‘Folleu, folleu’

'Folleu, folleu'

CARLOS II tuvo catorce nodrizas oficiales y dieciséis de repuesto. Pese a tanto derroche de calostro y leche entera no consiguió preñar a ninguna de sus dos esposas. Aquellos polvos (sic) trajeron los lodos catalanes. Tras su muerte el forense descubrió que el monarca sólo tenía un testículo, diminuto y carbonizado, y que su corazón abultaba lo mismo que un grano de pimienta. ¿Era estéril? Sí, aunque fueron sus cónyuges las que cargaron con el mochuelo. Impotente, en contra de la leyenda, no. Rijoso a más no poder. Su primera esposa tenía prohibido llevar bragas para que su tela no obstaculizase los arrebatos del rey. La flojera de remos de éste se atribuía a un episodio de su infancia.

Tenía el principito cuatro años cuando Felipe IV murió. El protocolo ordenaba que el heredero besara a su progenitor en el lecho de muerte. Las cosas se complicaron. Alguien había tenido la ocurrencia de meter la momia de san Isidro en el lecho del agonizante por ver si de ese modo sanaba. Varios días yacieron juntos el monarca y la reliquia. El futuro rey se asustó al ver los apolillados restos del probo labrador y se negó a besar a su padre. Esa negativa, con el correr del tiempo, originó un complejo de culpa que, debidamente somatizado, se tradujo en esterilidad. Los saludadores aseguraron que el maleficio se extinguiría si el rey cumplía a título póstumo con su deber filial. ‘El Hechizado’ se avino, bajó con su primera mujer al pudridero de El Escorial, sacaron de su féretro a Felipe IV, depositó el hijo pródigo un beso en la descarnada mejilla de éste, hicieron mutis los cortesanos y allí mismo, rodeados por las osamentas de tantos reyes muertos como faraones hay en el valle de Luxor, copuló el último de los Austrias con María Luisa de Orleans. Y nada. Ni por ésas. No cuajó.

De tan extraño modo se puso en marcha -tictac, tictac- la espoleta de la bomba que estallará el 27 de septiembre. Sin el gatillazo, aunque gatillazo, en sentido estricto, no hubo, no se habría desencadenado la Guerra de Sucesión, los catalanes no habrían apoyado al Archiduque, el ejército borbónico no habría entrado a sangre y fuego en Barcelona, la Diada no existiría y el separatismo tampoco. Así se reescribe la historia: con renglones torcidos y en el catre.Sófocles lo adivinó y Freud lo diagnosticó. ‘Voteu, voteu’, catalanes, que ‘el món s’acaba’.

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ

http://www.elmundo.es/opinion

Deja un comentario