El ‘Valle de los Neandertales’

El 'Valle de los Neandertales'

Ulises

El otoño llega con la alegría del vino y el incendio de los crepúsculos, pero también trae un nuevo estrés, la enfermedad del siglo con bajada del ánimo, disminución de la serotonina, insomnio, pocas ganas de trabajar. Habíamos salido de la recesión y nos enfrentamos, ahora, con una crisis de Estado, además nos amenazan los desastres de una guerra lejana que ya acosa a Europa y la pone a prueba. Apenas ha disminuido aquel hábito de destrucción de nuestros primeros padres, y no me refiero a Adán y Eva, sino al mono artrítico y pajillero del que descendemos. El domingo inauguró Cristina Cifuentes el Valle de los Neandertales. Bienvenidos al alba del Terciario. Les esperan para comer mosquitos y para hacer terapia con sus antepasados. Así se enterarán de que nuestros abuelos -incluso los de los marqueses- eran unos tipos feos de cráneo bajo con arcos ciliares protuberantes.

Los psicólogos recomiendan para superar el estrés emocional-político, que nos amenaza, visitar ese valle y volver, como nuestros monos, a los árboles, no para gatear por ellos, sino para respirar el aire puro mientras utilizamos piedras para romper las nueces. Pasar de la política es de idiotas, de acuerdo, pero obsesionarse por las elecciones y los plebiscitos donde ya está todo el papel vendido, nos encogerá el cerebro. Casi todos los resultados electorales que anuncian las encuestas son nefastos, así que me ha comunicado mi psiquiatra que les diga: cuando les dé el bajón, váyanse a los valles de los monos y las arboledas perdidas y, si tienen con quién, se apareen sobre la yerba.

Decía Martin Luther King que, aun si el mundo fuera a estallar, él plantaría un árbol. Es lo que han hecho en Madrid las últimas alcaldesas, aunque en las vísperas de otoño ese bosque interurbano ha sufrido el castigo de las tormentas y también el estrés. A pesar de que los árboles suelen morir de pie, el huracán no ha entendido ni de castas ni colores y ha arrancado de cuajo hasta 600 árboles -algunos deslumbrantes plátanos-. No han funcionado los sofisticados mecanismos que los protegen de los predadores.

Los 73.000 plátanos de Madrid se avisan unos a otros del peligro y han evitado que el verano nos haya socarrado. Por algo los antiguos adoraban ese prodigio. Jerjes ‘el Grande’, hijo de Darío, comandante de un ejército de 1.700.000 soldados reclutados para vengarse de Atenas, quedó alucinado al descubrir ese árbol que era símbolo del genio griego porque los filósofos se sentaban a su sombra. El rey persa se enamoró de él y lo adornó con las joyas de la corte. Lo declaró esposa y amante, llegó a decir que era una diosa.

Luis Cernuda desde la habitación de su exilio de Oxford también quedó boquiabierto ante el árbol que nació de las semillas traídas desde el desfiladero de las Termópilas. Cantó sus poderosas ramas extendidas sobre las corolas de azafrán, jacintos y asfódelos (gamones), se enamoró de su fragancia y de «la secreta premura de la savia, ascendiendo tal si fuera el latido de su propio destino».

RAÚL DEL POZO

http://www.elmundo.es/opinion

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