Dulces sueños

ernesto ortega  El niño dio un largo bostezo, cerró los ojos y se abrazó a la almohada. Agotado de corretear de un lado para otro, el conejo se detuvo, miró al pequeño, afirmó con la cabeza y, de un salto, desapareció dentro del sombrero. El monstruo se ocultó en el armario y las hadas se esfumaron, dejando una nube de estrellas en la habitación. El caballero y el dragón, vencidos por el cansancio, acordaron una tregua, y la princesa, que hacía rato que se había puesto el camisón, se retiró a sus aposentos. El padre cerró el libro y apagó la luz.

Ernesto Ortega Garrido

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