Herrumbrosas lanzas

ANTONIO LUCAS

Pinturas rupestres

A medida que la inocencia del toro se convierte en peligro, los muchachotes en Tordesillas aumentan su acoso al animal y estiran las herrumbrosas lanzas hasta los ijares del bicho. Es tradición desde el siglo XVI, dicen. Pero el avance de una sociedad también tiene que ver con la caducidad de ciertas tradiciones absurdas, crueles, cretinas o todo a la vez. Del Toro de la Vega al nacionalismo. Ambas deformaciones, sin ir más lejos, proponen algo ya muy superado: el placer corniveleto de mantener una falsa esperanza mediante un engaño. En la parte del animal, la salvación del morlaco por su propia audacia; en el caso de las neopatrias, por la voluntad de crear una arcadia sólo apta para los puros de corazón (y de estelada).

En Tordesillas los mozos conducen a la res hasta el punto y coma del campo, donde la muerte se huele en las risas de taberna, en la adrenalina batiente, en unos minutos criminales que tienen el punto álgido en un asesinato festivo, en una carnicería a traición por el costado. A esto lo han declarado Bien de Interés Cultural, porque este país (que a ratos va de mundano) esconde claves tremendas que no aguantan media hora de diván. A veces parece que estamos donde siempre, en el despatarramiento de la raza. En el tinto de mierda. En la cofradía de las moscas. En el testiculario desaprensivo. En el chavalón que marca paquete mental. En el ‘goyismo’ envenenado de los que no saben quién fue Goya. Ni lo que propuso pintando.

El Toro de la Vega es la tristeza de una fiesta deshumana. Envenenada de rabia y de ignorancia. Un capricho negro que no vale de nada. Una celebración del acoso. Una malformación del esperpento. En las televisiones y en los periódicos le damos mucha bola, que es la forma inversa de dejar caer una absurda tradición por marginal. La indignación dura, mayormente, dia o día y medio. Y después a lo que toca. No hace falta ser antitaurino para rechazar la barbaridad de Tordesillas. Igual que no hace falta ser pacifista para desconfiar de la cultura de las pistolas. No puede enclavijarse un abuso en el siglo XXI apelando a su tradición. El garrote vil también fue parte de nuestra historia.

Hay costumbres despreciables que si no se apagan es por exceso de atención. La del Toro de la Vega es una de ellas. Y además está subvencionada. Son detalles que perjudican a España. Como también perjudica el fanatismo de prohibir, por otro lado. Esto no es, como me dijo el otro día fulano de tal, una “gamberrada con lanzas”. Más bien se trata de la justificación de un agravio medieval. También estético. En esta ocasión el delirio ha ido un paso más allá: la muerte de ‘Rompesuelas’ (el toro despedazado ayer) fue declarada nula. No se ajustó a reglamento. Porque en Tordesillas hay un reglamento que estipula la calidad de un lanzazo, la legalidad del lanceador, la actitud en el golpe de gracia y la composición de la figura al vapulear al animal. Todo finísimo. Por estas cosas amo España, pero no consigo que me guste.

A ratos la Historia cae sobre los riñones por un gesto absurdo, por una costumbre arraigada, por una tradición insolvente. Por un nacionalismo lunático. Y uno ve de nuevo las risas dislocadas de los seres polimorfos de Buñuel en ‘Viridiana’. El augurio de la sangre en las encías. El salvajismo. El triunfo de un tiempo peor.

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