El poder depredador del hombre

RAFAEL BACHILLER

El poder depredador del hombre

LUIS PAREJO

¿Tiene curiosidad por saber lo que los científicos denominan superpredador? En ecología, un superpredador es el animal que, situándose en lo alto de la cadena alimentaria de su hábitat, no sufre depredación natural. Las especies superpredadoras juegan un papel esencial en la evolución del ecosistema: en un sistema en el que hay dos especies que compiten entre sí creando una relación inestable en el tiempo, el superpredador que saquea a ambas especies puede ayudar a crear estabilidad; pero en otros casos, actuando de manera sistemática sobre una cadena alimentaria, una especie superpredadora introducida de manera más o menos repentina en un ecosistema puede llegar a desestabilizarlo completamente. Un nuevo estudio viene a confirmar ahora que la enorme presión ejercida por el ser humano sobre la fauna salvaje puede tener un impacto extremo sobre esas poblaciones biológicas.

El estudio, publicado hace unos días en la revista Science, ha sido realizado por un equipo coordinado por Chris Darimont de la Universidad de Victoria (Canadá) mediante la comparación del impacto ocasionado por el ser humano en su ecosistema con los efectos ocasionados por otros depredadores no-humanos. El equipo ha pasado revista a 2.125 casos de depredación sobre especies salvajes repartidos por (salvo la Antártida) todos los continentes y océanos terrestres. Los números hablan por sí mismos: los humanos explotan la pesca a un ritmo 14 veces superior, en término medio, al de los otros depredadores marinos. El ritmo de explotación ejercido sobre grandes carnívoros (como osos y leones) es nueve veces mayor que el de la depredación mutua de estas especies en la naturaleza. A manera de ejemplo, la industria pesquera captura cada año el 78% de la población adulta de salmones de Alaska, mientras que los otros depredadores mayores de estos salmones, los grandes osos grizzly, apresan el 7% de esta población. Otro ejemplo: los humanos capturamos cada año el 32% de los pumas americanos, mientras que la depredación no-humana es responsable de la muerte del 1%.

Como omnívoros, los seres humanos podemos actuar sobre una gran variedad de presas y no estamos sometidos a ningún mecanismo de autorregulación: no estamos obligados a disminuir la presión sobre un tipo de presa cuando se encuentra en peligro de extinción, pues podemos pasar a capturar otras presas. El estudio de Darimont y colaboradores ha considerado cuantitativamente el nivel de depredación según el nivel trófico de la presa, esto es, según el lugar que ocupa el organismo depredado en la cadena alimentaria. En el mar, el impacto es enorme sobre todos los escalones (por ejemplo: anchoas, atunes o tiburones). La industria pesquera captura cada año más de 100 millones de toneladas de peces, una cantidad demasiado grande como para que la población animal pueda renovarse de manera sostenible. Sorprendentemente, la presión ejercida por los humanos sobre los grandes animales terrestres carnívoros es más elevada que sobre los herbívoros, aunque los primeros no son objeto de nuestro consumo directo. Con vistas a labrarnos un futuro sostenible, resulta sumamente importante estudiar la evolución que van a sufrir las poblaciones animales dependiendo tanto de los factores ambientales naturales como de las modificaciones ejercidas por el ser humano.

La evolución temporal de las poblaciones biológicas en un ecosistema puede estudiarse mediante una técnica denominada “dinámica de poblaciones”. Se trata de modelos matemáticos que simulan el crecimiento o disminución de las poblaciones animales de acuerdo con la interacción entre ellas y con los factores ambientales. Un caso prototípico estudiado por esta disciplina se dio en San Mateo, una remota isla en las gélidas aguas del mar de Bering. En esta isla desierta, que tiene unos 50 kilómetros de longitud y está situada a unos 300 kilómetros de las costas de Alaska, desembarcó el 20 de agosto de 1944, bien avanzada la II Guerra Mundial, un pequeño grupo de la Guardia Costera de los Estados Unidos para la instalación de un sistema de radionavegación de largo alcance. Los guardias costeros llevaban consigo un grupo de 29 renos que debía servir de ayuda para los trabajos y aprovisionamiento. Los renos encontraron para su alimentación una espesa capa de líquenes cubriendo la isla. Cuando terminó la guerra, al año siguiente, las instalaciones militares fueron desmanteladas y el equipo humano abandonó la isla, dejando tras de sí el grupo de renos que daría lugar a un asombroso experimento.

