DESPEDIDA, TRANSFORMACIÓN Y FLUJO: SOBRE COSTUMBRES FUNERARIAS

 

Todas las despedidas tienen algo de ritual. La más definitiva, claramente, es la de la muerte y en el ritual funerario hay una doble despedida: la de los seres queridos, que visten, maquillan, embalsaman o creman el cuerpo del difunto y, para la mayor parte de las religiones, la del alma misma, que abandona al cuerpo.

La separación es la imagen que más asociamos con la muerte y la sensibilidad humana ha preferido entenderla como una despedida que promete un reencuentro en el más allá, la reencarnación o la resurrección, por ejemplo. Pero ante la solidez mitológica de esta promesa cabe la incertidumbre: la complejidad de los diferentes rituales funerarios alrededor del mundo es una evidencia de esto.

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La transformación

Como base de muchos rituales funerarios está la transformación de la materia: el deseo de permanecer y, sobre todo, la angustia ante la desintegración del cuerpo, algo evidente entre los egipcios en la momificación y los intrincados entierros de sus faraones, sepultados con todas sus posesiones, incluidas mascotas, sirvientes y consejeros más cercanos (todos ellos enterrados vivos), con el fin de continuar su vida y mantener su estatus social. En otras épocas y latitudes, la indumentaria de duelo también cumple algunas de estas funciones, aunque del lado de los vivos; un bello ejemplo son los anillos de luto en Inglaterra, joyería que integraba entre sus materiales cabello del difunto, bordado en trenzas intrincadas y 972246_F3_gif34f3c13d4393a172d1de88a3c7919019enmarcado en oro y cristal.

La destrucción o transformación del cuerpo es necesaria, en primer lugar, para liberar el alma. Pero el tiempo en que se logra esta separación definitiva depende de cada comunidad. El famadihana,celebrado por los habitantes de Madagascar, es un ejemplo de la prolongación de este estado intermedio en que el cadáver no está todavía por completo deshabitado, sino que contiene algo del espíritu del difunto. Bajo la creencia de que el alma no se liberará hasta que la descomposición sea absoluta (el cuerpo y el alma están unidos como “el arroz y el agua”; como el presente y el pasado), los betsileo exhuman los cuerpos de sus familiares después de varios años, limpian los huesos y los envuelven en seda; después de esto, los cuerpos son levantados en hombros por los familiares, que bailan al son de música en vivo. Algunos les platican sobre sus vidas y piden consejo a sus ancestros, antes de regresarlos a la tumba y continuar con los festejos.

 

Los zombies y el atrapamiento del alma

El miedo a que el alma quede atrapada en un cuerpo en descomposición subyace a varios rituales. Y probablemente explica la simultánea atracción y repulsión que hoy sentimos ante los zombies. Sin embargo, los muertos vivientes como detonante del horror, el drama post-apocalíptico o la comedia no son una invención del género cinematográfico, ni siquiera de la literatura. En realidad se originan en un miedo primordial, el de un cuerpo poseído, animado por una fuerza distinta, inframundana, que de todas maneras lucha por “sobrevivir”. En el uso coloquial de este término, sobresalen el miedo a ser poseído por un poder superior (muchas veces, una corporación o sistema burocrático) y a perder la voluntad propia. Las imágenes más gore, en cambio, nos recuerdan un temor arraigado en lo mórbido de la muerte: la putrefacción de la carne.

El término y el concepto mismo de zombie tienen origen en la religión haitiana del vudú, especialmente en sus prácticas periféricas, y juegan un papel importante en el folclor de esta cultura. El temor predominante entre los creyentes no es el de ser atacado por un zombie, como en las representaciones actuales, sino el de convertirse en uno y ser utilizado para propósitos negativos a través de la magia de un boko –miedo cultural que quizá sea un eco de la esclavitud–.

 

Facilitar el flujo

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Quizá una respuesta al famoso poema del mexicano Jaime Sabines (“¡Qué costumbre tan salvaje esa de enterrar a los muertos!”) son las formas de propiciar la descomposición que se relacionan con ciclos naturales de un ecosistema. En el Tíbet es muy común dar como alimento los cadáveres a aves de rapiña, para que de esta forma continúen como elemento nutricio en el ciclo de la vida, además de que así migran de la tierra al aire; la reunión con el agua, por otra parte, es fundamental en los rituales de cremación a orillas del Ganges. En varias comunidades se ha registrado incluso la ingesta de partes del cadáver (por ejemplo, la ceniza preparada en una sopa después de la exhumación y/o cremación) como otra forma, mucho más directa, de reintegración del difunto al ciclo vital y a la sociedad.

 

Ritos innovadores VS un sentir milenario

Con el crecimiento urbano, sin embargo, nos enfrentamos a problemas graves como la falta de espacio en los cementerios. Por otra parte, muchas personas comienzan a reconsiderar la practicidad de comprar o rentar un terreno, a precios cada vez más altos, en el que no vivirán; también la preocupación por preservar el ecosistema ha modificado las formas de desintegrar los cuerpos. Aun así, persiste el sentimiento de pérdida ante la casketperspectiva de no tener un lugar en la tierra después de muertos, casi como quedar sin hogar; por esta razón, en grandes ciudades, se ha proyectado la creación de redes sociales que funcionen como cementerios virtuales cuando ya no hay un espacio físico donde hacer ofrendas a los muertos.

Se han contemplado distintas soluciones que satisfagan al mismo tiempo la necesidad del ritual mortuorio, inmanente al ser humano, los problemas de trazado urbano y las posibilidades económicas de las personas. La cremación ha aumentado drásticamente con respecto al entierro en nuestra era. Desde los green burials, la reutilización de la energía liberada durante la cremación para la calefacción de una alberca en Worcestershire; hasta los cementerios de varios pisos (en Manila, Módena y Santos, por ejemplo), todas las opciones que ofrece el rito funerario moderno parecen aferrarse, como el alma atrapada en un cuerpo zombie, a lo que se conserva en nuestra psique de lo sagrado primitivo, a la arquetípica sensación de tener que despedirnos.

Por Aurelia Cortés Peyron

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