Un día de sol

antonio serrano cueto  Lejos de la carretera y los caseríos, flanqueada por roquedales que inunda la pleamar y sin accesos visibles en la bajamar, Cala Dorada, llamada así porque el crepúsculo baña con oro la espuma de las olas, es frecuentada por una veintena de nudistas que han
sellado un pacto de silencio, a fin de mantener la playa alejada del conocimiento de los mortales. Cada año, al cumplirse el aniversario del naufragio, acuden allí desde lugares remotos y entregan por unas horas sus cuerpos salitrosos a los rayos del sol.
El fragor de las olas, el bramido rasante del viento y la queja solitaria de alguna gaviota ponen música al silencio sepulcral de los nudistas. Cuando el sol comienza a humear por Poniente, levantan sus cuerpos descarnados, se miran melancólicos y regresan a las profundidades.

Antonio Serrano Cueto

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