En busca del silencio perdido

 

John Cage’s 4’33”

En busca del silencio.

REBECA YANKE

 

Que el silencio puede convertirse en ruido lo demuestra el peso, a veces insufrible, de una soledad indeseada. Que el ruido puede hacerse silencio lo revela cualquier esquina de cualquier ciudad, convertida en la actualidad en un paseo de autómatas que, cabeza abajo, revisan su dispositivo móvil -léase teléfono inteligente- con afán, como si en cualquier momento pudiera suceder algo y nadie quisiera perdérselo: el último viral, la última noticia, la mejor oferta de viajes, el seguimiento constante del Whatsapp u otras aplicaciones similares, ésas que insisten en que estemos permanentemente conectados. Una vez más, por si pudiera suceder algo. ¿Y el vacío?¿Y el silencio? ¿Dónde está? Parece ausente porque se está olvidando no sólo cómo se practica sino también los beneficios que aporta probar, de vez en cuando, a estar 15 minutos callado; vivir en uno mismo.

Aventurero aquel que, una tarde cualquiera, decide echarse bajo un árbol a disfrutar su sombra y, como mucho, leer un libro. Osado quien, al llegar a casa, en lugar de encender la televisión se sienta en el sofá del salón, o se tumba en la cama, y piensa en el día que termina mientras mira, plácidamente, las musarañas. Extraños los que, el lunes por la mañana, mientras acuden al trabajo, en el autobús o en el metro, en lugar de revisar obsesivamente las distintas aplicaciones que contiene su ‘smartphone’, piensan, ¡qué arrebato!, en aquello que no terminaron la semana anterior, en lo que les gustaría conseguir en la semana que comienza, en lo que les aflige o en lo qué le alegra.

En la era del ‘micromomento’, donde cualquier ciudadano consulta su teléfono hasta 150 veces al día-según dicen los estudios sobre el impacto de la tecnología-, disfrutar del vacío es un atrevimiento que sólo practican con naturalidad aquellos que necesitan estar callados más a menudo de lo que resulta habitual en el escenario contemporáneo. Los que viven una vida monacal, y los artistas. Inmersos en el ruido tecnológico, reflexión e introspección -lugares donde habita la quietud- son sustantivos proscritos. ¿Por qué cuesta tanto disfrutar del silencio? ¿Aterra? ¿No sé entiende su utilidad?

La psicología advierte de que estamos tan habituados al ruido quepercibimos el silencio con sensación de extrañeza, de desasosiego, como si algo inesperado y sorpresivo fuera a ocurrir». Habla José Carrión, especialista en la asunción y en las consecuencias de la tecnología y las redes sociales en el devenir diario de las personas. “El silencio fomenta el juicio interno, ése que a menudo se quiere evitar por miedo a llegar a conclusiones decepcionantes y por miedo a quedarnos con nosotros mismos”, sostiene.

En un mundo en el que “toda la gente está pendiente de su teléfono móvil”, se pregunta el escritor Vicente Luis Mora -siempre interesado por los cambios que producen las revoluciones digitales- “si lo problemático del silencio, cuando se piensa en términos sociales, es que no sabemos si es bueno o malo. En principio, diríamos que las grandes multinacionales de la tecnología han terminado con las conversaciones”.

Responsable de obras como ‘El lectoespectador’, Mora se acuerda de lo que decía el filósofo Gilles Deleuze: “Hoy estamos anegados de palabras inútiles, en cantidades ingentes de palabras e imágenes. (…) El problema no consiste en conseguir que la gente se exprese, sino en poner a su disposición vacuolas de soledad y de silencio a partir de las cuales podrían llegar a tener algo que decir”.

“Y entonces ves de súbito las cosas de otra forma”, continúa Mora, “esas vacuolas son en realidad necesarias para pensar qué estamos diciendo, sobre qué estamos hablando, qué fotos o vídeos estamos compartiendo y por qué. Cuando todos hablan, quizá lo revolucionario es callar”.

Deleuze -junto con su compañero de desvelos, el también filósofoFélix Guattari- también dijo que “toda sensación es una pregunta, aun cuando sólo el silencio responda”. Y Pedro Cuartango, adjunto al director de este periódico que, algunas mañanas, se sienta en un banco de un parque cercano un rato, antes de venir al trabajo, también cree en “el silencio como forma de rebeldía”.

“Es lo único que no se puede manipular, es en el silencio donde se captan más matices, y es una de mis grandes aficiones y de los grandes momentos de mi vida, recuerdo la estampa de los cartujos mientras pasean, y he añorado siempre la vida contemplativa; me fui al otro extremo”, reflexiona este periodista que dedica columnas de opinión a las hojas de los árboles, a la tortilla de patatas e incluso a los paseos que daba con el mismo Deleuze, en el año 1975, por los bosques de la Universidad de Vincennes, en París.

