Celebrar La Independencia Olvidando La Conquista

Celebrar La Independencia Olvidando La Conquista

Cada 15 de septiembre el pueblo mexicano festeja eso a lo que llama libertad, grita vivas a sus héroes que le dieron patria, a los de cajón de cada año, y a los que cada presidente improvisa en cada festejo, o los que estén de moda (apuesto por Leona Vicario para este año). Millones de vivas en las gargantas y luces multicolores en los cielos conmemoran una independencia que aún no consolidamos en nuestras mentes.

Todo el jolgorio va acompañado de las correspondientes mentadas e improperios, porque para que México viva, tiene que ser de forma violenta: ¡Viva México, Cabrones!; mejor aún, ¡que viva México, hijos de la Chingada! El insulto va contra cualquiera que quiera tomarlo.

Así se festeja la mexicaneidad, con alcoholes, con mentadas, con música y con fiesta. Ese día, a veces hasta ese mes completo, todos somos mexicanos y patriotas, se lleva a México en la piel, o en su defecto en los cofres de los taxis y las antenas de los “micros”. Otros tantos desfilan con sarapes bigotes y sombreros, al estilo revolucionario para festejar la independencia; eso sí, nos molesta que el extranjero tenga el estereotipo del mexicano con sarape y sombrero.

Pero el resto de los días del año y cada año de su vida, desde hace 200 años y contando, el mexicano no es verdaderamente libre; ya que la única verdadera libertad está en la mente; y precisamente ahí, muchos mexicanos siguen conquistados. Puede haber muchas formas de conmemorar nuestra libertad, pero lo que en realidad deberíamos hacer, unidos como pueblo (fenómeno casi nunca visto en la historia), es festejar nuestra independencia con un acto simbólico de vital importancia: es momento de olvidar la conquista. Sólo entonces seremos verdaderamente libres.

Nos decimos libres desde 1810, pero en el siglo XXI los lastres de la conquista siguen en el inconsciente del mexicano, arrastramos como ancla la conquista a pesar de festejar la independencia. Muchos vivas a los héroes que nos dieron patria y a la libertad…, pero nos seguimos definiendo, y comportando, como un pueblo conquistado, por mucho que festejemos la libertad, lo que nos marca es la conquista, el trauma nunca olvidado del mexicano.

Hoy en día seguimos lamentándonos de los hechos del pasado, pero no sólo de la conquista, que desde luego es fundamental, sino de todas las desgracias de hace décadas o siglos, siempre que de alguna manera sirvan para justificar nuestras desgracias actuales. El español nos conquistó, nos sometió y nos saqueó…, seguir con eso a más de 500 años de ocurrido el evento sólo puede catalogarse como un complejo, y uno grave además, algo que no dejamos ir.

El norteamericano es el nuevo conquistador y ocupa el lugar del español en nuestras lamentaciones históricas y hasta se ha ganado tal vez más rencor y más mentadas… tampoco lo soltamos. Así como seguimos hablando de la conquista y culpando a ese evento de nuestros pesares actuales; seguimos también vociferando contra “el imperialismo yanqui”, seguimos recordando la guerra contra ellos en el siglo XIX y los seguimos acusando de robarnos el territorio, lo recordamos constantemente: el despojo de más de la mitad del territorio nacional…, y ahí están los Niños Héroes para que nunca se nos olvide.

Nos encanta pregonar que seríamos ricos si el español no hubiera explotado toda nuestra riqueza y que seríamos potencia si nuestros vecinos no se hubieran quedado con el territorio del Norte. Todo esto, por cierto, hace evidente otra idea vieja, gastada e inútil: que la riqueza de un país depende de sus recursos naturales; es decir, de la suerte geográfica. Sin embargo hay países mucho más pequeños que el nuestro, con menos territorio y casi ningún recurso natural, pero inmensamente más ricos.

México, con sus casi dos millones de kilómetros cuadrados de territorio tiene un ingreso per cápita de 11,000 dólares anuales. Singapur, un país independizado en la década de los sesenta, primero de Inglaterra y luego de Malasia, con un territorio pantanoso e infértil de 692 kilómetros; es decir, la mitad del Distrito Federal, genera más del triple de riqueza. Claro que no van por ahí lamentándose de que los conquistaron los ingleses y luego los malayos; y a falta de recursos naturales se han dedicado a desarrollar al más importante de los recursos, que es además 100% renovable: el cerebro humano. Aquí seguimos diciendo que “sin máiz no hay páis” y que la soberanía reside en el petróleo.

Hasta la década de los setenta se festejaba la independencia diciendo “mueran los gachupines”, es decir, regenerando el odio. Ya en el siglo XXI hubo legisladores que hicieron un escándalo porque fue nombrado como secretario de gobernación un mexicano nacido en Madrid, y somos el único país del mundo que se desgarra las vestiduras porque en su Selección Nacional hay jugadores naturalizados, que viven en México, trabajan en México, meten goles (o lo intentan) para México, que decidieron ser mexicanos por voluntad y no por un azar de la vida…, pero que cometieron la terrible falta de no nacer en México.

No importa cuánto tiempo pase después de la independencia, y con cuántos gritos la festejemos; en el fondo, en la mente, ahí seguimos conquistados, y esa es la libertad que tanto necesitamos. Festejamos la independencia, pero por triste que resulte, el evento que nos sigue marcado es la conquista. De nada sirve tener años o siglos de independencia, si no se supera una conquista de hace medio milenio, y seguimos pretendiendo que ese evento marca nuestro destino como pueblo. Así nunca seremos libres.

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