La isla no fue visitada nuevamente por humanos hasta 1957, cuando un grupo de investigadores se quedó admirado al desembarcar. En tan solo 13 años, la población de renos había crecido de los 29 iniciales a 1.350 miembros que se encontraban muy saludables. La generosa vegetación, el clima favorable y la ausencia de depredadores superiores (los únicos mamíferos sobre la isla eran algunos pequeños roedores y zorros árticos) propiciaban una tasa alta de nacimientos y baja de mortandad. La siguiente visita a la isla tuvo lugar en 1963, cuando un nuevo grupo de investigadores contó la vertiginosa cifra de 6.000 renos. La población se había más que cuadriplicado en tan solo tres años, pero ahora los renos ya no estaban tan saludables: el peso medio de los animales había disminuido en un 40% respecto del peso medio en 1957. Los líquenes, alimento principal de los renos durante el invierno, habían desaparecido casi completamente de la isla y durante el invierno de 1963 a 1964 había habido grandes nevadas que, posiblemente, cubrieron el terreno. Cuando en el verano de 1966, un grupo de estudiosos regresó a San Mateo se encontró un espectáculo dantesco: miles de osamentas esparcidas por toda la superficie de la isla. Durante los tres últimos años la población se había reducido a 42 ejemplares vivos, entre los cuales tan solo quedaba un macho que era estéril. El último reno murió en 1982.

El crecimiento y el declive de una población biológica con especies animales introducidas desde el exterior han sido observados en otras islas presentando un comportamiento similar al que se vio en San Mateo. Los estudios de dinámica de poblaciones muestran que este proceso de evolución y declive es un resultado del desarrollo limitado del ecosistema y de la ausencia de factores que puedan contribuir a la regulación de la población. En San Mateo, los mecanismos que dominaron la población de renos fueron la disponibilidad de alimento y las condiciones climáticas. Resulta muy tentador establecer un paralelismo entre la población de los renos de San Mateo y la población humana en nuestro planeta. Es cierto que hay grandes diferencias entre el pobre ecosistema de la isla y el riquísimo despliegue de vida en la Tierra. Pero, como durante los buenos tiempos de la población de renos, la población humana crece hoy de manera exponencial y, como en San Mateo, en esta isla denominada Tierra los recursos también son limitados.

Al actuar con su inmenso poder depredador, el ser humano tiene hoy la capacidad de quebrar las cadenas alimentarias y de desequilibrar completamente los ecosistemas en todos los continentes y océanos. El estudio de Darimont muestra sin ambigüedades cuán intenso es hoy el impacto humano sobre la fauna salvaje.Entre depredadores animales, las presas tienden a ser individuos jóvenes y débiles, mientras que el humano no establece diferencias en la pesca indiscriminada. En algunas circunstancias, como en la caza mayor, prefiere las presas adultas que constituyen los mejores trofeos, lo que repercute negativamente en la capacidad de reproducción, causándose así un efecto adicional de depredación indirecta.

Para conservar el maravilloso legado ecológico del planeta no nos queda más opción que ir cambiando progresivamente las técnicas de pesca y caza. Los autores de este trabajo de investigación proponen, por ejemplo, respetar a los animales adultos en plena capacidad reproductora, una idea que parece entrar en contradicción con las recomendaciones actuales que favorecen la protección de los animales más jóvenes. Por encima de todo, debemos poner límites a nuestra capacidad de depredación y, para ello, quizás debamos inspirarnos en el comportamiento animal e ir imitando las pautas de depredación no-humana que ya han demostrado ser un modelo de sostenibilidad a largo plazo.

¿Aun tiene curiosidad por saber lo que los científicos denominan superpredador? Mírese al espejo.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

http://www.elmundo.es/opinion

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