‘El gran silencio’ se titula, precisamente, el documental de Philip Gröning que, en 2006, mostraba por primera vez el Grande Chartreuse, el monasterio de la orden de los Cartujos en los Alpes franceses. Más cerca de nosotros, en la provincia de Burgos, desafían cada día la azarosa vida digital los monjes que habitan elMonasterio de Silos. Dice el Padre Prior Moisés Salgado que “los que eligen la vida monacal necesitan más silencio que otros” pero también que quienes viven “más fuera [de sí mismos] que dentro deberían también cultivarse en soledad”.

En busca del silencio perdido

“No puede haber ser humano cabal si no practica el silencio”, dice Moisés Salgado, Prior del Monasterio de Santo Domingo de Silos

ILUSTRACIÓN: LUIS PAREJO

“Los monjes lo necesitamos como algo vital, pero no puede haber ser humano cabal si no practica el silencio, no se es ni maduro ni sensato ni libre si el ser humano no entra en sí mismo. Las personas que no son capaces de estar en silencio son peligrosas, sobre todo si tienen responsabilidades sociales», argumenta este monje cuya comunidad, pese a vivir en silencio, ha sabido ponerse a tono con el siglo XXI y dispone de página web. Es más, cuesta muy poco charlar con Moisés Salgado, basta con marcar el número que aparece en la web en las horas que se señalan. Él responde y habla.

Cuando se le pregunta al prior por qué nos cuesta practicar el silencio, dice que “cuando el hombre se vuelca en el afuera se olvida de los sótanos, que están llenos de telarañas dolorosas”. Se acuerda Moisés de “la herida, y de que el silencio nos lleva irremediablemente hacia ella”.

Son la quietud y el rasguño también los que fomentan la obra artística, en especial la poética. “El silencio es luz/ el canto sabio de la desdicha”, escribió la poeta argentina Alejandra Pizarnik. En España, hay dos nombres íntimamente ligados a la concepción del silencio como acicate del ser, o como la única posibilidad de que el ser se revele: la filósofa María Zambrano – “lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando”- y el poeta José Ángel Valente- “toda la noche me alumbres/ redonda en el silencio/ toda la noche, luna,/alúmbresme en el cielo”-.

Zambrano fue discípula de Ortega y Gasset, cuya defensa del “ensimismamiento” frente a la “alteración” sirve aún de base conceptual, a la hora de defender el silencio, al profesor Enrique Ferrari Nieto, autor del libro ‘Resistencias con lo digital’. “Me interesa mucho lo que tiene el silencio de metonimia de la reflexión pero también la asociación, por oposición, que ha cuajado estos últimos años entre la recepción actual de la información, ingente, y el silencio, antes necesario para poderla asimilar, que ahora parece que ha desaparecido, como si al aumentar exponencialmente la información se hubiera acabado con el silencio, porque la recepción de la información nunca para”, expone.

En busca del silencio perdido

“Cuando todos hablan, quizá lo revolucionario es callar”, dice el escritor Vicente Luis Mora.

ILUSTRACIÓN: LUIS PAREJO

También le viene a la mente, y muy rápido, el libro ‘El silencio de la escritura’, del que acaba de ser nombrado Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, Don Emilio Lledó. “Enfrentaba el ‘espacio sobresaturado de información’ de un presente ‘cada día más electrónico’, decía en 1990, a la tarea interpretativa de la escritura y el pensamiento”.

Lledó, como Ortega y Gasset, ve en el silencio, o en el ensimismamiento, la única posibilidad que tiene el hombre “para concentrarse en sí mismo y olvidarse de su entorno sin correr peligro”. Pero Ferrari también sabe hablar del silencio -cosa en sí complicada- con ejemplos sencillos: “Me he acordado también de la fórmula E, con coches eléctricos, que los aficionados rechazan porque no hacen ese ruido ensordecedor, como si fueran incompatibles la velocidad y el silencio, lo que corroboraría la tesis de Lledó (que habla de la velocidad de la imágenes en la cultura actual frente a la escritura y el pensamiento) en un plano menos abstracto, más intuitivo”.

Un filósofo de hoy como Javier Gomá, autor de una trilogía que tiene como hilo “la experiencia de la vida” -‘Imitación y experiencia’, ‘Aquiles en el gineceo’, ‘Ejemplaridad pública’-, explicaba hace pocos días a este periódico que “en el siglo XXI convergen dos fenómenos aparentemente contradictorios y exclusivamente modernos, el individualismo radical y el colectivismo”. “Se han llevado al extremo tanto uno como otro, el yo rebelde y el yo social, que encuentra en las redes sociales su quintaesencia, y esto ha sucedido al mismo tiempo que se desarrollaba la literatura sapiencial, esto es, la industría del conócete a ti mismo. La cultura moderna tiende a la expresividad, cuando hasta el siglo XVIII se fomentaba la virtud, pero luego comenzó a valorarse la sinceridad, lo auténtico, y las redes han permitido que todo eso se generalice”.

Gomá, que dirige la Fundación Juan March, advierte: “En la naturaleza el silencio en realidad no existe, siempre existe el sonido del viento, el agua, el mar o las hojas de los árboles”.

http://www.elmundo.es/cultura

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