciudad que se queda

La ciudad que se queda

A partir de la próxima semana las cartas de este Cuévano vuelven a mirar de lejos a la Ciudad de México. Durante los pasados quince años le sobreviví un cáncer, dos infartos, todo el humo en los pulmones y toda eternidad en cada instante. Un poema memorizado en la Plaza de los Arcángeles de San Ángel, un beso bajo llovizna en el camellón ahora en peligro de extinción de Churubusco antes arbolado, largas conversaciones interminables al atardecer en Tlalpan y caminatas que siguen dando pasos fantasmales por todas las calles que forman el enredado crucigrama de una ciudad cacariza por los baches, hoyos hasta en las banquetas y ese necio afán de llorar en morado cada vez que las jacarandas inventan de nuevo primaveras.

Que la he visto desde la improvisada altura de sus segundos pisos viales y desde las madrugadas en recorridos interminables de callada sobriedad, la memorizo cada vez que leo las diferentes caras de sus siglos e intento inventarla cada vez que los embotellamientos del tránsito se vuelven el tráfico del tráfago. Que añoro eso que llaman su centro histórico, el perímetro de círculos concéntricos que parten del ombligo de su Zócalo como corazón palpitante, sacrificado todos los días en manos de miles que viajan todos los kilómetros subterráneos sobre una serpiente anaranjada y todas las vecindades donde confunden la palabra esperanza con la santa muerte, las caras de los albañiles y los rostros de todos los desaparecidos de siglos pasados, de la semana pasada. Los libros de madrugada, las ganas de llorar, la música de los vecinos, las biografías del Metrobús, los nombres de las calles, la ausencia de los árboles, el pulmón de los Viveros y las sombras de la Alameda Central, las torres anacrónicas y los pisos de azulejo. El olor de la comida en cada esquina y la venta de todo objeto imaginable en los semáforos, el desaparecido espectro de un panadero en bicicleta y el eco de un afilador de cuchillos, los silbidos de los camoteros, la grabación de los tamales oaxaqueños, los globos en Chapultepec, el Ángel que es Ángela sobre un pedestal que se hunde centímetro a centímetro cada año y la Diana que nunca sabe a qué le tira… La ciudad que de noche, desde la altura, parece una lluvia de millones de diamantes esparcidos sobre un terciopelo negro, espejo de piedra donde se reflejan las vidas de tanta gente buena junta.

Me llevo los abrazos de todos mis afectos envueltos en un paliacate de color morado, el sabor inigualable de ciertos tacos y la duda de por qué se baila tan buena salsa y son tan puro en este Valle de Anáhuac tan lejos del mar. Me llevo una sola bugambilia y el recuerdo azul de una mirada, la cabellera negra de las noches y todas las promesas que se me quedaron sin cumplir. Me llevo los libros de los mejores escritores que conozco en persona, la sonrisa intacta de mi padre y el deseo de que todos los niños que conozco han de carcajearse conmigo ya de adultos. En la ventana vuela una guayabera negra de un hermano que fue mi isla, la gorra de un amigo de Buñuel y el pañuelo con el que limpia pintura del aire una hermosa mujer inglesa que pinta sueños de sus recuerdos. En el pasillo se quedan dormidos mis perros en espera de que todo esto no sea más un largo sueño que ha de convertirse en párrafo… porque en realidad, me quedo en cada uno de los instantes que he vivido en la ciudad más grande del mundo.

http://internacional.elpais.com/

Deja un comentario