¿Es el hot-dog pizza una señal de que se avecina fin de la civilización occidental?

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El hot-dog pizza ha llegad como un mesías de la comida de confort y no sin controversia. Algunos ven en este invento de Pizza Hut una forma creativa de ofrecer pizza, uno de los alimentos más populares del mundo y quizás también, en la versiones que ofrecen las grandes corporaciones de fast-food, uno de los menos sanos del mundo. A esto se le suma el clásico hotdog, en este caso una pizza con un halo de 28 mini hotodgs, una corona angelical de harina, queso y salchicha –para algunos el cielo está en una pizza. Otros seguramente le verán más cara de monstruo a esta pizza.

Los puristas reclaman que este concepto tal vez ni siquera debería de ser considerado una pizza; pero un prestigioso pizzero, según The Atlantic, ha confirmado que se trata de una pizza (no viola la esencia, el arquetipo, la forma platónica de la eterna Pizza). En el Washington Post se preguntan si es una señal del final de la civilización occidental (¿pagados por Pizza Hut?). ¿Somos una armada de zombies con serios problemas de sobrepeso marchando hacia nuestra propia destrucción? O,  ¿quizás deberíamos de aprender a relajarnos y disfrutar de la vida (y de la fritura) sin tanta moralina, de lo mejor de Alemania e Italia en la masa de Estados Unidos: el hotdog-pizza, la gran creatividad de la mente humana?

El hot-dog pizza recuerda los spoofs de Saturday Night Live de Taco Bell: tacos que eran también hamburguesa, pizza y hotdog, todos en uno, en una ciencia alimenticia a la Frankenstein.

Lo peor de todo es que de manera oscura, para algunas personas, ya salivando, víctimas de la falta de la programación mental y la concupiscencia, este post sobre el hotdog pizza servirá como un anuncio. Quizás para dejar algo positivo, valdría recordar que un mundo donde existen cosas como el hotdog-pizza no debe tomarse muy en serio (es como si hubieran caballos con cabeza de cerdos y alas), de hecho quizás pueda servir como la señal perfecta para recordarnos que es un sueño, como suelen repetirse algunos monjes budistas constantemente, para despertar de la ilusión.

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